Mirando al mar desde la playa caribeña de La Guaira, de espaldas a la muerte

Mirando al mar desde la playa caribeña de La Guaira, de espaldas a la muerte

Lapatilla junio 29 2026, 9:10 amPosteado en:  Destacados, Nacionales, Terremoto VenezuelaCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn Decena de compañeros de un club de moteros apoyan en las labores de rescate desde el Estado La Guaira. Nayeli Cruz   El único modo de escapar del olor es acercarse lo más posible al mar. La carretera de la costa es una frontera física y olfativa. De un lado, el agua serena y caribeña de una playa casi desértica. Al otro, un edificio tras otro, todos derrumbados en un amasijo de hierro y cemento. Montañas de escombros, máquinas excavadoras, ambulancias, militares, policías. Todos buscando centenares de cuerpos sepultados tras el terremoto en la zona cero de La Guaira. Un mundo en ruinas bajo el sol que a media tarde roza los 40 grados. El Gobierno de Venezuela ha repartido mascarillas ante el riesgo de infecciones por la descomposición de los cadáveres. Cuatro días después de los terremotos que sacudieron al país, el olor a muerte está tan presente que solo desaparece con la brisa salada del mar. Por David Marcial Pérez / elpais.com URGENTE: Dos terremotos azotaron La Guaira y hemos preparado un reporte de información actualizada AQUÍ Ángel llegó de madrugada junto a otra decena de compañeros de un club de moteros. Ha venido para ayudar desde el Estado Sucre, a casi 10 horas en coche, y comenzaron a buscar entre los escombros con los primeros rayos del sol. El techo de uno de los edificios pegados a la carretera de la playa es ahora una pared vertical con las antenas parabólicas tumbadas sobre la acera. Por uno de los huecos se coló Ángel y sus compañeros. Al abrirse paso, lo primero que encontraron fue un brazo saliendo de los cascotes. Luego, una pierna colgando. Ángel sintió un escalofrío y se apartó de la escena. Tiene 23 años y hace poco murió su abuela. “Vi su cuerpo en el velorio, pero esto es otra cosa. Es algo extraño. Sobre todo el olor”, cuenta sentado en una silla de plástico debajo de una sombrilla mirando al mar. La hileras de sombrillas siguen en pie, como si la arena de la playa las hubiese protegido milagrosamente del temblor. Es el único resto de orden cotidiano, un recuerdo de la vida plácida antes de la tragedia. Aquí ha venido también Alejandro, otro voluntario que ha viajado casi un día entero desde Barinitas, en la Cordillera andina venezolana. “Necesitaba relajar la mente. Son muchas cosas las que uno ve y son difíciles de superar, pues”. Alejandro, de 29 años, trabaja de chofer para turistas en su pueblo, y esta mañana se encontró con un cadáver tendido en una cama entre los escombros. A diferencia de Ángel, no era la primera vez que se enfrentaba a la muerte en crudo. “He visto balaceras, pero esto es diferente. La gente de aquí ha perdido la vida de una vez, sin esperarlo”, dice detrás de unas gafas gigantes y una sudadera con la palabra “fe” escrita en el pecho con forma de crucifijo. Un helicóptero militar sobrevuela la playa con dirección a la ciudad devastada y el ruido de las hélices interrumpe la conversación. Alejandro mira hacia el cielo con la mascarilla colgando del cuello. No sabe explicar bien cómo ese olor lo inunda todo. “No es como el del pescado podrido, es más fuerte y no te lo quitas a menos que vengas aquí, cerca del agua salada”. Las olas suaves mojan la orilla y repiten en bucle la misma cadencia, ajenas al caos impredecible del otro lado de la carretera. En otra esquina de la playa, dos rescatistas se han quitado el mono de trabajo, las botas y el casco. Duermen, o al menos descansan con los ojos cerrados, en sillas de plástico mirando al mar. Esperanza y frustración Las labores de búsqueda d

Fuente: La Patilla — Ver nota original

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