Rafael del Naranco: Memorias de Capri - EntornoInteligente
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En el tiempo recordado en que Curzio Malaparte era un cadáver llevado por los caminos de las hondonadas florentinas al encuentro de su tumba en Prato, la sangre de Italia bajaba por las calles de Nápoles camino de la bahía, mientras efebos espigados, heridos en su pudor, femeninos hasta en la saliva, agazapados bajo la Torre del Greco en un acantilado pétreo cara a la isla de Capri, lloraban igual a niños abandonados a la intemperie.

Espero regresar a la “Isola dell´Amore”  — la isla del amor — en los postreros días de octubre, a adormecerme en brazos de los vientos otoñales mientras remonto la escalera fenicia hacia la Villa de San Michele, y con la tarde a cuestas, penetrar en las imperiales ruinas de la villa Damecuta, lugar en que la brisa arrastra cantos de sirena y recuerdos ya matizados en el olvido.

Ante tanta remembranza: ¿Cuál es la razón de la añoranza?

Las querencias deleitadas y al final sufridas, terminan adheridas a la piel al ser ellas segmento ineludible de la vida misma.

Ya  es la isla, retornaré a Luz Marina, Campanilla, Antonieta, Aurelio y Andrea, los amigos que en cada viaje vienen a nuestro encuentro con las últimas historias paganas en los labios esperando en el malecón de Marina Grande, bajo transparente luz azulina, la llegada de la barcaza de Nápoles transportando mi humanidad herida, y aún así ilusionada.

Alegres y entre abrazos, subimos en el teleférico que en apenas cinco minutos nos eleva del mar hasta la plaza de Umberto I, la acogedora “Piazzeta”, para comenzar allí la obligada pausa de la amistad, cuya ceremonia pagana es saborear el fresco licor de limón germinado en las inclinas laderas.

Sobre esa roca calcárea de apenas 17 kilómetros de perímetro, lo sublime no es extraordinario sino parte de paisaje natural, y el viajero recién llegado, con al alforjas llenas de sensaciones, viene al encuentro de las sombras y las palabras aquí pronunciadas al amparo de Pablo Neruda, Byron, Máximo Gorki, Curzio Malaparte, Axel Munthe, Graham Greene y otras lumbreras del alma salpicada de salitre y hondonadas evasivas del espíritu inquieto y amortajado.

Capri, colmada de pinos, es la isla de un emperador: Tiberio. En ella las sirenas y el amor descarnado cohabitan encerrados en el misterio.

La cuartilla   es corta, pero recomendaría a quien visitará el promontorio con la pasión de turista curioso, el paseo obligado  a los jardines de Augusto, a muy poca distancia  de la Cartuja de San Giacomo; el camino de la ruta Krupp que sube con impresionantes recodos excavados en la roca; la vía de Tragara, si es posible al atardecer, cuando la luz es más sugestiva; los farallones, majestuosos, teniendo algunos de ellos de fondo, la península sorrentina; la “Cueva Azul” y los baños de Tiberio, pero ante todo – ahora se halla cerrada —  la casa de  Malaparte.

La vivienda  es  “triste, rígida y severa”, siendo igual a  un barco a punto de ir al encuentro del mar en Punta Massullo,  pero su belleza es cruda, como la misma escritura del escritor toscano.

 

LINK ORIGINAL: Costa del Sol

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