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“Señorita ayude a una familia venezolana que está pasando hambre” es una frase que escucho entre dos y cuatro veces al día al entrar y salir de la oficina. Todos los días al ver esta situación llego a una conclusión diferente sobre cómo debo actuar y sobre cómo actúan las demás personas cuando alguien los abordan en la calle pidiendo dinero o comida.  Se ve de todo: personas que no intercambian una mirada, corren para que no alcancen a decirles nada, algunos que cruzan la calle para cambiar de andén, y otros que regalan leche o unas cuentas monedas. Un dilema ético y humanitario que se vive cada día y al que poca discusión se da debe ser un tema central en las preocupaciones o prioridades que tenemos como sociedad. 

Este problema es estructural e implica resolver una situación de pobreza que enfrenta el país en todas sus ciudades, que se hace evidente en las calles para todos los estratos sociales pero que se desconoce en su realidad más cruel. Frente a esto, cuesta creer que podamos dormir tranquilos creyendo que la respuesta la debe dar el Estado y que la responsabilidad de lo que sucede viene de una cadena de errores del pasado que no se logran superar en el presente. Y cuesta, no porque el Estado y las instituciones no tengan el deber y la responsabilidad de tomar acciones urgentes, sino porque a sabiendas de lo poco eficientes que pueden llegar a ser las estructuras públicas, esperamos con brazos cruzados que la solución venga de un momento a otro, cuando por ahora no vendrá. 

Está claro que dando dinero a habitantes de la calle no se resuelve el problema y, como lo sostiene Peter Singer en su libro Salvar una vida, se logran mayores beneficios sociales aportando a organizaciones sociales como una manera más eficiente de hacer responsabilidad social, sin embargo, mantenerse indiferente a lo que pasa en las calles tampoco puede ser la salida, nuestro grado de humanidad no puede medirse en los niveles económicos que tiene una persona o una familia, porque el respeto y el reconocimiento son un paso fundamental hacia la igualdad real y efectiva. 

Al respecto de este tema, en una conversación que sostuve recientemente debatíamos sobre cómo algunas tradiciones de minorías étnicas alrededor del mundo en torno a la vida eran poco comprendidas desde la visión occidental de la sociedad y eran juzgadas por considerarse violatorias al derecho universal a la vida. Mientras se daba la discusión surgió una reflexión interesante ¿Cuál es la responsabilidad de los que nos denominamos defensores a ultranza de la vida cuando vemos personas morir de hambre y sed en la calle?  

No hay una respuesta única sobre cómo tratar este tema, pero si partimos de reconocer al otro como un igual en cualquier situación económica o social que esté enfrentando hacemos un aporte invaluable. 

@tatidangond 

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LINK ORIGINAL: El Heraldo

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