Yates y viviendas públicas: los dos extremos de una costa venezolana que hoy comparten su ruina

Lapatilla julio 07 2026, 7:33 amPosteado en:  Destacados, Nacionales, Terremoto VenezuelaCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn Un joven duerme mientras los equipos de rescate continúan buscando entre los escombros tras los terremotos en La Guaira, Venezuela,el sábado 4 de julio de 2026. (Foto AP/Ariana Cubillos)   Ricos y pobres compartían un paraíso en Caraballeda, en la costa caribeña de Venezuela. Sus apartamentos —algunos con acceso directo a una marina y cientos ubicados en torres de vivienda pública— se alineaban en la misma calle curva y ofrecían vistas idílicas de playas de arena blanca y aguas cristalinas. Por Regina García Cano/ Associated Press URGENTE: Dos terremotos azotaron La Guaira y hemos preparado un reporte de información actualizada AQUÍ Los propietarios de yates y quienes se desplazaban en transporte público que compartían esa vía simbolizaban la integración social que el gobierno se había propuesto alcanzar. Muchos de ellos, que disfrutaban de un día festivo o descansaban en sus hogares el 24 de junio, corrieron la misma suerte cuando la tierra tembló con tal violencia que sus viviendas quedaron reducidas a escombros en cuestión de segundos. Ahora, unas 17.000 personas que sobrevivieron comparten también la poco común condición de no tener hogar en Venezuela. Mientras la cifra oficial de fallecidos supera los 3.500, muchos dependen de un gobierno duramente criticado por su respuesta a la tragedia y que en el pasado ha politizado el acceso a la vivienda para saber dónde vivirán, si es que llegarán a tener un nuevo hogar. La vivienda sigue siendo una prioridad incluso en tiempos de crisis Desde la segunda mitad del siglo XX, la vivienda ha sido una de las principales aspiraciones de los adultos venezolanos. El auge petrolero permitió al Estado financiar grandes complejos habitacionales, a las familias de bajos ingresos construir viviendas de ladrillo y cemento conocidas localmente como ranchos, y a los más acomodados comprar segundas y terceras residencias. Incluso cuando la economía del país colapsó en 2013, la mayoría de los venezolanos seguía teniendo un techo bajo el que vivir, ya fuera porque el gobierno, que se define como socialista, les adjudicó una vivienda; porque compraron una a muy bajo precio a personas que necesitaban dinero para emigrar; porque ampliaron los ranchos construyéndolos unos sobre otros; o incluso porque ocuparon viviendas abandonadas. Quienes viven en viviendas construidas por el partido gobernante desde hace 27 años —actualmente encabezado por la presidenta interina Delcy Rodríguez— no poseen las escrituras de las propiedades, pero esas viviendas les permitieron ahorrar y mantener a familias enteras fuera de la calle. «Era su hogar, su casa. Fue una alegría inmensa cuando les asignaron estas viviendas», dijo Carlos Ortega sobre los 12 apartamentos de Caraballeda que fueron entregados a sus familiares hace más de una década, tras años de dificultades económicas provocadas por un deslave. «Imagínese: les dieron una casa después de perderlo todo, pero ahora lo han perdido todo otra vez, incluso la vida». Solo uno de los hermanos de Ortega sobrevivió al derrumbe de las torres de vivienda pública. Su hijo, que vivía en un apartamento del noveno piso pero estaba trabajando en una tienda de conveniencia cuando ocurrieron los terremotos, seguía desaparecido más de una semana después del desastre. Ortega esperaba encontrarlo en un hospital, un refugio o alguno de los campamentos de tiendas de campaña instalados en espacios públicos y estacionamientos privados. No muy lejos de donde hacía una pausa tras retirar los escombros

Fuente: La Patilla — Ver nota original

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