Un Pentecostés de espiritualidad encarnada para Venezuela

La festividad de Pentecostés conmemora la llegada del Espíritu Santo, expresado como don de lenguas donde todos se entendían a pesar de las diferencias. Este evento transformó a los apóstoles atemorizados, que permanecían encerrados, en testigos valientes llenos de ímpetu y creatividad, dispuestos a proclamar con convicción a Jesús Resucitado y su evangelio. En este contexto, resulta apropiado pedir a Jesús que nos envíe su espíritu y fortalezca nuestra espiritualidad como respuesta a los desafíos contemporáneos.

Frente a la concepción tradicional que opone la espiritualidad a lo material y corporal, la verdadera espiritualidad es una realidad encarnada en el cuerpo, la vida y la historia. Se trata de una espiritualidad de ojos profundos capaces de ver con misericordia el sufrimiento ajeno, de manos trabajadoras tendidas hacia los necesitados, de pies solidarios que buscan al golpeado y herido, y de oídos atentos a los gritos silenciosos de la angustia. Es también una espiritualidad de boca profética que denuncia la injusticia y anuncia la presencia del Reino entre nosotros, con entrañas de misericordia y corazones generosos donde todos encuentren cobijo.

Para los cristianos, Jesús representa el hombre pleno del Espíritu de Dios, cuya fuerza renueva, cura la vida y transforma todo mediante el amor. Jesús dedicó su existencia a liberar, sanar e humanizar la vida; sin el Espíritu que le animaba, la libertad se ahoga, la alegría desaparece y la esperanza muere. Tres rasgos esenciales caracterizan la espiritualidad de Jesús que debemos hacer propios: una profunda intimidad con el Padre experimentada como ternura infinita, un apasionamiento por el Reino traducido en una sociedad justa y fraternal, y una compasión eficaz hacia los más débiles y necesitados.

Estos tres rasgos se exigen mutuamente en una dinámica vital. El encuentro con la ternura infinita de Dios, Padre y Madre de todos, suscita el apasionamiento por la fraternidad y la construcción del Reino como sociedad justa y en paz. Esa ternura divina se actualiza en compasión eficaz a favor de los maltratados y excluidos, que son los predilectos del Padre y ocupan el primer lugar en el Reino, no por sus méritos sino por su vulnerabilidad. Solo desde la comunión profunda con el Padre misericordioso puede comprenderse verdaderamente la opción de Jesús y su camino de transformación social.

Fuente: El Universal — Ver nota original

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