Sheila Blanco llega a Magnolio Sala para presentar «Cantando a las poetas del 27»

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Todo empezó con Las Sinsombrero, el documental de Tánia Ballo que rescató el legado de las artistas y las intelectuales españolas de la llamada Generación del 27 , esa que fue condenada al olvido tras la irrupción de la Guerra Civil. «Para mí fue un antes y un después», asegura la cantante, compositora y periodista española Sheila Blanco . «La pura emoción me hizo descubrirlas, leerlas e investigar sus vidas y sus paraderos».

El efecto del encuentro con la obra de poetas como Carmen Conde, Concha Ménde z y Dolores Catarinéu fue tan intenso que Blanco decidió grabar un disco con sus textos. «Sucedió de una manera muy natural», dice. «Empecé a musicalizarlas sin tener muy claro el motivo, pero sentía que tenía que hacerlo», agrega la artista que en pandemia se volvió viral gracias a sus » Bioclassics «, donde repasaba la biografía de compositores como Vivaldi, Bach y Mozart a través de sus obras más populares.

Así surgió Cantando a las poetas del 27 , un cautivante disco de piano y voz donde Blanco revitaliza y rescata a nueve de los poemas que descubrió tiempo atrás. Es un álbum íntimo y cálido donde temas tan atemporales como el amor, el dolor, el exilio, la muerte y el remordimiento vuelven a la vida gracias a las musicalizaciones de la artista.

A las 21.00, Blanco lo presentará en Magnolio Sala junto a un invitado especial: Fernando Cabrera . «Le admiro profundamente y para mí va a ser un honor compartir con él en el escenario», dice. Las entradas se consiguen en Tickantel por 850 pesos.

Antes de su recital, la artista dialogó con El País.

— Cantando a las poetas del 27 abre con «Primer exilio», un poema casi desesperado de Ernestina de Champourcin sobre el dolor que acompaña al desarraigo. ¿Por qué lo elegiste para iniciar el disco?

—Fue una decisión tomada en muy poco tiempo. Y qué curioso que hayas puesto el foco acá porque no le he hablado con nadie. He craneado mucho el orden del disco y sentí que era necesario empezar con una nota más acentuada. Por eso lo elegí; era una llamada de atención. «Primer exilio» es un poema que me golpeó muy fuerte cuando lo leí, porque en ese momento estaba leyendo mucho sobre las vidas de las personas que debieron dejar su país. Y el exilio es algo aterrador porque no solo significa que tienes irte a vivir a otro lugar, sino que realmente se trata de abandonar tu vida: te vas a un lugar donde nadie te conoce y donde no tienes nada. Es todo lo contrario a la palabra «hogar»…

— La frase «allá en la frontera se alza una línea oscura» sintetiza en unas pocas palabras el sentimiento asfixiante de la despedida de todo lo conocido y del acercamiento a la incertidumbre total. Es bellísima.

—Sí, y fíjate que es algo muy concreto de la vida de Ernestina, porque ella pasó 40 años en México. Luego, cuando ya era anciana y necesitaba volver a España porque no podía valerse por sí misma y necesitaba una pensión del gobierno, escribió un libro llamado Segundo exilio . De alguna manera, a ella también la arrancaron de su segunda patria. Entonces, esa frase es muy intensa y, desde luego, esa frase es muy visual. Eso es algo que está en todos los poemas, y que te puedan trasladar esas imágenes te atrapa mucho. Además, la música las ilustra; es su banda sonora. Para mí, el ritmo de «Primer exilio» es el de un corazón acelerado que está saliendo de su casa y solo se para cuando ella se toma un café en medio de su viaje. Es un poema muy profundo.

— Mencionaste el poder visual que acompaña a cada poema y en Cantando a las poetas del 27  se le añaden dos nuevas herramientas: la música y la voz. En «Primer exilio», por ejemplo, utilizás los cambios de ritmos, el silencio y hasta el canto casi angustioso. Lo mismo sucede con la armonía, que sugiere climas grises y que simboliza la despedida de esa «primera vida». ¿Sentís que la intención expresiva de un poema se completa cuando al texto se le agrega música?

—Hay algo milagroso cuando se saca un poema del papel para convertirlo en canción. Es una transformación bien mágica y, sí, la música fortalece y amplifica todavía más el significado de las palabras. El alma del poema es la música, que está implícita en el texto y solo hay que encontrarla porque ambas están bien conectadas. Es verdad que la música llega más que una lectura en papel y si el poema cobra presencia cuando un poeta lo lee, eso sucede todavía más cuando alguien lo canta.

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— Eso queda claro en «Dolor y gozo», de Pilar de Valderrama, que aborda un conflicto interno emocional y describe un intenso sentimiento de culpa. ¿Cómo recordás tu encuentro con ese poema? 

—Fue muy fuerte porque «Dolor y gozo» viene de un remordimiento y de una doble moral a la que las mujeres se han visto siempre sometidas. Se refiere a esa doble vara moral de medir al hombre con respecto a sus infidelidades o sus enamoramientos, que en ese momento era una cosa totalmente aceptada; incluso en España tenía la denominación de «una canita al aire». Sin embargo, en esta mujer la historia está bien clara: su marido le es infiel y todo acaba en tragedia porque su amante se suicida. Ella, que tiene una familia de tres hijos, se entera y decide separarse aunque en ese momento no existía el divorcio. Entonces, lo que ocurre es que se enamora de otro hombre y vive con ese amor con dolor y gozo. Es un remordimiento muy curioso porque ( en esa época ) no hay solo poema de un hombre que tenga esos sentimientos por serle infiel a una mujer. Sin embargo, sí lo encuentras en ellas. Hay unos poemas maravillosos que aún no musicalicé de Susana March que hablan del embarazo y que no los tenemos presentes por una razón absurda: el franquismo decidió borrar a las mujeres. Por eso me interesaba acercarme a esa perspectiva femenina que no conocíamos.

—El disco cierra con «Pájaros negros», un poema de tu autoría que grabaste a capella y en el que abordás los miedos. «Ahí vienen los pájaros negros a pisotearme, / Ahí vienen graznando sus gritos a perturbarme, / Que se haga la luz y el silencio a salvaguardarme», dice la letra. ¿Cómo surgió?

—La empecé a escribir mientras investigaba a estas poetas. Por un lado, tenía la certeza muy fuerte de que tenía que musicalizarlas, pero en algún momento pensé: «¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Estaré haciéndolo bien?» Todas estas dudas son como pájaros negros, y hay algo de miedo y de muerte a su alrededor. Sin embargo, cantar este poema es una forma de espantarlos; hay algo de catarsis y de consejo porque los miedos son parte del ser humano. Es verdad que los miedos se trabajan y se superan, pero te acuestas a la noche y te despiertas al día siguiente, lo más probable es que sigan allí. Habrá gente con fortalezas mentales para mantener su mente más limpia, pero ese no es mi caso. Por eso es bonito reconocerse en estas flaquezas y convencernos de que las tenemos que convertir en fortalezas. Por eso decidí grabarla. 

LINK ORIGINAL: El País

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