Tras la captura y extradición de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos el pasado 3 de enero, permanece incierto el rumbo que tomará la transición democrática en Venezuela. Aunque el país ha experimentado cambios limitados —una apertura económica restringida, reducción parcial de la represión y mayor disposición de algunos medios a romper la autocensura—, resulta prematuro hablar de una verdadera transición democrática. Las estructuras de poder del chavismo permanecen intactas, amplios sectores de la sociedad continúan sometidos a la precariedad y el miedo, mientras Venezuela parece estar en un período de incertidumbre y reacomodo del proyecto económico bajo el apoyo y tutelaje de la Casa Blanca.
La posible transición hacia la democracia dependerá, en gran medida, de si entre las prioridades de la administración Trump existe un compromiso real con una verdadera transición democrática en Venezuela, o simplemente con la instauración de un nuevo esquema de poder funcional a los intereses de Washington. A escasos cuatro meses de enero, es evidente cómo muchos de los antiguos defensores del autoritarismo chavista hoy negocian, se repliegan y se humillan ante el mismo imperio que durante años aseguraban combatir. Trump ya no es «el pelucón de la Casa Blanca» como lo llamaba Maduro, sino «un hombre de acción» según palabras de Delcy Rodríguez. Las interminables alocuciones antiimperialistas de Hugo Chávez ahora incomodan incluso a quienes antes las repetían con fervor doctrinario, sobreviviendo apenas como ecos gastados en el recuerdo de una revolución agotada y moribunda.
Los símbolos de la revolución desaparecen progresivamente de los espacios públicos, como si el poder intentara borrar con rapidez las manifestaciones visuales de una fe política que hasta hace poco exigía devoción absoluta. El rojo, convertido durante años en emblema omnipresente de la revolución, ha sido desplazado por tonalidades neutras como el blanco y el azul. El chavismo busca mutar, camuflarse y desprenderse de una identidad política que ya no moviliza la épica, sino el desgaste, el fracaso y la vergüenza. Hoy queda muy poco por defender en términos doctrinarios, si es que alguna vez existieron principios reales más allá de la consolidación del poder autoritario.
Las reformas «expresas» a leyes emblemáticas como la de hidrocarburos, la del sector minero y posiblemente la del trabajo, demuestran el grado de humillación y vasallaje frente al tutelaje impuesto por Washington. Al margen de su desgastada retórica contra organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, el régimen ha terminado por volver de rodillas ante ambos, implorando financiamiento y legitimidad. El chavismo agonizante se subastaría al mejor postor, rentabilizando los últimos restos de poder como instrumento político al servicio de nuevos intereses extranjeros, completando así la transición de un discurso antiimperialista a un vasallaje explícito.
Fuente: Tal Cual — Ver nota original