China, Rusia e Irán: cómo devoraron Venezuela mientras fingían ser aliados

Durante veinticinco años, el chavismo construyó un relato que resonaba en las asambleas bolivarianas: Venezuela no estaba sola en su lucha contra el imperialismo. Moscú, Pekín y Teherán aparecían en cada discurso presidencial como pilares inquebrantables de una soberanía amenazada. Sin embargo, esta narrativa oficial ocultaba una realidad económica brutal: Venezuela no tenía amigos estratégicos, sino acreedores despiadados. Lo que el régimen presentaba como alianzas solidarias eran, en realidad, transacciones comerciales asimetria donde el país caribeño siempre terminaba perdiendo.

El negocio chino ejemplifica perfectamente este patrón de dependencia. A partir de 2007, cuando Hugo Chávez firmó acuerdos de préstamos respaldados por petróleo, China inyectó más de 60 mil millones de dólares en Venezuela a través del Banco de Desarrollo de China. Sin embargo, estos recursos nunca llegaron al pueblo venezolano. En su lugar, se estructuró un sofisticado esquema de pago donde Venezuela enviaba barriles de crudo a precio fijo que se descontaban automáticamente de la deuda contraída. Para 2025, China acaparaba el 80 por ciento de las exportaciones petroleras venezolanas, aunque este volumen representaba apenas el 4 por ciento de las importaciones totales chinas. El dato revela la asimetría fundamental: Venezuela era prescindible para China, pero China era imprescindible para Venezuela.

La dependencia venezolana se profundizó durante el gobierno de Maduro, cuando la producción de crudo se desplomó drásticamente y el país se vio forzado a depender aún más de los financiamientos externos. De los 150 mil millones de dólares que representa la deuda externa total de Venezuela, aproximadamente una décima parte proviene de préstamos chinos que fueron pagados con cargamentos de petróleo. Esta relación de dependencia económica se extendía también hacia Rusia e Irán, que proporcionaban armamento obsoleto y tecnología que nunca llegó a fortalecer realmente las capacidades militares del régimen. Lo que la propaganda presentaba como una defensa compartida contra la agresión norteamericana era en realidad un intercambio desigual donde los socios externos obtenían beneficios mientras Venezuela se hundía en la pobreza.

La prueba definitiva de la fragilidad de estas alianzas llegó el 3 de enero de 2026, cuando fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en el Palacio de Miraflores. Ninguno de los supuestos aliados —ni China, ni Rusia, ni Irán— levantó un dedo para defenderlo. Sus protestas quedaron reducidas a comunicados diplomáticos vacíos. El escudo bolivariano que Maduro vendía como invulnerable resultó ser tan ilusorio como los radares chinos que nunca detectaron las amenazas reales. Hoy, con Delcy Rodríguez asumiendo control y Estados Unidos ejerciendo poder sobre los ingresos petroleros, Venezuela tiene la oportunidad histórica de romper estas cadenas de dependencia que durante dos décadas la mantuvieron atada a intereses extranjeros que nunca fueron sus intereses.

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