Se busca anillo de compromiso perdido en Barcelona, se recompensará

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Uno de los carteles que pide ayuda para encontrar el anillo perdido.

Recompensa $$$$ Anillo perdido el sábado 30/5. No es caro pero tiene mucho valor sentimental. Herencia de mi abuela. Ruego su bondad en devolverlo o llamar con cualquier información; no se harán preguntas +34 697 432 050 

El cartel con este mensaje de socorro resiste pegado en las marquesinas y cajas de luz a lo largo de los 1.600 metros que van desde el cruce de Rambla de Catalunya hasta el primer portal de la calle Sant Pau,  en la esquina del Liceu, 4.000 metros cuadrados, cuatro hectáreas, cuatro campos de fútbol, una inmensidad desenfocada en aquellos primeros días de desescalada.

La redacción del reclamo desesperado dejaba abiertas varias  preguntas sobre una pérdida ocurrida de madrugada en una ciudad desierta,  oscura, silenciada, inquietante, sin apenas transporte, resbaladiza tras una intensa tormenta aliada con una alfombrilla de polen acumulada.  «El cielo cayó sobre nuestras cabezas»,  dice la protagonista involuntaria de esta historia. Un hombre y una mujer caminan deprisa, con un pequeño tesoro escondido en el cuerpo de ella, un poco asustados, desarmados en la incertidumbre de la fase uno. Sienten que se metieron en un lío indeseado.

Los pendientes de la abuela El anillo, en realidad, era una sortija de pedida de mano  con algunas piezas extraídas de dos hermosos colgantes comprados en una joyería de Ciudad de Guatemala hace más de medio siglo. Amelia, veinteañera, rubia, ojos esmeralda, norteamericana de origen alemán, nacida guatemalteca, con un máster en una universidad barcelonesa, cuenta que su abuela siempre presumió de aquellos dos colgantes  con los que le obsequió el abuelo en los primeros años de matrimonio.

Imagen de la pedida de mano de Amelia, celebrada en Barcelona el 12 de junio del 2019.

La joya contenía unos diamantes  que procedían de unos pendientes centenarios que pertencieron de su abuela  La pieza original lucía  seis diamantes en cada adorno  que la señora exhibía en fechas señaladas. Los conservó hasta que lo entregó como herencia en vida a sus hijas. Un pendiente para cada una. La mamá de Amelia, instalada en California, guardó el suyo hasta que el año pasado se lo entregó al novio de su hija para que un taller de Barcelona lo aprovechase para ennoblecer  el anillo de pedida. La joya siempre estuvo a salvo. La última ocasión que su dueña la sintió bien cerca estaba resguardada entre el pecho y  el sostén mientras aceleraba el paso por las ramblas con el corazón a cien por hora.

Sábado maldito Todo se desbordó la madrugada del 30 de mayo.  Era el sábado en que por fin los barceloneses podían comenzar a salir de casa tras dos meses y medio de confinamiento. Un día para disfrutar de las calles en libertad por muy extraño que uno se sintiese y  también el escenario del drama de una pareja de ejecutivos afincados desde hace dos años en Barcelona. La ciudad en la que se conocieron, se enamoraron y que decidieron hacerla suya. Unos novios a los que les ahogó la angustia en una curiosa cadena de malas patas servidas por entregas en su piso del Eixample. «Se agitó el hormiguero». 

Mientras la gente pateaba las psicodélicas calzadas pintadas de amarillo Colau, ellos, en permanente estado de shock,  llevaban varias horas desandando el trayecto palmo a palmo en busca de la joya perdida . Sin fortuna. Bajo la mirada desinteresada de las personas a las que pedían auxilio. Buscar una aguja en un pajar, buscar una joya chiquitita rambla arriba, rambla abajo.

El anillo tenía que haberse extraviado en el trayecto. Segurísimo. De madrugada ya pusieron patas arriba su apartamento sin resultado.  «Denlo por perdido», les dijo un barrendero cerca de Canaletas.  «El que se lo encuentra, se lo queda», disparó una peatona a las 9 de la mañana. 

Tras el cautiverio Doce horas antes, los novios se preparaban para cenar en casa de unos amigos que estrenaban vivienda.  Era la primera salida festiva tras tanto cautiverio.  Se hacía tarde, había que empaquetar las viandas, arreglarse, intentar ser puntuales, no olvidar las mascarillas, el paraguas, el cielo anunciaba lluvia. Que no fallara nada. ¿Y el anillo, dónde dejo el anillo? Amelia sabía que no era recomendable ir de noche por la calle de Sant Pau, se conocía el Raval por su empleo en una inmobiliaria. Además, recordó que semanas atrás en la escalera de su edificio habían forzado la puerta del vecino del quinto. Sin acertar dónde esconderlo, se llevó puesta la alianza. 

Paisaje nocturno de las Ramblas, donde pudo desparecer la sortija /  JOAN MATEU PARRA

Luego vino la tormenta sobre Barcelona, la cena resguardada en la calle de Sant Pau. Los brindis y las despedidas.  En la calle les entró el miedo por lo que les pudiera pasar.  No llamaron a un taxi ni a un covafy porque «conducir por Sant Pau está limitado». Sin escudo, en caso de que alguien quisiera robarles, la dulce Amelia decidió guarecer el anillo en el sujetador.

–Cada tanto me palpaba y lo sentía, lo tenía allí. Lo chequeé varias veces, tres, cuatros, cinco veces, mientras caminábamos deprisa, muy deprisa.

Deprisa, deprisa Las ramblas, deprisa, deprisa,  el cruce blindado de plaza Catalunya, luego el Zúrich apagado, como todos los bares, restaurantes, tiendas y salas de fiesta clausuradas por la pandemia, el acceso al metro y al párking subterráneo, deprisa, deprisa, la estatua del torito sentado ante la conselleria de Economia, donde los Jordis se subieron sobre un coche de la Guardia Civil, deprisa, de prisa, más terrazas clausuradas, un sintecho durmiendo en el hueco del cine confinado como la Casa del Libro, la tienda de mobiliario con Consell de Cent, la butique de ropa infantil, no mires, de prisa, deprisa.

Amelia confiesa tener «un cargo de conciencia terrible».  Solo su madre, que vive en California, sabe lo ocurrido Y al entrar en casa, el estallido.  «No tengo el anillo». Y el agobio, la cólera, el insomnio, el abrazo bañado en muchas lágrimas. Un amanecer en pijama buscando por la acera, iluminados con la linterna del móvil, una mañana de idas y venidas, sin suerte, sin nada. La oficina de objetos perdidos, clausurada sin fecha de apertura. «Como para que alguien llevase allí el anillo».

Han pasado 21 días desde la noche de autos.  Amelia aún arrastra «un cargo de conciencia terrible». Ha logrado armarse de valor para llamar a su mamá en California y contarle «la tragedia». A su papá, que vive en Nueva York, casi que no. «Cómo se enteren me matan», me dijo dos días antes. «Aún confío en que aparezca», musita sobre esta lección de la que cree tendrán que «aprender». 

–¿Quién pudo encontrarlo? Que al menos sea alguien que necesitase el dinero, que sirva para que dé de comer a su familia. Ya  nada puede ir a peor.  El coronavirus desbarató tantas cosas.  Cancelamos nuestra boda del 8 de agosto al del año que viene. Será en el mismo Sant Vicenç de Montalt. Teníamos billetes para volar a Guatemala el 12 de marzo para que mi familia conociera a mi prometido. Se canceló un día antes. Mi cuñado llegó de Alemania para viajar por España y quedó confinado aquí, demasiadas cosas. Rezo a Dios y a San Antonio de Padua, que soy muy creyente… Pagaría 2.000 o 3.000 dólares, pero que aparezca.

Recompensa $$$$ Anillo perdido el sábado 30/5. No es caro pero tiene mucho valor sentimental. Herencia de mi abuela. Ruego su bondad en devolverlo o llamar con cualquier información; no se harán preguntas +34 697 432 050 

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