Tienes que ser fuerte

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Es 17 de mayo de 1991 y acaban de matar a mi padre. Tengo once años y unas ganas terribles de llorar, de gritar lo mal que me estoy sintiendo, pero no puedo. Al menor asomo de llanto siempre hay alguien dispuesto a espantarlo. Me dan regalos. Me llevan chocolates. Me ponen una película tras otra en el VHS. Me ofrecen pastillas para que duerma y olvide por una horas que el papá está muerto. Me dicen que sea fuerte, lo ordenan: «Tienes que ser fuerte». Pronto entiendo el mensaje oculto tras la palabra fortaleza: el mundo no es para los débiles. Llorar no revive a ningún muerto. Tengo dos opciones: ser fuerte o llorar. Elijo lo primero. Es lo que los adultos sugieren y los adultos saben tomar mejores decisiones que los niños.

Me embarco en un frenesí de lectura. Me meto al equipo de sóftbol y de voleibol. Soy buena aguantando la respiración bajo el agua; a veces, fantaseo con quedarme en el fondo. Corro tan rápido que el profesor de atletismo me pregunta, a manera de broma, si me están persiguiendo. Es verdad: algo me persigue todo el tiempo, pero no sé qué es. Practico gimnasia olímpica, aprendo el salto mortal, distraigo mis pensamientos en el rincón más escondido de la biblioteca, estudio como si los libros se fueran a acabar. Hago lo que sea para que no me quede tiempo de llorar, necesito demostrar que soy fuerte. «Soy fuerte», digo en voz alta mirándome al espejo. «Soy fuerte», repito. Y me lo creo. Me tomó casi treinta años darme cuenta de que el derrumbe lo espera a uno, que la tristeza no se va sola, se esconde en aquellas grietas en las que no imaginarías encontrar nada después. Te acecha, te espera, te embosca. La tristeza sabe de paciencia, solo se irá cuando lidies con ella. Para ser fuerte, primero tienes que ser débil.

Ahora sé que está bien llorar, hacer sánduche con la cabeza y la almohada, sentirse tan triste como para pedir ayuda, dejarse ayudar. Que te pregunten si estás bien y puedas decir que no a la primera. Hace poco vi la película C’mon C’mon. En ella, Joaquin Phoenix le dice a su sobrino agobiado por el caos familiar: «Está bien no estar bien. Puedes estar enojado y triste y perdido y confundido y no hay nada de malo en ello». Aún así, el niño asegura estar bien y el tío insiste: «Puedes patear el aire, hacer berrinche, gritar», pero el niño sigue diciendo lo mismo: «Estoy bien». Y entonces pienso en mí a los once años siendo ese niño que se miente a sí mismo, como si por ocultar los sentimientos pudiera hacerlos desaparecer. Creo que esas son las secuelas de vivir en un país tan violento. Nuestras heridas parecen insignificantes comparadas con las de los otros y por eso nadie se cree con el derecho a quejarse, a llorar, a decir: «Estoy mal, estoy muy mal y ¿sabes qué? No hay nada de malo en ello»  .

LINK ORIGINAL: El Colombiano

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