Sean Connery, James Bond, y algo más » EntornoInteligente
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No faltan razones para lamentar la  muerte de Sean Connery a los 90 años de edad. Fue un gran  actor que irradió tanta simpatía como inteligencia, característica esta última no muy habitual en las estrellas cinematográficas de los años 60

No faltan razones para lamentar la  muerte de Sean Connery a los 90 años de edad. Fue un gran  actor que irradió tanta simpatía como inteligencia, característica esta última no muy habitual en las estrellas cinematográficas de los años 60.

Cuando se habla de James Bond se piensa de inmediato en Connery, el primero y mejor de los seis actores que han interpretado el personaje creado por Ian Fleming, escritor que supo sacarles provecho a los tiempos más calientes de la Guerra Fría.

En un principio, Fleming rechazó a Sean Connery a causa de su acento escocés, pero no tardó en darle el visto bueno. El actor reunía todas las características que demandaba el personaje: buena presencia, seductor, sofisticado, capaz de llevar con naturalidad un vestuario impecable y una sangre fría, única en pantalla panorámica, para matar con la eficiencia de un agente 007 al servicio de su Majestad.

A partir de su primera película, Agente 007 contra el doctor No (1962), Bond se convirtió en un estandarte propagandístico de primer orden en la lucha contra el comunismo internacional. Del lado de los «buenos», gente simpática, bonita, desprendida en el lance de ofrendar la vida en aras del llamado mundo libre; del bando de los «malos», genios feos y perversos prestos a dinamitar el mundo.

Sin olvidar las mujeres, una galería de chicas Bond pasándola de maravilla en su tránsito por el lecho del 007, no importa que muchos de esos «mamíferos de lujo» (la expresión es de Fellini) estuvieran controlados por «el oro de Moscú». En la cama, sobre un butacón, o en la rasposa arena, el atractivo James Bond era (sigue siendo) mucho más que cualquier ideología.

Un buen día, Sean Connery comenzó a decir que estaba harto de aquel personaje que nada se parecía  a él, ni a su manera de pensar. «Estoy dispuesto  a matarlo», declaró. Y ante el horror de millones de seguidores se fue a la Unión Soviética a rodar La tienda roja , junto a Claudia Cardinale y dirigido por  Mikhail Kalatozov.

Dejó de ganar mucho dinero pero, eliminado el encasillamiento, demostró la clase de actor que era y que ahora todos recuerdan al hablar de filmes como El nombre de la rosa y Los intocables.

La leyenda de Bond, sin embargo, continuó en la piel de otros actores y las películas del 007 se siguen esperando como pan caliente porque, además de la espectacularidad renovadora que permiten las nuevas tecnologías, sigue subsistiendo en ellas el mundo frívolo y aventurero con el que algunos no se cansan de soñar, sin importarles –o no dándose cuenta– de la manipulación de que están siendo objeto en cuanto  a pasar por valores inobjetables lo que siempre entraría –al menos, y para los que tienen dos dedos de frente– en el terreno de lo discutible.

Nuestro país no ha escapado de la visión maniquea entre el bien y el mal resaltante en los filmes de James Bond y estaría bien pasar esos títulos por la televisión (no solo los «inofensivos») para que se aprecie bajo qué prisma de manipulación política y humana hemos sido tratados. Filmes como Solo para tus ojos (1981), con un Roger Moore demasiado viejo y encartonado en el papel del 007, trama en la que los soviéticos y sus secuaces –cantidades incontables de seres maléficos de por medio– tratan de robar un dispositivo secreto utilizado para manejar los submarinos nucleares ingleses. Cuba y sus «agentes secretos» están muy presentes, primero ametrallando a gente indefensa y más tarde dándose la buena vida en una piscina llena de fabulosas mujeres, lugar hasta donde va James Bond a ajustar cuentas. Cubanos y compinches, integrando un eje del mal, se proponen hacerse del secreto atómico y luego poner pie en polvorosa rumbo a nuestro país.

La «obsesión» Cuba se reitera en 1983 con Octopussy . De nuevo aparece Roger Moore asistido de varios dobles para las escenas peligrosas. Los hechos tienen lugar en la India, pero los primeros diez minutos se dedican a narrar cómo el 007, disfrazado primero de capitán cubano y luego al timón de un miniavión supersónico, destruye una base para espanto de unos militares de dudosa pronunciación «cubana».

En 2002, Pierce Brosnan rodaba  su último filme como James Bond en Muere otro día, trama rocambolesca que aunaba a coreanos del norte y cubanos contra el «mundo libre» y en la que el agente 007 se daba un salto clandestino a Cuba (locación en Cádiz). En una playa del archipiélago conocía el agente a la chica Bond de turno, la mulata Halle Berry que, saliendo del mar en bikini anaranjado, terminaba por ser lo más apasionante de la historia.

En fin, que ha muerto Sean Connery, un actor para reverenciar, pero todavía nos queda, 58 años después, el viejo Bond haciendo de las suyas.

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