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Abro el catálogo virtual de la subasta que se realizará en Bogotá, descubro que el precio base para grabados de artistas como Manzur, Obregón, Dalí o Grau está entre 500.000 y 1.000.000 de pesos, es jueves, las inauguraciones en la ciudad abundan, en Casa Tragaluz expone una diseñadora que trabajó en el mundo textil, sus collages valen entre uno y cuatro millones, en otro espacio dos artistas exhiben sus pinturas de gran formato, no pregunto precios, sigo mi ruta, camino y vuelvo a cruzar por la misma vitrina que hace unos meses asumió como de diseño propio la copia de una silla icónica de Marcel Breuer, ahora hablan de lo que nos hace colombianos y otra vez se adjudican la autoría de una mala copia de la mesa E-1027 de Eileen Gray, sería más honesto que dijesen que el atajo y el plagio, aunque sea pobre, también forma parte de nuestra identidad, me detengo, en su interior hay un evento que convoca a muchos que siendo de aquí se esfuerzan por parecer extranjeros, hasta la identidad del espacio parece prestada, el esnobismo también nos distingue, sigo mi ruta, estoy invitado a asistir a la “democratización del arte”, por una única noche podré comprar obras de un millón de pesos, viene a mi mente la serigrafía del “Cóndor” de Obregón que vi hace un rato, precio base: un millón.

Resulta perverso e ingenuo, aunque la intención sea sana, asumir que el precio simbolice algo, o que este valor sea el que haga bueno o justificable el arte, no todo lo caro es garantía de calidad, ni todo lo barato es descalificable, ni todas las obras de arte valen millones, en ese mundo, como en el de la propiedad raíz y en muchos otros, existe la especulación y hay profesionales honestos y otros que no lo son; conozco obras de artistas que como Alvaro Barrios han sido impresas en periódicos y firmadas por él, hoy están en el Moma de Nueva York, o carteles que artistas como Beatriz González regalaron y hoy valen miles de dólares.

En el arte el papel de las galerías es primordial, y en una ciudad como esta, con pocas, mucho más, ellas garantizan y trabajan por la visibilidad, proyección y reconocimiento del artista, el costo de su intermediación se justifica porque dar a conocer y poner a circular las obras son tareas que requieren capital y esfuerzo, el evento al que asisto, busca eliminar esta intermediación (ingenuos, no solo ahí reside el precio de la obra), claro, funciona más como un almacén que como una gran galería, pero aquí también cobran al artista una comisión y lo convierten en vendedor al hacer que sea él el que comercialice sus creaciones (labor que no le corresponde y pocos saben hacer), finalmente este evento tampoco garantiza que lo que se exhibe o los que exponen continúen su carrera artística, es decir, puede que esta noche, si compro algo de esta “democracia”, esté tirando a la basura mi millón, vuelvo a pensar en Obregón y su “Cóndor”, la razón me dice que serían una mejor inversión .

LINK ORIGINAL: El Colombiano

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