Volver a la política

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La naturaleza tecnocrática de la política en el gobierno neoliberal está influida por el rol que en ella juegan los sondeos de opinión pública, que se han vuelto una obsesión para quienes administran las instituciones. Herramientas como el big data también buscan capturar una heterogeneidad social y reducirla a términos simples que establezcan patrones de comportamiento generalizables y dirigibles.

Nuestra sociedad mediatizada se ha llenado de encuestas, las que funcionan como mecanismos de inclusión considerados democráticos (en la acepción liberal del concepto), y que interpelan a los ciudadanos como consumidores y clientes de la gestión pública y privada que tienen el deber ético de evaluar constantemente. Tales premisas, que se fundan en el elogio de la desconfianza, son importantes de tomar en consideración antes de analizar la representatividad y capacidad de predicción de una encuesta.

Las encuestas harían que la sociedad fuera más transparente y participativa, creando la ilusión de una democracia directa, pero la sociedad está igualmente constituida por opacidades. Porque es lógico que si la opinión pública se construye a través de los sondeos de opinión, allí hay estrategias de poder involucradas. El problema es que la retórica de la transparencia y la participación terminan por disimular el asunto de fondo.

La percepción social ante un determinado fenómeno es inseparable de las alianzas fácticas que operan por debajo de la representación formal. La mayoría de la gente en el país forja sus opiniones de los hechos a través del consumo de información por medio de las tecnologías digitales, flujos de información que no tienen un carácter persuasivo ni racional, sino que solo estimulan reacciones que favorecen tal o cual punto de vista.

Por eso habría que dejar de lado el análisis ideológico del tipo izquierda/derecha para dar cuenta del modo en que los poderes fácticos intervienen la percepción en términos gubernamentales, porque como sabemos, el resultado de la encuesta no es la traducción inmediata de una voluntad popular.

Estas últimas semanas, las encuestas nos dicen que la opción «rechazo» se impone al «apruebo» en el plebiscito de salida, y que los niveles de desaprobación al gobierno de Boric han aumentado. Lo que la encuesta traduce y visibiliza como estadística es una operación política en que la derecha aparece detentando la representación de la conciencia pública, lo cual ya resulta un tanto inverosímil. Podría ser que el aumento del rechazo se deba a otros aspectos cualitativos, como la profundización de la brecha que se conoce con el nombre de «desafección». Sumado a quienes no responden la encuesta (como un estudio reciente da cuenta de ello) o que incluso responden engañosamente.    

Pienso que el gobierno de Boric y la Convención Constitucional deben prestar menos atención a las encuestas (que hoy son peligrosos voladores de luces) y más atención a lo que ocurre a nivel subterráneo en el país. La encuesta quiere cimentar el camino para operaciones políticas que poco y nada tienen de democráticas. Basta tomar atención a las declaraciones de algunos voceros de la derecha para averiguar lo que se traen entre manos.

Es cierto que el resultado de la última encuesta intimida, pero debe tenérsele por lo que es: un instrumento político y un distractor disuasivo. La visualidad (como en el panóptico descrito por Michel Foucault) tiene una naturaleza estratégica, y cada vez que los gobiernos se ocupan más de las cámaras que de lo que ocurre bajo sus pies, terminan tropezando, como Piñera en octubre de 2019, que días antes comparó a Chile con un oasis, guiado por las engañosas estadísticas.

El único factor que puede sostener este proceso en ciernes son las alianzas sociales. La propia elección de Boric en segunda vuelta es el resultado de un antagonismo con la actualidad de la dictadura representada por la figura del excandidato José Antonio Kast. Boric tiene que apoyarse en esa multitud que lo respaldó en las urnas sin a veces compartir del todo su postura un tanto moderada, más que en los sondeos de opinión.    

Más allá de las estridencias, hay que prestarle atención a los silencios que vienen de la sociedad, a aquello que es invisible a los medios de comunicación. A aquellos aspectos no dichos, incluso, las actitudes que no pueden ser nombradas ni cuantificadas por una encuesta. Porque la apuesta de la derecha, que es un gesto típicamente populista, será vestirse con los ropajes de la gente común y corriente.

Hoy la política es inseparable de los medios. Basta un WhatsApp para derrumbar candidaturas. Los escándalos, gestionados por una prensa sensacionalista, están a la orden del día y pueden destituir gobiernos. Ninguna falta, por nimia que sea, hoy se le perdonará ni al gobierno ni al órgano constituyente. El acoso de los medios de comunicación y el escarnio del «partido del orden» ha sido reiterado, de manera que administrar un poder del Estado en esas condiciones se vuelve un dilema.

De hecho, el movimiento «Amarillos por Chile» es la articulación del establishment político para evaluar la pertinencia o no del texto constitucional. Y por supuesto que su discurso tiene efectos de sentido, a los cuales no se les responde con más transparencia ni retrocediendo, sino que con política. Y la política no disimula el hecho de que hay un enfrentamiento por el poder, y que los consensos, con posterioridad, siempre esconden la derrota de una de las partes.

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