Venezuela necesita reconstrucción del capital intelectual, no más elecciones

Venezuela necesita reconstrucción del capital intelectual, no más elecciones

Venezuela enfrenta una crisis civilizatoria que va mucho más allá de los problemas económicos o políticos convencionales. Con la migración de más de ocho millones de personas —aproximadamente una cuarta parte de la población— el país perdió décadas de experiencia profesional, conocimiento acumulado y capacidad de innovación. Este éxodo no solo representa números estadísticos, sino la salida del capital intelectual que cualquier nación necesita para prosperar y evolucionar hacia estándares modernos de desarrollo.

El sistema educativo venezolano ha colapsado de manera integral. La matrícula ha caído en todos los niveles, los salarios de maestros, profesores e investigadores han sido destruidos, y la infraestructura educativa se encuentra en ruinas. Sin embargo, el aspecto más grave no es únicamente esta devastación presente, sino la pérdida de la capacidad de reproducción del conocimiento. Cuando una sociedad deja de generar conocimiento y no puede mantener estándares mínimos de calidad educativa, su crisis trasciende lo económico o institucional para convertirse en un problema civilizatorio que afecta las condiciones fundamentales para el desarrollo futuro.

Es un error conceptual reducir la problemática nacional a la necesidad de otra elección presidencial. Desde 1998, Venezuela ha celebrado al menos siete elecciones presidenciales, participando más frecuentemente que muchas democracias consolidadas. A pesar de esta actividad electoral constante, el país terminó atrapado en una deriva autoritaria y un colapso socioinstitucional de magnitud histórica. El problema no ha sido la ausencia de comicios, sino la erosión del capital intangible que permite que las elecciones tengan verdadero significado y consecuencias constructivas para la sociedad.

La democracia no es una función del número de elecciones que un país realiza, sino de la calidad, extensión y densidad del capital intelectual que la sustenta. Estados Unidos, con sus instituciones centenarias y su población educada, demuestra cómo incluso democracias robustas pueden degradarse cuando sectores crecientes quedan atrapados por la polarización, el fanatismo y la desinformación. En el caso venezolano, la situación es infinitamente más preocupante: una nación empobrecida, desescolarizada, con clase media desintegrada y población emigrada enfrenta el desafío de determinar si conserva aún las capacidades mínimas indispensables para reconstruir una verdadera democracia.

Fuente: Tal Cual — Ver nota original

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