Portar un pasaporte venezolano en el mundo contemporáneo se ha convertido en una experiencia humillante para muchos ciudadanos, reflejo de una tragedia nacional que parece haberse normalizado en la sociedad. Esta situación no es casual, sino resultado de un proceso histórico que ha marcado profundamente la identidad y dignidad del pueblo venezolano. Para comprenderla adecuadamente, es necesario remontarse a las raíces de esta afrenta al alma nacional, un viaje que nos conduce a través de más de un siglo y medio de abuso sistemático del poder.
La relectura de las Memorias de un venezolano de la decadencia de José Rafael Pocaterra ofrece un testimonio invaluable sobre este proceso degenerativo. La obra, que abarca desde 1889 hasta 1936, documenta los períodos dictatoriales de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, narrando las experiencias personales del autor en cárceles emblemáticas como el fortín San Carlos en Zulia, el castillo de Puerto Cabello y la prisión de La Rotunda en Caracas. Estas instituciones se convirtieron en símbolos del despotismo estatal y la vulneración sistemática de derechos humanos que caracterizó aquella época.
Lo alarmante es constatar que la situación de finales del siglo XIX y principios del XX guarda sorprendentes similitudes con la realidad venezolana contemporánea del siglo XXI. Los mecanismos de represión, tortura y humillación contra los opositores políticos y ciudadanos en general han permanecido prácticamente inalterados a lo largo de más de ciento cincuenta años. El legado de barbarie dejado por caudillos analfabetos y despiadados ha encontrado continuidad en gobernantes modernos que han replicado, con precisión casi calcada, las aberraciones e inhumanidades contra quienes osan cuestionarlos.
La diferencia entre los dictadores de antaño y los actuales radica más en el disimulo que en la esencia. Mientras que personajes como Juan Vicente Gómez ejercían el totalitarismo con cinismo declarado, los gobernantes contemporáneos han refinado sus técnicas de represión bajo otros nombres. Los actos de tortura, ejecución extrajudicial y desaparición forzada persisten como expresión de una mentalidad primitiva que reduce la administración del poder a un juego despiadado donde la dignidad humana carece de valor. Este ciclo de violencia estatal no solo destruye individuos, sino que erosiona la autoestima colectiva de una nación, explicando por qué llevar el pasaporte venezolano se ha convertido en sinónimo de vergüenza internacional.
Fuente: La Patilla — Ver nota original