Venezuela atraviesa una profunda crisis humanitaria, migratoria y de derechos humanos que requiere como solución fundamental el establecimiento de una verdadera democracia. El país ha experimentado un largo peregrinaje de desastres políticos y sociales que han dejado profundas cicatrices en su población. Este año representa una posibilidad de cambio, aunque sin las ilusiones ingenuas del pasado, considerando que la comunidad regional e internacional ha demostrado una capacidad preocupante para olvidar los errores históricos y las lecciones aprendidas de experiencias previas.
La injusticia venezolana ha afectado repetidamente a la región y al mundo, generando una profunda alienación en nuestra cultura democrática cuando se trata de este país. La comunidad internacional ha mostrado inconsistencias constantes en su análisis y acciones, alternando entre momentos de capacidad y períodos de incapacidad para influir en el régimen. Esta bipolaridad recurrente refleja cómo el enfrentamiento de unos se ve forzado a coexistir con la complicidad de otros, mientras algunos actores políticos parecen sufrir un síndrome de Estocolmo que paraliza su capacidad de acción decidida.
La experiencia venezolana guarda similitudes con los golpes de estado de los años setenta, cuando la democracia fue debilitada por la incapacidad de diálogo entre fuerzas políticas de izquierda y derecha. Los desastres sufridos entonces fueron producto de la falta de disciplina institucional, del uso del efectismo como instrumento de acción política, y del abandono de los principios democráticos fundamentales. Estos mismos patrones se han repetido en la crisis actual, evidenciando una distorsión conceptual donde la relación entre izquierda y derecha se percibe como una lucha de vida o muerte, en lugar de una competencia política dentro de marcos institucionales.
El pueblo venezolano ha pagado un precio extraordinario sin lograr aún la reinstitucionalización del país. Para alcanzar la verdadera democracia, es necesario que la oposición real se base en movimientos y acciones populares genuinas, donde la determinación de la gente sea el motor del cambio institucional. Solo mediante el fortalecimiento de capacidades institucionales reales, el respeto por los principios democráticos, y una memoria histórica que no olvide las injusticias pasadas, Venezuela podrá romper con este ciclo destructivo y construir un futuro democrático auténtico.
Fuente: Infobae America — Ver nota original