Suicidio asistido y derecho a la vida: una historia de dignidades y desobediencias - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / El Clarín / “El único miedo que tengo es no lograr morir”, fue lo último que dijo el italiano Fabiano Antoniani, conocido como dj Fabo, el 27 de febrero de 2017. Se lo dijo a la enfermera de la clínica suiza a la que fue llevado, por su voluntad, para librarse del tormento en el que se había convertido su cuerpo desde el accidente que tuvo en 2014.

Ciego y tetrapléjico, la tragedia había sido cruel con él hasta el paroxismo: el choque redujo su cuerpo a despojos pero conservó, triste, solitaria y final, su lucidez.

Desde entonces, Fabo cedió a cuanta terapia le fue propuesta hasta que se dio por vencido y decidió que, por más que en Italia la eutanasia estuviera prohibida, él iba a consumar su deseo, tal vez el más corajudo que tuvo en 40 años de vida: morir.

Contactó a Marco Cappato, dirigente del partido radical italiano y activo miembro de la Asociación Luca Coscioni, una ONG que desde hace años milita para que en Italia haya una ley sobre el fin de la vida.

Como hizo en otros casos, Cappato accedió. Subió a Fabo en su silla de ruedas al auto gris metalizado del dj y manejó cinco horas, desde Milán hasta la clínica Dignitas, en Suiza. Cinco horas de silencio en un viaje hacia el final de lo que Fabo llamaba “la noche sin fin” en la que se habían convertido sus días.

En Suiza, la eutanasia no está permitida como sí lo está en Holanda, en Bélgica y en algunos estados de los Estados Unidos. Pero, por un vacío legal, si quien decide morir puede probar su lucidez para tomar decisiones y se autosuministra la dosis letal, no hay castigo. Hay clínicas, como Dignitas, que se especializan en suicidio asistido. Someten a los candidatos a poner fin a sus días a una evaluación física y psicológica exhaustiva antes de aceptar ayudarlos a morir.

“Me llamo Fabiano Antoniani”, tuvo que repetir varias veces Fabo delante de la enfermera, como parte del protocolo, para que ella le permitiera morder el pulsante que activó el suministro endovenoso de los 15 gramos de pentabarbital de sodio que lo durmieron para siempre. Eran las 11:40 de la mañana del 27 de febrero. La enfermera, entrenada en estas despedidas, no dejó de llorar tampoco esta vez.

Al día siguiente, Cappato se autodenunció ante los tribunales de Milán por desobediencia civil. “Asumo todas las responsabilidades”, dijo. Se abrió un proceso judicial en su contra bajo la acusación de haber colaborado en un suicidio, lo cual es considerado un delito según el código penal italiano: condena de 5 a 12 años de cárcel a quien ayude a alguien a morir. “Un fracaso para la sociedad”, lo definió la Santa Sede. “Este tristísimo episodio nos debe llevar a reflexionar. Comprendo a quien dice ‘no doy más’. Pero no me parece digna la sociedad que no logra estar cerca y ayudar y no consigue hacer entender que el otro es importante, que no logra hacerlo sentir útil”, dijo el presidente de la Pontificia Academia por la Vida, arzobispo Vincenzo Paglia.

“Voy a seguir esta batalla por la vida, por los derechos de los enfermos y de los discapacitados y, por lo tanto, por el respeto de la elección de interrumpir sufrimientos insoportables”, me dijo Cappato unos días antes de que la Justicia italiana decidiera no encarcelarlo porque, según los jueces, el suicidio asistido no viola el derecho a la vida cuando ésta se vuelve intolerable e indigna para una persona enferma.

“No puede ser que si uno tiene diez mil euros y las condiciones de ser transportado va a Suiza y si uno está atado a una cama o no tiene ese dinero tiene que padecer el suicidio en condiciones terribles o una tortura que uno no quisiera. Que el estado italiano asuma la responsabilidad. Si los enfermos terminales pudieran bloquear las calles, tendríamos ley de eutanasia. Pero el problema es que no se ven”, dice Cappato hoy.

Su gesto despabiló a la sociedad italiana sobre la polémica eutanasia y el testamento biológico, que es la posibilidad de dejar constancia de que uno elige para sí mismo la suspensión de tratamientos médicos.

Hay un proyecto de ley que acaba de ser aprobado por la Cámara de diputados: 326 votos a favor, 37 en contra y 4 abstenciones. “La ley del testamento biológico dice que si pido suspender una terapia, el médico debe obedecer. Puedo dejarlo por escrito y aun en el caso en el que me encuentre por enfermedad o accidente en condiciones de no entender ni poder decidir, puedo confiar mi voluntad a alguien”, explica Cappato. En estas últimas semanas, la asociación a la que él pertenece recorrió ciudades italianas para solicitar la aprobación de la ley en el Senado. Unas 15 mil personas, la mayoría entre los 46 y los 55 años, adhirieron al biotestamento.

Y mientras las cenizas de Fabo volaban a la India, donde él mismo pidió ser llevado, y el proceso a Capatto por haberlo ayudado a morir que estaba a punto de ser archivado no lo será, él sigue desafiando al estado italiano: junto a Mina Welby, viuda de Piergiorgio Welby -uno de los enfermos terminales pioneros en muerte digna en una Italia sin ley de eutanasia- acompañó a Davide Trentini, un barman de 53 años enfermo de esclerosis, hasta Suiza. “El final lo imagino sereno, muy dulce. Para mí el viaje será una liberación. Como un sueño, como unas vacaciones. Me darán un líquido y lo beberé. La única cosa que me hace sonreír, ahora, es pensar en este viaje”, se despidió Trentini. “Chau, Davide. Ha sido un deber ayudarte”, tuiteó Cappato cuando el barman dejó de sufrir. Suicidio asistido y derecho a la vida: una historia de dignidades y desobediencias

Con Información de El Clarín

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