VENEZUELA: Crónica Negra | El Arco Iris se tiñó de rojo - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / Últimas Noticias / Cuando le mataron a su hermano, el “Carne Molida” juró vengarse, pero no todos le creyeron. Los que sí le creyeron eran los que le conocían, pues sabían que malo era y desde que estaba chiquito. Y no es que quisiese mucho a su hermano, pues bastante que habían peleado, pero como dice el dicho “el que le pega a su familia se arruina”.

“Me los buscan y me les cortan la cabeza y no les pido que me traigan sus cabezas porque sé que no será fácil, pero si pueden me las cuelgan en el medio de la plaza y les toman una foto. Si no los encuentran a ellos, me matan a todos los familiares que encuentren, pero esta vaina no se puede quedar así. La muerte de mi hermano Oscar será vengada, lo juro. No quiero comiquitas, ya saben que no acepto errores”, les dijo el “Carne Molida” a los dos sicarios que fueron a visitarlo aquella tarde y que tenían fama de sanguinarios.

En sus manos sostenía con impotencia una subametralladora, la cual blandía de un lado a otro. Ninguno de sus compañeros de celda se atrevió a pronunciar palabra alguna. En el pabellón B los presos trataban incluso de no moverse. Sus guardaespaldas y demás miembros del carro miraban hacia el piso, como quien asiste a un funeral. “Ya váyanse pa’l coño y no regresen hasta que el trabajo esté listo”, les dijo a los dos sicarios, quienes dieron media vuelta y ni se despidieron. No necesitaban más indicaciones. Ellos sabían lo que tenían que hacer. No preguntaron cuánto les iban a dar por aquel trabajo. No hacía falta. Ellos sabían de sobra que serían bien recompensados. En otras ocasiones les habían pagado muy bien y eso que no eran casos de importancia. Ahora podría ser el doble, o quizás el triple. Se trataba de vengar la muerte del hermano del jefe. Pero también sabían que la cosa no era ninguna mantequilla. Si esos sujetos se habían atrevido a matar al Oscar, que todo el mundo sabía en Maracaibo que era hermano de uno de los máximos líderes del retén de El Marite, es porque miedo no tenían y eran de armas tomar. Ellos habían oído hablar de los integrantes de la banda Los Pájaros y sabían que eran de cuidado. La situación exigía máxima prudencia, cero confianzas y cuidar hasta el más mínimo detalle. Lo otro es que se sabían esperados, pues la lógica indicaba que el “Carne Molida”, al no poder ir personalmente a vengar la afrenta, mandaría a varios de sus colaboradores a “hacer el trabajo”.

Por un cacho ajeno. Oscar Briñez Araujo, hermano del “Carne Molida”, contaba con solo diecinueve años de edad. El rollo no era con él, sino con un sujeto a quien apodan “el Wayúu” y quien le había levantado la mujer a un matón de la banda Los Pájaros, conocido como “el Pelúo”. Oscar sabía, pero como no era asunto suyo no le paró, y por eso cuando Mariangeli, que era su concubina, a pesar de sus diecisiete años, le dijo que había una fiesta en su casa, no lo pensó dos veces y para allá se fueron.

Acababan de ser las nueve de la noche de aquel sábado y eran muchos los vecinos del barrio Felipe Hernández de Maracaibo que se habían congregado en torno a la casa de “el Wayúu”. Obvio que no todos cabían dentro, pero eso no importaba. La gente se había llevado su propio licor y se conformaba con escuchar un poco de música y pasar un rato ameno.

Muchos vieron cuando la moto se acercaba, pero de lejos no se distinguían las caras y menos por las noches cuando aquel barrio polvoriento se convertía en un laberinto sombrío ya que la luz que brotaba de los bombillos era muy debilucha y la que provenía de la luna era detenida en las copas de los árboles de nim, un árbol muy común en la zona y al que le gente suele atribuirle propiedades mágicas en la cura de la diabetes, el mal de gota, la malaria, la neumonía e incluso dicen que sirve como cicatrizante. Detrás de la moto venía un auto a muy escasa velocidad.

Es Pedrito, gritó alguien con voz agitada, pero el parrillero de la moto ya tenía entre sus manos una pistola con la que empezó a disparar enloquecido contra el grupo. Desde el auto también dispararon.

Pero las balas no alcanzaron a “el Wayúu”, sino a Oscar Briñez, y lo mataron en el acto. Además resultaron heridos su concubina Mariangeli de La Cruz, una mujer embarazada, un adolescente y otro primo de Oscar Briñez, identificado como Yandri Villalobos.

La venganza. No había pasado un día cuando los dos sicarios estaban reunidos con varios de los integrantes de su grupo criminal planificando lo que iban a hacer. Había algunos venidos de Colombia que tenían fama de ser sanguinarios y que decían estar dispuestos a acabar con un pueblo entero por un poco de dinero.

Los hombres llegaron de improvisto al barrio Arco Iris a eso de las 3:30 de la tarde y dispararon contra un hombre que caminaba por un costado de la calle de tierra y lo mataron en el acto. En el barrio se corrió la voz de la muerte de Olimpiades León y de una vez se dijo que habían sido los hombres del “Carne Molida”.

Pero lo que menos se imaginaron es que volverían ese mismo día por la noche, escasos minutos después de que los funcionarios de la policía se fueran del sitio.

Arremetida final. La calle polvorienta estaba ahora fangosa porque había llovido toda la tarde. Debajo de uno de los árboles un grupo de hombres tomaba licor y jugaba dominó y por momentos alzaban la voz, como si estuvieran peleando. Una mujer se asomó a la puerta de su casa y uno de los hombres le gritó que dejara el chisme y la mujer toda apenada se metió rapidito para dentro. Los hombres rieron a carcajadas.

Un extraño olor recorría cada uno de los rincones del barrio Arco Iris. Es el olor de la muerte, dijo la tía Felipa, al tiempo que acostaba a dormir temprano a sus muchachos y cerraba con trancas la puerta de su casa. Nadie le hizo caso.

“El Feo” y “Yandel”, que era como se llamaban los dos sicarios que había contratado “Carne Molida”, llegaron al barrio y se internaron en las sombras. Dejaron a unos 300 metros las motos y un auto en el que andaban y se vinieron caminando, siempre procurando andar por los costados, ocultándose entre los troncos y la maleza. Varios perros intentaron delatarlos, pero luego huyeron despavoridos como si hubieran visto a un ser de otro mundo. Sus objetivos principales eran “el Pedrito” y “el Pelúo”.

Fueron casi cinco minutos de plomo cerrado. Era como si estuvieran acabando con todo el pueblo. Algunos corrieron para salvar sus vidas, pero no todos lo lograron. Fueron cinco los muertos de aquella noche, algunos de los cuales ni siquiera vivían allí, sino que estaban de casualidad. Uno de los muertos era un vendedor ambulante y dejó nueve hijos. Lo más triste es que entre los muertos no figuraba ni “el Pedrito” ni “el Pelúo”.

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