Sociedad hiper-violenta, hiper-neoliberal e Hiper-socialista - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / La hiper-violencia en la sociedad moderna se caracteriza por ser una fuerza destinada a sojuzgar a otros para el beneficio y la satisfacción del deseo de uno; se da en contexto de amenaza, donde se asume confrontar la existencia del otro y apunta a lograr que el otro ceda y se adapte a uno. La hiper-violencia apunta a tener al otro bajo control; los otros dejan de ser semejantes y se transforman en instrumentos para usar o en enemigos a los que hay que destruir.

En los casos de violencia sexual, el eje principal no es el sexo, sino el control sobre el otro; no hay erotismo, es un juego sádico de dominio. Desde un enfoque comunitario, la hiper-violencia responde a la frustración de los individuos para realizar sus necesidades y aspiraciones; los individuos actúan como depositarios de la situación de la comunidad, donde la violencia parece caótica y s tiene una dirección: destruir la fuente del miedo o de la frustración.

En la actualidad, el hombre pervive en una sociedad conflictivizada, donde se cultivan las necesidades insatisfechas de las personas, entre las que destaca necesidades de salud, de educación, de viviendas dignas, de seguridad, infraestructura, políticas públicas en programas sociales complementarias, una sociedad más inclusiva que no fermente más odio ni rencor, porque una sociedad del bienestar que practican los países Nórdicos de Europa, como es el caso Finlandia, Suecia u Noruega.

Es necesario influir en la sociedad para desarrollar acciones de tolerancia y convivencia, que disminuya la violencia, en fin, solamente nosotros tenemos la respuesta en el día a día por la forma en que nos comportamos, nos relacionamos, positivamente y pacíficamente, nos esforzamos por ser personas de bien para que nuestras próximas generaciones se sienta orgullosos de nosotros por dejarles no riquezas materiales sino riqueza espiritual de calidad.

Por su parte, la sociedad hiper-liberal occidental, no es más que la superposición de la conducta paternalista de las misiones civilizatorias decimonónicas; el estándar de civilización, conocida hoy día como estatalidad, revivido luego del fin de la Guerra Fría en 1991, y vuelto a surgir en la realidad contemporánea del terrorismo islámico y las posturas guerreristas de los países de comportamiento capitalista (aunque algunos como China y Corea del Norte, mantengan patrones comunistas en su sistema interno de sociedad política). Los Estados son tratados como iguales si desarrollan estalidad y democracia, percibida ésta como la imposición de las mayorías a un contexto consumista hiper-moderno.

En esta sociedad hiper-liberal, el valor humanista es sustituido por el valor materialista, en razón de apreciar la organización social y política como pequeñas empresas de reproducción de explotación y manejo indiscriminado de las políticas de producción, donde no se considera el medio ambiente ni el impacto que sobre el medio ambiente pueda tener los procesos industriales de producción. El interés es darle fuerza y músculo al libre intercambio en la sociedad, manteniendo los Sistemas Políticos que permitan consolidar el mercado y los intereses de producción en ese mercado. La democracia, por la vía de la manipulación de datos e información digital, hoy día permite la alteración y manipulación de los resultados de eventos de consulta o elección popular. En la hiper-modernidad la democracia de las mayorías se vuelve instrumento de una minoría que manipula la información y los procesos de elección.

Hoy día, se ha dado el denominado escándalo de “Facebook”; según el norteamericano y fundador de esta empresa que ofrece el servicio de red-social, Mark Zuckerberg, ellos no se prestaron para manipular los datos y perfiles de sus usuarios, con fines de ser usados para campañas de consulta pública o electoral. Los vínculos entre Facebook y la empresa que utilizó directamente los datos, Cambridge Analytica, cuya operación la habría realizado en el 2014, utilizando los datos para influir en redes sociales. Este tipo de situaciones es la que lleva al neoliberalismo y su conducta desmedida en hiper-modernidad, a tener vulnerabilidad y al hecho de desconfiar en los medios masivos de interconexión y almacenamiento de información, en el mundo moderno.

En cuanto al hiper-socialismo, o la sociedad hiper-socialista, no es una receta para el éxito; es un transitar contrario al capitalismo neoliberal; ese capitalismo que ha pervertido la sociedad hasta sus raíces. Por ello, proponer el Socialismo en el siglo XXI, es tanto como echar en una herida abierta alcohol isopropílico: ¡de que arde, arde! Pero para comprender los caminos y luchas que esa propuesta Socialista ha tenido, es necesario que nos remontemos al segundo lustro del siglo XIX, allí, en la organización del movimiento obrero internacional, está la clave de lo que se necesita y de los errores que no se deben cometer.

Uno de los rasgos distintivos del hiper-socialismo de todo signo, es su carácter internacionalista; las doctrinas marxistas como otros pensadores sostenían que los trabajadores del mundo sufrían los mismos problemas y era por tanto necesario, aunar esfuerzos, intereses y objetivos para derrotar a la burguesía. El texto escrito en 1848 por Marx y Engels, el “Manifiesto comunista”, lanzaba una consigna clara: “Proletarios de todos los países, uníos”. Fruto de esa idea, surgieron organizaciones que intentaron servir de enlace entre grupos de trabajadores de diferentes países en pos de la consecución de la revolución universal; fueron las llamadas Internacionales Obreras: La Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) o I Internacional Obrera (1864-1876), fundada en 1864, tuvo como sede la ciudad de Londres. El encargado de redactar sus estatutos fue Karl Marx, destacando que la liberación del proletariado sólo sería obra de los propios trabajadores y que la toma del poder era prioridad para alcanzar los objetivos de emancipación y libertad. Las reivindicaciones de carácter social tomaron mucha importancia, sobre todo lo de la jornada laboral de 8 horas, pero a pesar de la euforia y motivación que se le dio a esta primera internacional, su debate fue polarizado y sufrió, a partir de 1868, con la incorporación del ruso anarquista Mijaíl Bakunin, inmensas desavenencias en lo concerniente a la lógica con que se debería tratar el asunto. Marcó la pauta el enfrentamiento entre marxistas y anarquistas, episodio decisivo en la división del movimiento internacionalista lo constituyó el fracaso de la Comuna de París (1871) y la experiencia de carácter revolucionario que surgió tras la derrota de Sedán (1870), sufrida por las tropas francesas de Napoleón III frente a Prusia y que tanto Marx como Bakunin consideran la primera experiencia real de sus planteamientos, pero con claras diferencias en su naturaleza y en las causas de su fracaso.

Esta situación llevó al movimiento obrero, en el Congreso de La Haya de 1872, a tomar acciones desesperadas de última hora para rescatar el carácter diplomático de la internacional obrera que por culpa de las acciones terroristas de los movimientos de ultraderecha, perdía apoyo popular. Los anarquistas fueron expulsados de la organización, que pasó a ser controlada por los marxistas hasta su disolución en 1876. Esta primera internacional fue decisiva en varios aspectos en lo que a la postre sería la concepción del Socialismo real; por un lado mostró la intención de los movimientos de izquierda a dialogar y hacer política; y por otra, sentenció que el carácter internacional del movimiento obrero era para promover la paz y la igualdad con justicia, muy lejos de ese pensamiento radical de algunos sectores revolucionarios.

Las razones que llevaron a ese enfrentamiento pueden resumirse en las siguientes: Marx deseaba una organización estructurada en torno a una autoridad como forma de reforzar la eficacia de las decisiones adoptadas, todo lo contrario de Bakunin que se oponía a cualquier control o jerarquía. Los anarquistas se definían a sí mismos como “socialistas antiautoritarios”. Bakunin, pensaba que los movimientos obreros sólo debían organizarse en torno a sindicatos y no intervenir jamás en política, ya que ello acabaría por desvirtuar su fuerza revolucionaria.

En este aspecto, la Segunda Internacional Obrera (1889-1916), con sede en Bruselas, albergó en su seno una amplia gama de tendencias ideológicas, aunque prevalecía una clara orientación socialista marxista. Entre sus objetivos fundamentales destacó la búsqueda de una legislación que mejorara las condiciones de vida de los trabajadores y, de forma especial, la instauración de la jornada de ocho horas. Dos de los símbolos distintivos de la identidad cultural del movimiento obrero nacieron en ese encuentro: la jornada del Primero de Mayo como fiesta reivindicativa (Día Internacional del Trabajo) y el himno conocido de la Internacional.

A todas estas, los problemas que minaron la concreción de objetivos más empinados con el espíritu de libertad proletaria, fueron de carácter interno, en este caso el enfrentamiento ideológico entre los dos grupos surgidos en el seno del socialismo marxista: El radical, compuesto por los marxistas ortodoxos, que consideraban a la revolución como única vía para destruir el capitalismo y cambiar la sociedad, Rosa Luxemburgo fue una de sus máximas representantes; y los moderados, de carácter reformista, denominado “revisionista”, que discutía algunos puntos de la teoría marxista, como el de la lucha de clases o el materialismo histórico y defendía la vía pacífica mediante la participación en las instituciones políticas. Entre sus representantes destacó Eduard Bernstein.

La Segunda Internacional acabó con el estallido de la Guerra Grande, o Primera Guerra Mundial, cuando los sentimientos Patrióticos del proletariado de los países enfrentados primaron sobre el ideal de solidaridad internacional. Por último, entre 1917 y 1943, se va a dar la tercera Internacional, última Internacional tras el triunfo de la Revolución Bolchevique de Rusia, la cual estableció criterios de vencedores: se proclamó comunista y se alejó, por tanto, de las tesis reformistas revisionistas su existencia estuvo siempre condicionada por los intereses de la naciente Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS.). El movimiento obrero internacional quedó a la deriva después de 1991 del siglo XX, cuando se desmiembra de URSS., y queda un vacío que sólo experiencias puntuales en Latinoamérica (con Cuba y Venezuela) y la propia República Rusa (en la parte norte de Eurasia), han mostrado una actitud reivindicativa y de justicia social hacia los trabajadores y trabajadoras. Es necesario motivar una nueva y definitiva Internacional Obrera que imponga los valores humanos por encima de los administrativos-financieros.

A todas estas, cuando el sociólogo peruano Sinecio López, en el 2009, argumentó que la medida del gobierno de su país que autorizaba el uso de las fuerzas policiales y sus armas de fuego contra cualquier protesta popular, era un asunto característico del tipo de desarrollo capitalista que rige Latinoamérica, al que calificó de “salvaje” y estableciendo así una identidad intrínseca con el modelo neoliberal; días después el antropólogo Jaime de Althaus, en respuesta a la postura de López, menciona una serie de evidencias mediante indicadores de crecimiento, con los cuales quiso rebatir la existencia de algún capitalismo salvaje, sino la prevalecencia de un capitalismo en crecimiento, entiéndase un “hipercapitalismo global”.

En este sentido, uno de los más destacados estudiosos de la teoría del capitalismo salvaje, el economista francés Thomas Piketty, en su más reciente libro, “Capital en el siglo XXI”, centrar la atención sobre el crecimiento de la desigualdad en las últimas tres décadas y advertir sobre el potencial riesgo de que aumentará aún más en los próximos años sino se hace algo para frenar esta situación que amenaza con hacer retroceder al mundo al siglo XIX. El autor, aborda un punto importante que es cuando la tasa de retorno sobre el patrimonio (r) es mayor que la tasa de crecimiento (g), produciendo que se acelera la concentración de la riqueza; esto es, destaca Piketty, lo que ha ocurrido en los últimos treinta años con la implantación a gran escala de los postulados del libre mercado y la desregulación financiera. El error ha sido en el uso inadecuado de los modelos de competencia que ocultan asimetrías y mercados imperfectos, y crean un primer mundo en la periferia del tercer mundo y un tercer mundo en lo más profundo de las entrañas del primer mundo.

El aporte de Piketty y su equipo, se enmarca en visualizar la desigualdad como el producto más destacado del capitalismo global, dado que en la medida que hay más desigualdad, mayor obtención de ganancia tiene el dueño del capital. Así mismo la desigualdad dispara en todos los países desarrollados una ola de confrontación y violencia, donde el uno por ciento de la población es cada día más rico, y que el cero coma uno por ciento es aún más rico, y que el cero, coma cero uno por ciento es aún más rico todavía. Esto demuestra que los beneficios reales del capitalismo quedan en muy pocas manos, y que si no se realizan intervenciones extraordinarias, la tendencia continuará en ascenso haciendo que el siglo XXI, recalca Piketty, se parezca al siglo XIX, donde las élites económicas vivían de la riqueza heredada en lugar de trabajar por ello. La solución a todo esto, expresa Piketty, sería un esfuerzo coordinado a nivel mundial para aplicar impuestos a la riqueza y dar un giro a esta tendencia socialmente destructiva.

El propio Papa Francisco, Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, 1936), en su reciente visita a los Estados Unidos de Norteamérica, ha dicho: “Todas las personas tienen el derecho otorgado por Dios a un trabajo, a la posesión de tierra y a una vivienda… El capitalismo no controlado es una dictadura sutil y estiércol del diablo, la ambición desenfrenada de dinero y el servicio para el bien común queda relegado, son la causa de las desigualdades… La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece…”

En una palabra, la tesis de Piketty indica que la desigualdad es intrínseca al capitalismo y, de no combatirse enérgicamente, es probable que aumente a niveles que amenazan la democracia y dejan de sostener el crecimiento económico. El análisis de Piketty coincide con la percepción científica de Karl Marx, acerca de la sociedad capitalista, donde la desigualdad y la lucha de clases marcan el colapso del capitalismo.

No hay que olvidar que Marx fue un crítico de la economía clásica, que apuntaba que la desigualdad era un proceso que disminuiría con el tiempo. El capitalismo tiene misterios que la razón desconoce, pero que Karl Marx anticipó en 1848, en su Manifiesto del Partido Comunista, escrito también por Friedrich Engels, donde destaca que el capitalismo descontrolado propaga la desigualdad.

Esta desigualdad, en la escenografía social del siglo XXI, representa la vida cotidiana, y está dominada por lo que denomina Gilles Lipovetsky, el hipercapitalismo que es la auto representación indefinida en la que el capital ha transcendido su inicial misión de producir nuevas mercancías: se ha especializado en la producción de imágenes y signos; destacando que las sociedades hipercapitalistas producen un escenario de simulación que enmascara la carencia de una realidad profunda, donde la desigualdad es el común denominador en todo el contexto de la sociedad.

Esta realidad lleva a un plano de acción absoluta al Socialismo, sobre todo en la experiencia latinoamericana. No ese socialismo salvaje que describiera en un artículo Juan Carlos Varela (El Universal, 06/05/2015), y del cual dice: “Desde que tengo uso de razón Venezuela ha estado mal, pero nunca como ahora. Siempre ha habido delincuencia y corrupción, pero no al nivel que existe en este momento. La verdad es que desde que el socialismo salvaje se instaló en nuestro país la cosa ha ido de mal en peor…” Porque se refiere a un síntoma del proceso y no al proceso en sí mismo. El socialismo en Venezuela no es el que ha dispuesto altos índices delictivos ni cajas de negras de corrupción y vicios, ha sido y es, una alternativa de orientación de las políticas públicas hacia niveles de masificación de los beneficios económicos y sociales.

Al calificarlo de “salvaje” no hace peyorativamente, sino en la necesidad de ser más agresivos con las políticas públicas, a efecto de contrarrestar la guerra económica y comunicacional, en la cual los sectores de ultraderecha han estado moviendo los tentáculos en el plano internacional. No se discuten los síntomas de un Sistema Político democrático y participativo que implica dinámica, contradicción y confrontación de clases; se discute los obstáculos y la mala voluntad de un sector político que no ha sabido ganarse a las mayorías y que pretende doblegar la dignidad y los alcances sociales de un Gobierno que no tiene todas las verdades, pero si busca equilibrar esas desigualdades y brindar a la sociedad una mejor calidad de vida.

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