Subversivos, conspiradores y clandestinos - EntornoInteligente
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Por debajo de la conocida explosión externa del santiaguero hay una espiritualidad presente en miles de detalles que hay que descubrir… Acta bautismal de Paul Lafargue en la Iglesia de Santa Lucía, adivinar a Heredia en su casita que dice poco de ese poeta. Ahí están las huellas de Francisco Prats; ilustres refugiados de la guerra civil española, sobre todo catalanes, se asientan en Santiago. Otro republicano: Arturo Campanal, que acoge y protege en Siboney a Ciro Redondo y a Marcos Martí, los dos jóvenes y asaltantes del Moncada

Fue avisado del cerco, y esta vez no pudo sortear la cacería. Ya en la calle caminaba con Raúl Pujol, pero el delator cumple el macabro encargo… La noticia vuela por aquellas calles y en la Sierra Fidel anticipa: «No saben lo que han hecho». No podían imaginar que les esperaba. Frank solo, sin armas, sin decir nada, levantó a una ciudad completa. Estalla, junto con el dolor, una multitud desafiante en un entierro que recorre toda la ciudad y enseguida la resistencia inesperada: una huelga espontánea. Frank, también Cristian, Salvador o David, él solo es capaz de levantar otra vez a esta ciudad. Ese 30 de julio es una pista, una clave entre otras muchas, que permiten acercarse, tratar de entender este enclave, más espiritual que geográfico, que es Santiago Cuba.

No sé si responsabilizar a la patrona de Cuba, la virgen mambisa o sencillamente la Virgen del Cobre, por hacer coincidir tantos elementos esenciales para Cuba en Santiago. Tal vez sea el azar. Tal vez el calor. Quizá, lo más probable, es la sabia combinación de ingredientes, mescolanzas (como el pru) que solo esta ciudad es capaz de crear… «¡No es suerte!», desafía Fátima Patterson, «las hemos luchado», y con ella estoy oyendo a la ciudad repetirlo. Todos estamos atrapados por «sentir la pasión por Santiago» que cantaba Matamoros.

Por debajo de la conocida explosión externa del santiaguero hay una espiritualidad presente en miles de detalles que hay que descubrir… Acta bautismal de Paul Lafargue en la Iglesia de Santa Lucía, adivinar a Heredia en su casita que dice poco de ese poeta. Ahí están las huellas de Francisco Prats; ilustres refugiados de la guerra civil española, sobre todo catalanes, se asientan en Santiago. Otro republicano: Arturo Campanal, que acoge y protege en Siboney a Ciro Redondo y a Marcos Martí, los dos jóvenes y asaltantes del Moncada.

Historias o pasajes de la vida de alguien en la lucha clandestina y Santiago. Hay tanta fuerza y tan diversos conflictos que sería una verdadera pérdida no conocerlos y desatar nudos. Es entonces que nace o sale una fuerza que habita en cada uno de nosotros cuando se vive en medio de ese terremoto que es una revolución y uno está en el epicentro. ¿Qué se sabe, qué pasaba en la casa de Ramona y María?, las Ruíz Bravo. ¿Y de la calle San Gerónimo? Se alberga en cada casa un nido más conspirativo. María Antonia Figueroa. Asociamos este nombre nada más con el M-26-7, y olvidamos su magisterio en la escuela pública Spencer. ¿Quién es Cayita Araujo? Llena de gracia, picardía y de vivencias es fijada por Felipito Bernaza para siempre en su filme…, todos ellos atrapados por «sentir la pasión por Santiago» que cantaba Matamoros.

Nadie tiene una predilección por la violencia, no entre los que conocí en mi adolescencia. Uno se ve empujado a ella y eso te marca, deja huellas. Hubo en Santiago esbirros para quienes el terror era un gozo, un ejercicio de poder, uno en particular, y cada vez que asesinaba a un joven iba a comerse una ración de pollo frito, podía ser más de una, dependía de cuántos había asesinado, le decían pikinchiking.

A medio camino de la Granjita Siboney y del Cuartel Moncada, en la Loma de San Juan, hay tres Monumentos: al soldado español, al soldado estadounidense desconocido y al mambí victorioso; pero es este último quien marca la vida del futuro escultor Alberto Lescay, que con sus dos piezas sintetiza ese estado mental y permanente de la ciudad. Creo que los machetes al viento, desafiantes, de la Plaza de la Revolución santiaguera, y en El Cobre la presencia intensa y monumental del

Cimarrón, se consagra y atestigua en una gran «nganga», la mezcla que somos y seguiremos siendo los santiagueros, los nacidos y los adoptados.

Esta ciudad seduce a sus creadores, los posee para que se expresen, lo que sea, lo que toque en cada momento, que cante y baile. ¿Cómo explicarse la urgencia que siente José Soler Puig por contar enseguida, en ese año 59, el horror y martirio de los jóvenes luchando en sus calles? Santiago quiere que nada se olvide, pero nada. La carga de intensidad de aquellos meses es lo que nos atrapa y sorprende en Bertillón 166. Se revive la angustia, el dolor, el miedo y la resistencia.

Pirandello decía que la realidad puede permitirse ser inverosímil, pero el arte no. Ser clandestino, vivir como clandestino, implica no solo tener otros nombres, es forjarse otras identidades, y pienso que es lo que más se acerca al cine, al crear otra realidad desde la realidad que es el arte; una realidad invadiendo las pantallas, aun aquella que no se ve, pero sentimos.

Las imágenes no mienten. La violencia extrema que envuelve e involucra a toda la cuidad y no hace distinciones. Las imágenes no mienten. El rostro duro, acusador, de un grupo de mujeres sostiene una tela: «Cese el asesinato de nuestros hijos». Veo a Cira Ferrer, a Herminia Gray, la madre de William, negros y blancos, pobres y ricos, en la acera Vilma es testigo… La policía no se atreve. Hay otra. Dos asesinos: Masacre y Salas Cañizares arrastran a Gloria Cuadras por el parque Céspedes. Gritamos: «¡Asesinos, suéltala!». Siguen y se la llevan presa.

1959. Acaba de nacer el cine cubano, que germina impactado por esa conmoción de la lucha armada. Meses después se rueda en la cuidad Los novios, del director Jomi García Ascot. El Icaic buscaba en Santiago una historia y me interrogan, me entrevistan porque yo –me argumentaban– era una adolescente respondona del m-26-7, y porque se quería contar una historia de amor posible entre dos jóvenes clandestinos. Después fue David, de Enrique Pineda Barnet. Está fresca la memoria, se siente todavía la atmósfera cargada de esa tarde del 30 de julio y del día siguiente. El director consigue atrapar, en el escenario de la ciudad, en una sucesión de testimonios, revelarnos quién es Frank. Me explico aquella explosión rebelde de aquella ciudad que lo intuía…. Veían a David, la película, la imagen de su héroe.

El Santiago que yo viví estaba lleno de misterios, de callejones y escaleras, y es la Placita de Santo Tomás, mi calle San Bartolomé y el horror de amanecer un día, muchos días, con la noticia de que tus vecinos han sido asesinados, como Frank, a quien veía pasar siempre. El joven revolucionario de mi película Ciudad en Rojo no es Frank y es Frank. No fue concebido así por Soler, sino por mí, y la frase de Unamuno: «La fe que no duda es fe muerta», es clave, y creo que podía ser compartida por él. Es una aspiración que arropará a toda la película.

Épica revolucionaria y música. Los Hoyos y la conga que añora Micaela. Tal vez ya tiene lo que fue a buscar a otro lugar, pero le falta la música, arrollar por las calles como nos cuenta y canta Ricardo Leyva. Iré a Santiago, reverencia Federico García Lorca, atrapado por santiagueros y santiagueras viviendo, es una atmósfera real que Sara Gómez quiere que esté en su documental.  Para unos es Los Hoyos, para otros la Placita, o la Kimona, barrios como Chicharrones, Mejiquito y Vista Alegre, Trocha y Martí, el Parque Céspedes y Bacardí, el intelectual y el ron, nostalgia espiritual donde fluye la vida cotidiana de la cultura, y la vida subversiva, clandestina, pero real.

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