Lapatilla julio 01 2026, 7:53 amPosteado en: OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn Las grandes tragedias suelen revelar el verdadero carácter de las naciones. Más allá de las cifras de víctimas, de los daños materiales o de la magnitud de la destrucción, son las personas quienes terminan escribiendo las páginas más memorables de la historia. El reciente doble terremoto ocurrido el pasado 24 de junio dejó una profunda huella de dolor, incertidumbre y pérdidas. Sin embargo, también permitió observar una de las mayores fortalezas de Venezuela: la extraordinaria capacidad de solidaridad de su gente. Desde los primeros minutos posteriores al desastre, miles de ciudadanos acudieron espontáneamente a las zonas afectadas. Sin equipos especializados, sin maquinaria pesada y, en muchos casos, sin más herramientas que sus propias manos, comenzaron la búsqueda de sobrevivientes entre los escombros. La prioridad era salvar vidas, sin esperar instrucciones ni preguntarse quién debía hacerlo. Ese comportamiento colectivo constituye una de las expresiones más nobles del espíritu venezolano. La resistencia, la resiliencia y el voluntariado surgieron de manera natural en comunidades enteras que decidieron enfrentar la tragedia con determinación y esperanza. Seis días después del terremoto, cuando la atención mediática comienza a disminuir, esos mismos voluntarios continúan presentes. Ahora trabajan junto a especialistas nacionales e internacionales que han llegado para reforzar las labores de búsqueda, rescate y asistencia humanitaria. Su permanencia demuestra que la solidaridad no fue un acto impulsivo, sino un compromiso sostenido con quienes hoy más lo necesitan. Pero la emergencia entra ahora en una etapa mucho más compleja. La recuperación exige retirar los cuerpos aún atrapados, proceder a su identificación con el máximo respeto hacia las familias, informar oportunamente y garantizar una entrega digna. Paralelamente, es indispensable organizar eficientemente la distribución de alimentos, agua, medicinas, vestimenta y demás ayuda humanitaria; atender a miles de damnificados que han perdido sus hogares; ofrecer refugios temporales adecuados y comenzar la planificación de la reconstrucción de las comunidades afectadas. A ello se suma una responsabilidad igualmente importante: administrar con absoluta transparencia las cuantiosas donaciones provenientes de ciudadanos, empresas, organizaciones sociales, gobiernos y organismos multilaterales de todo el mundo. La confianza pública dependerá, en gran medida, de que esos recursos lleguen íntegramente a quienes realmente los necesitan y de que exista una rendición de cuentas clara y permanente. En medio de la tragedia aún se perciben signos de desconcierto, desorganización y ausencia de un plan integral que permita avanzar ordenadamente desde la fase de emergencia hacia la recuperación y, posteriormente, hacia la reconstrucción. Esta situación hace aún más evidente la necesidad de fortalecer los mecanismos de coordinación entre las instituciones públicas, la sociedad civil, la empresa privada y la cooperación internacional. Precisamente, el sector empresarial venezolano ha comenzado a desempeñar un papel relevante. Desde todas las regiones del país, numerosos empresarios y organizaciones empresariales están movilizando recursos económicos, alimentos, equipos, transporte y propuestas para apoyar la respuesta a la emergencia. En este contexto, la labor de Fedecámaras adquiere especial importancia al establecer contacto con organizaciones empresariales de otros países que poseen amplia experiencia en la atención de desastres natur
Fuente: La Patilla — Ver nota original