URUGUAY: El verdadero problema - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / El País / La idea básica de ese instrumento es que no se necesita tomar todo el plato de sopa para saber si le falta sal, basta con una cucharada. Sin embargo, conocer la intención de los votantes es una empresa bastante más compleja que probar un plato de sopa. Como lo han demostrado las elecciones internas y la elección nacional el pasado domingo.

Existen diferentes tipos de encuestas de opinión política. Por una parte se encuentran las que se realizan todo el tiempo para conocer la opinión más general de la población sobre temas específicos o que funcionan como barómetros para estimar la popularidad y los niveles de aprobación de determinados partidos políticos o candidatos. Luego están las encuestas sobre intención de voto que se realizan en el período inmediatamente anterior a la votación y, finalmente, las encuestas “a boca de urna”, que se realizan simultáneamente con el acto electoral.

Las encuestas de opinión pública ya forman parte del proceso político en general y, especialmente, del proceso electoral. Los partidos políticos las necesitan para organizar y orientar sus campañas políticas (y todos utilizan mecanismos de un tipo u otro para conocer la opinión de los electores). También las necesitan los votantes.

Prohibir que los ciudadanos tengan acceso a la información de las encuestas sería básicamente injusto, porque se despojaría al soberano de una información que disponen los partidos políticos, sus representantes. Los ciudadanos tienen el derecho fundamental de acceder a la mayor y mejor información posible que necesiten para tomar una decisión informada, tanto durante la evolución de la campaña electoral como cuando llega el momento de votar.

Con todos sus méritos, las encuestas (y su interpretación) tienen limitaciones que no deben ignorarse. Incluyendo la escasez de recursos, las características de los métodos de relevamiento o de las metodologías. Como advierten las empresas encuestadoras, sus estudios tienen márgenes de error intrínsecos y reconocidos. Esta es una limitación fundamental en el caso de una elección reñida entre sectores políticos bastante equilibrados.

Existe un período de tiempo entre el momento en el que se realiza la encuesta y la publicación de sus resultados. Suele decirse que la encuesta es la fotografía de la opinión pública en un determinado momento. Pero es un momento pasado. Es cierto que el encuestador intentará conocer el futuro a partir de esa instantánea, pero ello se hace cada vez más difícil a medida que se acerca el momento de votar, cuando los tiempos se aceleran y la opinión del electorado termina de cristalizarse.

Aún en el caso de sociedades donde las simpatías políticas son relativamente estables, siempre existirá el desafío de los “no sabe/no contesta” y de los pequeños sectores que se definen a último momento. Cuando los márgenes de ventaja entre los partidos son limitados, se plantea la difícil tarea de desentrañar qué harán estos sectores del electorado que adquieren mayor importancia cuanto más reñida es la elección. El problema, entonces, no es la falibilidad de las encuestas, sino olvidarse de sus limitaciones.

Los votantes (por suerte) no son ratones de laboratorio sujetos a un experimento científico repetible, en un entorno perfectamente aislado, estable y controlado por el encuestador. Más bien es al revés: es el encuestador quien debe ajustarse a la cambiante realidad de la sociedad, para intentar conocerla, imperfectamente, con sus limitados instrumentos técnicos. La importancia exagerada que se le adjudica a las encuestas es el síntoma de otro problema, aún más grave: el hecho de que los encuestadores y esa nueva especie de comentarista, los politólogos, ocupen una posición tan hegemónica en el proceso político en nuestro país. Y ello se debe a que la clase política les ha cedido el centro del debate electoral que se desarrolla en los medios de comunicación.

Con Información de El País

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