Terremoto en Venezuela: cuatro siglos de ciudades caídas, miedo y memoria bajo la tierra

LUIS ALBERTO PEROZO PADUA 26/06/2026 05:02 am La tierra comenzó a hablar antes de que nadie pudiera entenderla. Primero fue un crujido remoto, como si una carreta inmensa avanzara bajo las calles. Después vino el estremecimiento: las paredes se abrieron, las tejas cayeron como lluvia roja y el polvo cubrió altares, retratos, balcones, campanas y cuerpos.Venezuela, que muchas veces se ha contado a sí misma desde las guerras, los caudillos y las revoluciones, también tiene otra historia menos visible: la de sus ciudades sorprendidas por el temblor, la de sus habitantes corriendo hacia las plazas, la de las iglesias convertidas en escombros, la de los sobrevivientes que aprendieron a mirar el suelo con respeto.No hubo siglo tranquilo. Desde la colonia hasta la República petrolera, desde las casas de bahareque hasta los edificios de concreto armado, la tierra venezolana ha repetido una advertencia que atraviesa generaciones. En el norte del país, donde se concentra la mayor parte de la población, la placa del Caribe roza con la Sudamericana y esa tensión se traduce en fallas, sacudidas, grietas y memoria. Cerca del 80 por ciento de los venezolanos vive en zonas de amenaza sísmica. Pero esa cifra, por sí sola, no cuenta la historia. La historia está en la mañana en que Caracas creyó desaparecer, en el día en que Cumaná quedó tendida frente al mar, en la tarde en que El Tocuyo perdió buena parte de su rostro colonial, en la noche caraqueña de 1967 cuando una canción navideña quedó mezclada para siempre con el ruido de un terremoto.El día que Caracas corrió hacia las callesEl 11 de junio de 1641, entre las ocho y las nueve de la mañana, Caracas no era todavía la ciudad extensa y ruidosa que sería siglos después. Era una capital colonial pequeña, de calles estrechas, casas bajas, patios interiores, techos de teja y templos que organizaban la vida diaria. La jornada había comenzado con la rutina de siempre: oficios religiosos, tránsito de animales, voces en los corredores, puertas de madera que se abrían al calor de la mañana.Entonces la tierra se movió.El terremoto de San Bernabé fue uno de los primeros grandes avisos de la historia sísmica venezolana. La población salió despavorida. Nadie sabía a dónde ir. Las casas se bamboleaban, los edificios públicos cedían, los templos amenazaban ruina y el miedo se extendió como una segunda sacudida. En aquel mundo colonial, sin explicación científica ni mapas de fallas, el temblor fue leído como una señal sobrenatural. Se rezó en las calles. Se pidió perdón. Se esperó otro golpe del cielo.Caracas quedó gravemente dañada. Muchos edificios importantes cayeron y otros quedaron tan afectados que durante largo tiempo inspiraron temor. La ciudad comenzó entonces una relación contradictoria con su propio suelo: lo necesitaba para crecer, pero lo sabía inestable; lo pisaba cada día, pero lo presentía capaz de abrirse.Aquella mañana de 1641 dejó una lección temprana. La capital no estaba protegida por su condición de sede política ni por sus templos ni por sus santos. Bajo la aparente quietud de la provincia colonial se acumulaba una fuerza más antigua que cualquier autoridad humana.Cumaná bajo el amanecer de 1766Más de un siglo después, el 21 de octubre de 1766, el país sufrió el que ha sido considerado el mayor terremoto de su historia sísmica. Ocurrió al amanecer, cuando la luz apenas comenzaba a levantar los contornos de las ciudades. El movimiento alcanzó una magnitud estimada de 7,9 y se sintió desde Maracaibo hasta los actuales estados Sucre y Nueva Esparta.La tragedia tuvo su rostro más severo en Cumaná.La ciudad oriental, antigua, marítima, expuesta al sol y al salitre, quedó prácticamente destruida. Las casas se desplomaron, los templos cedieron y las calles desaparecieron bajo una nube espesa de cal, tierra y madera rota. Desde el golfo de Cariaco hasta las poblaciones cercanas, el miedo viajó más rápido que las noticias. Los habitantes no tenían cifras ni escalas para medir la catástrofe; s

Fuente: El Universal — Ver nota original

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