Lapatilla junio 05 2026, 7:53 amPosteado en: OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn Existe un concepto poco transitado fuera de los círculos académicos que, sin embargo, ilumina con notable precisión ciertos virajes históricos que, vistos en retrospectiva, parecen súbitos. Es la llamada Ventana de Overton. Su premisa es sencilla, aunque sus implicaciones son profundas: toda sociedad delimita un campo de lo pensable. Dentro de ese campo habitan las ideas aceptables; fuera de él, lo impensable. Pero ese perímetro no es fijo. Se desplaza. Y en ese desplazamiento, lo que ayer parecía radical termina volviéndose razonable; lo que se juzgaba imposible acaba adoptando la forma de lo inevitable. Las grandes transformaciones políticas no nacen en los decretos ni en los palacios, sino en una mutación previa: la de lo que una sociedad considera normal. Venezuela atraviesa un plan de TRES FASES, déjanos tu correo y te actualizaremos al momento La historia reciente ofrece ejemplos elocuentes. La caída del Muro de Berlín, el fin del apartheid o las transiciones en Europa del Este no comenzaron con reformas institucionales, sino con una alteración silenciosa en la imaginación colectiva. Primero cambió la expectativa; después, la realidad. Venezuela parece asomarse a un momento análogo. Durante años, el país fue narrado —y en buena medida asumido— como un sistema inmóvil. Había elecciones, negociaciones intermitentes, ciclos de sanciones más o menos severas. Pero el núcleo del poder permanecía inalterado. Se instaló así una idea persistente: el poder podía erosionarse, pero no transformarse. Cada crisis, lejos de abrir una grieta, terminaba reforzando la sensación de permanencia. Sin embargo, las sociedades no se sostienen únicamente sobre instituciones; también se organizan en torno a símbolos. Y cuando los símbolos se reconfiguran, el poder comienza a desplazarse antes de que los gobiernos lo registren. Ese desplazamiento, hoy, empieza a insinuarse. Los datos de opinión pública ya no reflejan únicamente malestar económico o rechazo a una gestión concreta. Sugieren algo más profundo: un corrimiento en los límites de lo políticamente imaginable. El lenguaje de la resignación pierde terreno. En su lugar emerge otro, aún impreciso pero inequívoco: el de la expectativa. La mayoría de los venezolanos ya no discute si el sistema debe cambiar. Discute cuándo cambiará y bajo qué reglas se ordenará el día después. La diferencia no es retórica; es histórica. Supone el tránsito de una sociedad sometida a una sociedad que comienza a ensayar mentalmente sus alternativas. En los sistemas autoritarios, el control no descansa solo en la coerción institucional. Depende, en gran medida, de una operación más sutil: la administración de las expectativas. Un gobierno puede sobrevivir largos periodos sin legitimidad siempre que logre persuadir a la población de que no existe alternativa viable. La resignación, en ese contexto, se convierte en un instrumento de gobernabilidad tan eficaz como cualquier aparato coercitivo. Pero cuando esa resignación se fractura de manera simultánea en millones de individuos, el equilibrio psicológico cambia. Las encuestas apuntan precisamente en esa dirección. La demanda de transformación ya no es marginal ni ideológicamente acotada. Se ha convertido en una expectativa social compartida. Y su relevancia no reside solo en la magnitud, sino en su capacidad de alterar conductas. Porque los individuos rara vez actúan únicamente por convicción personal. Actúan cuando descubren que no están solos. En el momento en que el ciudadano advierte que su percepción es compart
Fuente: La Patilla — Ver nota original