Sanar el alma colectiva: En rescate de la dignidad del Venezolano, por Rosa María López

Sanar el alma colectiva: En rescate de la dignidad del Venezolano, por Rosa María López

Lapatilla julio 08 2026, 8:43 amPosteado en:  OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn El impacto de lo vivido ha sido de tal magnitud que nuestra psique no encuentra acomodo para procesarlo. La tierra se nos movió, y no hablo solo del suelo bajo nuestros pies, sino de la estructura misma de nuestra realidad. Cuando el entorno colapsa, nuestro sistema nervioso central (SNC) entra en emergencia permanente; vivimos instalados en el miedo, el dolor, la rabia y una incertidumbre que nos mantiene en estado de alerta constante. Estamos ante un trauma que nos ha llevado a un punto crítico: atrapados entre lo que vivimos y lo que hemos perdido, una suerte de parálisis donde nos sentimos congelados, observando cómo la realidad se nos escapa mientras el deseo de reaccionar lucha contra el profundo agotamiento que nos arropa. URGENTE: Dos terremotos azotaron La Guaira y hemos preparado un reporte de información actualizada AQUÍ Es en ese quiebre, en ese momento de desolación, donde la fe y la oración nos ofrecen una oportunidad única de transformación. Al reconocer que hay fuerzas superiores que sostienen nuestro camino, encontramos la serenidad para actuar con propósito, y ese es Dios. Por la fortaleza desarrollada en nuestros corazones como sus hijos, ante este desafío espiritual, no podemos permitir que la parálisis nos convierta en espectadores de nuestra propia destrucción. Es imperativo que nuestro sentir, aunque esté herido, se convierta en el motor que le dé dirección a nuestro pensar. Si el sentir está roto, el pensar debe ser el arquitecto que nos organice; necesitamos actuar con cabeza fría, integrando la realidad sin adornos para ganar este desafío. Estamos lidiando con una estructura de poder que nos deshumaniza, gobernantes que no solo no nos respetan, sino que activamente nos destruyen, sumado a la frustración que genera observar los intereses de la mal llamada oposición y, en la comunidad internacional, a quienes a menudo parecen caminar por senderos paralelos a las necesidades reales de los venezolanos. Ante esto, el talante ciudadano no puede ser el de la queja, sino el de la estrategia y la dignidad. Al contrastar nuestra tragedia con otras crisis humanitarias históricas, me invade una angustia profunda: ¿es nuestra percepción de abandono una realidad o una falta de visión estratégica? Al mirar la frialdad con la que actúan potencias como Estados Unidos, me pregunto si estamos ante la aplicación de técnicas maquiavélicas: el “divide y vencerás”, donde el pragmatismo se impone sobre la ética. Mi percepción, en este caso dolorosa, es que su ayuda ha sido mínima y nuestro valor como nación ha sido supeditado a intereses específicos, como el petróleo, el oro y otros tesoros que yacen en las entrañas de nuestra maravillosa Venezuela, mientras que nuestra destrucción humana parece ser un daño colateral que no altera la hoja de ruta de los grandes actores. No sé si mi visión está sesgada o si simplemente es el choque entre la calidez que nos caracteriza como venezolanos, que busca justicia, y la gélida frialdad de la geopolítica que se sienta a negociar con quienes nos destruyen. Pero lo que sí sé es que, si esta es una estrategia, nosotros no podemos seguir siendo víctimas pasivas; debemos aprender a leer el juego sin que nuestro dolor nos ciegue. En esta inmensidad de incertidumbre, María Corina Machado aparece como un velero en el ancho mar, luchando con tenacidad por reunir fuerzas. Convoca cuerpos fuertes y mentes brillantes con probidad, honradez y capacidad, apostando a la meritocracia para alcanzar el país libre que merecemos. Pero ella sola, en la in

Fuente: La Patilla — Ver nota original

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