Que el algoritmo no nos defina el voto

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Por María Bibiana Botero C.*

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Cuántos como yo con sobredosis y algo de hastío de las redes sociales en estos tiempos electorales. Ese frenesí, hostilidad, descalificación, destrucción del otro con el insulto, con la falsedad del perfil. La bodega. La ira como sentimiento, la mentira como argumento, la indignación como excusa.

De acuerdo con el informe anual de Hootsuite y We Are Social, cerca de 62 % de la población mundial utiliza internet, mientras que los usuarios de las redes sociales equivalen a 58 % de la población total del planeta. ¡Impresionante!

En nuestro país, frente al tiempo que pasamos en el universo digital, las cifras son reveladoras: pasamos cerca de diez horas en internet y de ese tiempo cuatro horas al día las dedicamos a redes sociales. Para ponerlo en términos de productividad, eso correspondería a media jornada laboral cada día.

Así como es necesario y justo decir que internet y las redes sociales abrieron una enorme fuente de posibilidades en conocimiento y conexión y han impulsado causas solidarias, dado voz a las minorías y nos han acercado, también es indudable que detrás de su éxito se ha sacrificado la verdad y la realidad se ha distorsionado.

La política, unas elecciones como las que tenemos hoy, se vive y se siente con emociones distintas en las redes y en la calle, en el contacto con el otro, en la conversación con los amigos, con conocidos y extraños.

Es innegable que esas conversaciones en el universo digital nos contaminan. Justin Rosenstein, fundador de One Project, iniciativa para promover la democracia de cara a los retos de internet, y creador del botón de Me gusta en Facebook, aseguró: «las redes sociales nos atrapan porque las personas valen más dinero cuando contemplan pantallas que cuando salen a disfrutar de una vida plena». ¡Qué fuerte!

Las redes sociales contribuyen a avivar la polarización, nos ponen a navegar en lo que denominan el filtro de la burbuja: recibimos información de la que estamos convencidos, que nos refuerza creencias. Los mismos con los mismos.

El algoritmo, la burbuja, nos muestra lo que quisiéramos fuera verdad. Con este escenario, el voto, nuestra herramienta soberana como ciudadanos en democracia, está en riesgo.

Antes de salir a votar démonos la oportunidad de poner en pausa el algoritmo. Busquemos otras fuentes cercanas, verifiquemos, hay que contrarrestar y suspender nuestras pantallas.

El algoritmo está lejos de ayudarnos a construir un voto objetivo desde lo programático, por encima de likes, numerales, tendencias pasajeras, odios o furias. Lo dijo Irene Vallejo en una de sus más recientes columnas, citando a la diosa griega Bona Fides: «O navegamos juntos o naufragamos a la vez. Si solo vemos adversarios, nos derrotarán las adversidades».

El corazón también está presente en el voto, sin duda tiene un componente emocional, pero esos sentimientos deben inspirarse en valores supremos, consideraciones éticas que impulsen libertades, derechos y deberes, ecuanimidad para aceptar que hemos avanzado y humildad para reconocer lo que nos falta y no lo que nos dicta el algoritmo.

¡A votar!

* Presidente ejecutiva de Proantioquia.

LINK ORIGINAL: El Colombiano

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