Lapatilla julio 14 2026, 5:51 pmPosteado en: OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn En el artículo anterior escribí sobre por qué me he vuelto cada vez más optimista respecto al futuro de Venezuela. Ese optimismo no está arraigado en la política ni en la nostalgia. Está arraigado en algo mucho más práctico: durante los últimos meses he hecho un esfuerzo consciente por entender mejor las oportunidades del país antes de decidir dónde quiero invertir mi tiempo, mi empresa y, en última instancia, mi carrera. Ese recorrido me ha llevado en direcciones que nunca esperé. He pasado noches leyendo informes de industrias en lugar de artículos de prensa, estudiando mapas en lugar de titulares, y teniendo conversaciones con emprendedores, ingenieros, inversionistas y operadores que entienden Venezuela mucho mejor que yo. Cada conversación parecía descubrir otra capa del país que no había apreciado del todo antes. Lo que más me sorprendió fue que, sin importar dónde comenzara la conversación, casi siempre terminaba en el mismo lugar. URGENTE: Dos terremotos azotaron La Guaira y hemos preparado un reporte de información actualizada AQUÍ La energía. No importaba si estábamos hablando de agricultura, inteligencia artificial, manufactura, turismo, minería, desalinización, logística o centros de datos. Tarde o temprano, cada conversación volvía a la misma pregunta: ¿de dónde vendrá la energía? Fue entonces cuando me di cuenta de que, si quería entender el futuro de Venezuela, primero tenía que entender su ecosistema energético. Curiosamente, llegué a esa pregunta desde dos direcciones muy distintas. Profesionalmente, pasé varios años haciendo consultoría con NextEra Energy, una de las empresas de energía renovable más grandes del mundo. Antes de trabajar ahí, creía tener una comprensión razonable de cómo lucía una empresa de energía. Esperaba conversaciones sobre turbinas, líneas de transmisión, subestaciones y capacidad de generación. En cambio, me encontré rodeado de conversaciones sobre inteligencia artificial, computación en la nube, mantenimiento predictivo, gemelos digitales, pronóstico del clima, visión por computadora, drones, aprendizaje automático y analítica avanzada. Mientras más trabajaba con sus equipos, más me daba cuenta de que NextEra no se veía a sí misma simplemente como una empresa que generaba electricidad. Se veía como una empresa de tecnología cuyo producto resultaba ser la energía. Esa distinción se me quedó grabada. El futuro de la energía no se trata solo de construir más generación. Se trata de usar la tecnología para hacer la generación más eficiente, la transmisión más confiable, el mantenimiento más predictivo y toda la red más inteligente. El software se ha vuelto tan importante como la infraestructura física. Más o menos por la misma época en que empecé a mirar Venezuela con más seriedad, también tuve la oportunidad de comenzar a aprender de David Morán, un experto en energía que ha pasado décadas trabajando en el sector y que se ha convertido tanto en mentor como en amigo. David tiene una comprensión extraordinaria de los recursos energéticos de Venezuela y ha sido increíblemente generoso compartiendo tanto su conocimiento como su visión de largo plazo para el país. Nuestras conversaciones rara vez se mantienen enfocadas en un solo tema. Podemos empezar hablando de producción de gas natural y terminar hablando de energía renovable, infraestructura hídrica, manufactura, IA, logística o desarrollo económico. Lo que he llegado a valorar es que las personas que dedican su vida a trabajar en energía no piensan en términos de industrias aisladas. P
Fuente: La Patilla — Ver nota original