Lapatilla julio 01 2026, 12:46 pmPosteado en: Actualidad, Regiones, Terremoto VenezuelaCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn Labores de búsqueda de personas atrapadas bajo los escombros en la comunidad de Tanaguarena, estado La Guaira (Venezuela). El 30 de junio.Daniel Echeverría Toda búsqueda comienza con un silencio. En el caso de Miranda Borges, empezó cuando sus mensajes no recibieron respuesta. Sus familiares, Oscar Marcano, Lady Liz Khan y Rosario González, estaban en el edificio Oromar, en Tanaguarena, 45 kilómetros al norte de Caracas, sobre el mar Caribe, cuando ocurrió el terremoto. Durante horas llamó por teléfono, escribió mensajes y revisó las redes sociales esperando una confirmación de vida. Nunca llegó. Por Gabriela Mesones Rojo / elpais.com URGENTE: Dos terremotos azotaron La Guaira y hemos preparado un reporte de información actualizada AQUÍ Ante la desesperación, el silencio y la falta de información, el 25 de junio decidió trasladarse por sus propios medios hasta el edificio para saber cómo estaban, explica Borges en una llamada telefónica. “Cuando llegamos supimos lo que había pasado: el edificio se había derrumbado”, explica. Desde ese instante, la búsqueda dejó de ser una espera y se convirtió en un recorrido por hospitales, refugios, listas improvisadas, grupos de WhatsApp y calles transitadas por vecinos. Sin una ruta institucional clara, las familias de los desaparecidos han encontrado en la solidaridad de la comunidad de Tanaguarena y en la organización ciudadana las principales herramientas para seguir buscando. Borges llegó al edificio en moto. El trayecto hasta Tanaguarena fue un recorrido entre edificios derrumbados, fachadas abiertas y montañas de escombros. “Todo el camino estuvo marcado por la devastación: ver la cantidad de edificios en ruinas, estructuras colapsadas y escombros por todas partes fue la experiencia más triste que he vivido”, recuerda. Llegar hasta el Oromar fue una odisea, pero no contemplaba otra opción. Cuando llegó a la calle, vio la magnitud del desastre: cuatro inmuebles de la cuadra habían colapsado. Oromar y los dos edificios a su lado ya no existían. Cuando confirmó que la estructura se había venido abajo, llamó a su familia. La noticia desató una movilización inmediata. Reunieron las herramientas que encontraron en sus casas y varios primos viajaron para ayudar a remover los escombros. “Todo el trabajo pesado ha dependido exclusivamente de la fuerza física y el apoyo de varios hombres de nuestra propia familia”, explica. Desde entonces trabajan con herramientas improvisadas y recursos insuficientes para la magnitud del derrumbe. Cada piedra removida implica un riesgo. La búsqueda exige resistencia física, pero también la capacidad de seguir avanzando mientras el miedo a las cientos de réplicas al día convive con la posibilidad de encontrar, bajo los escombros, a quienes buscan. Los escombros también borraron la geografía del edificio. Para encontrar a sus familiares, primero debían reconstruir, pieza por pieza, el lugar donde habían vivido. La siguiente etapa de la búsqueda nació de la colaboración entre desconocidos. Borges entendió que necesitaba localizar a otros residentes y reunir toda la información posible sobre el Oromar. A través de redes sociales contactó a una vecina que reclamaba la presencia de equipos de rescate y, gracias a ella, ingresó al grupo de WhatsApp de los habitantes del edificio. Desde allí comenzó una reconstrucción colectiva de la memoria del lugar. Entre todos levantaron el mapa de un edificio que ya no existía. Comparaban la posición de los escombros con la ubicación de ven
Fuente: La Patilla — Ver nota original