Rusia es fascista. Deberíamos decirlo

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Nunca se derrotó al fascismo como idea. En cuanto culto a la irracionalidad y la violencia, no pudo ser vencido como argumento: mientras la Alemania nazi pareció fuerte, los europeos y otros se sintieron tentados. No fue sino en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial cuando el fascismo fue derrotado. Ahora ha vuelto, y esta vez el país que está librando una guerra de destrucción fascista es Rusia . Si Rusia ganara, sería muy reconfortante para los fascistas de todo el mundo.

Nos equivocamos al limitar nuestro miedo al fascismo a una cierta imagen de Hitler y el Holocausto. El fascismo era de origen italiano, y popular en Rumanía -donde los fascistas eran cristianos ortodoxos que fantaseaban con la violencia purificadora- y tuvo sus adeptos en toda Europa (y Estados Unidos). En todas sus variedades, consistía en el triunfo de la voluntad sobre la razón.

Por este motivo, es imposible dar con una definición satisfactoria. La gente discrepa, a menudo con vehemencia, sobre qué constituye el fascismo. Sin embargo, la actual Rusia cumple la mayoría de los criterios que tienden a aplicar los académicos. Presenta un culto alrededor de un líder único, Vladimir Putin. Presenta un culto a los muertos, organizado en torno a la Segunda Guerra Mundial. Presenta un mito sobre una pretérita época dorada de grandeza imperial, que ha de ser restaurada mediante una guerra de violencia sanadora: la guerra asesina contra Ucrania.

No es la primera vez que Ucrania ha sido objeto de una guerra fascista. La conquista del país era el principal objetivo bélico de Hitler en 1941. Hitler pensaba que la Unión Soviética, que entonces gobernaba Ucrania, era un Estado judío: su plan era reemplazar el régimen soviético con el suyo y adjudicarse la fértil tierra agrícola de Ucrania. La Unión Soviética se moriría de hambre, y Alemania se convertiría en un imperio. Creyó que sería fácil, porque, en la cabeza de Hitler, la Unión Soviética era una creación artificial, y los ucranianos, un pueblo colonial.

Las semejanzas con la guerra de Putin son llamativas. El Kremlin define Ucrania como un Estado artificial, cuyo presidente judío es la prueba de que no puede ser real. Tras la eliminación de una pequeña élite, se piensa, las masas incipientes aceptarán encantadas el dominio ruso.

Hoy es Rusia la que está negándole al mundo el alimento ucraniano, y amenazando con la hambruna en el hemisferio sur.

En la Rusia del siglo XXI, el «antifascismo» se convirtió sin más en el derecho de un dirigente ruso de definir los enemigos nacionales.

Nuestro conocimiento sobre el fascismo es hoy mayor que en la década de 1930. Hoy sabemos adónde condujo. Debemos identificar el fascismo, porque entonces sabremos a qué nos enfrentamos; pero identificarlo no es desmontarlo. El fascismo no es una postura en un debate, sino un culto a la voluntad del que emana ficción. Consiste en la mística de un hombre que sana el mundo con violencia, sostenida por la propaganda hasta el final. Lo único que lo puede desmontar son las muestras de debilidad del líder. Hay que derrotar al líder fascista, lo que significa que quienes se oponen al fascismo tienen que hacer cuanto sea necesario para derrotarlo. Solo entonces se vienen abajo los mitos.

Como en la década de 1930, la democracia está en retirada en todo el mundo, y los fascistas han dado un paso y les han declarado la guerra a sus vecinos. Si Rusia gana en Ucrania, no solo supondrá la destrucción de una democracia por la fuerza, aunque eso ya es suficientemente grave. Será desmoralizador para las democracias de todas partes. Incluso antes de la guerra, los amigos de Rusia -Marine Le Pen, Viktor Orbán, Tucker Carlson- ya eran los enemigos de la democracia. Las victorias fascistas en el campo de batalla confirmarían que rige la ley del más fuerte, que la razón es para los perdedores, que las democracias deben fracasar.

Si Ucrania no se hubiese resistido, esta habría sido una oscura primavera para los demócratas de todo el mundo. Si Ucrania no gana, podemos esperar décadas de oscuridad.

LINK ORIGINAL: El País

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