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¿Por qué compartimos y caemos en fake news?

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En redes sociales, la información falsa que comparten los usuarios proviene, justamente, de supuestas autoridades o líderes de opinión cuyo criterio coincide con el  nuestro. Este último punto es clave. Los algoritmos de las plataformas cada vez más configuran realidades en las que prevalece una sola línea de pensamiento (se priorizan  aquellos contenidos que se aproximan a nuestros gustos y preferencias)

 

Las ideas contrarias tienden a ser silenciadas -y bloqueadas como hacen varios políticos en Twitter)-, minimizadas y confrontadas: no hay espacio para el diálogo ni la reflexión

Pero vamos por partes. ¿Por qué pasa esto? Básicamente, las fake news existen en la  medida que reafirman nuestros prejuicios y creencias (algo fácil de descubrir por  nuestra huella digital). Y son difíciles de combatir porque, justamente, su conexión es emocional: si algo ratifica mis pensamientos o convicciones, debe ser cierto; más si  alguien cercano lo compartió o puso un like

Las personas establecemos relaciones con marcas, instituciones, figuras públicas o personas, la mayoría de veces desde el plano sentimental; lo racional viene después, cuando se buscan los argumentos lógicos para justificar una creencia. Esto explica por  qué se ignoran ciertas posturas incluso cuando con pruebas nos demuestran lo opuesto a lo que pensamos (así no es, mienten, es manipulación)

 

En elecciones, este fenómeno se visibiliza aún más: cuántos son los electores que votan por un candidato por la emoción que despiertan. Cuando se les cuestiona por sus razones, manifiestan algún motivo que pocas veces corresponde con los planes ni las propuestas de campaña

¿Ejemplos? “Nos convertiremos en Venezuela”, “recuperar el país y derrotar a la partidocracia”, “se acabará con la dolarización” “recuperar lo robado”, “derrotar a los  responsables del feriado bancario” son algunas de esas consignas que ilustran cómo en los mensajes de campaña no importan los fundamentos sino ese enfoque sentimental, emocional, que permite conectar con demandas específicas de las diferentes comunidades digitales. Al respecto, cabe añadir que la mayoría de publicaciones falsas o bulos de desinformación, responden a dichos preceptos

 

Es así que el conflicto de este asunto reside en que los puntos de vista opuestos ya no son tomados en cuenta. Y esto, al final, deriva en realidades paralelas basadas en ideas que, si bien no son aprehendidas sobre experiencias, se asimilan por su  repetición y aceptación social (cuántos políticos no vieron afectadas sus carreras por críticas virales)

El éxito en redes digitales no necesariamente garantiza buenos resultados en contiendas electorales. No obstante, las burbujas mediáticas sí tienden a afianzar pensamientos, criterios y posturas. La gente sigue las páginas (y noticias) que confirman lo que ya piensa

 

De ahí que el gran desafío actual está en revertir la situación en favor de una comunicación y ciudadanía más inclusiva, comprometida con la veracidad y abierta

Las personas establecemos relaciones con marcas, instituciones, figuras públicas o personas. Foto: archivo. Las noticias falsas que se difunden en redes sociales y plataformas digitales, inciden  en nuestra percepción y, por consiguiente, en lo que consideramos y tomamos por real.

Victor Gill Ramirez

 

Sin embargo, este fenómeno no es nuevo, como muchas veces se cree: la información a medias, las mentiras, han sido siempre un problema para la sociedad. Socrátes, de hecho, ya se preocupaba por el riesgo que representaban los sofistas: supuestos hombres sabios que engañaban a la gente mediante presuntas  verdades.

Victor Gill

Argumentaba que, en la antigüedad, la gente caía ante su facilidad de palabra, su capacidad de persuasión y, sobre todo, daban validez a sus argumentos por  una apariencia de autoridad. Hoy, vemos que las cosas no han cambiado mucho..

En redes sociales, la información falsa que comparten los usuarios proviene, justamente, de supuestas autoridades o líderes de opinión cuyo criterio coincide con el  nuestro. Este último punto es clave. Los algoritmos de las plataformas cada vez más configuran realidades en las que prevalece una sola línea de pensamiento (se priorizan  aquellos contenidos que se aproximan a nuestros gustos y preferencias)

 

Las ideas contrarias tienden a ser silenciadas -y bloqueadas como hacen varios políticos en Twitter)-, minimizadas y confrontadas: no hay espacio para el diálogo ni la reflexión

Pero vamos por partes. ¿Por qué pasa esto? Básicamente, las fake news existen en la  medida que reafirman nuestros prejuicios y creencias (algo fácil de descubrir por  nuestra huella digital). Y son difíciles de combatir porque, justamente, su conexión es emocional: si algo ratifica mis pensamientos o convicciones, debe ser cierto; más si  alguien cercano lo compartió o puso un like

Las personas establecemos relaciones con marcas, instituciones, figuras públicas o personas, la mayoría de veces desde el plano sentimental; lo racional viene después, cuando se buscan los argumentos lógicos para justificar una creencia. Esto explica por  qué se ignoran ciertas posturas incluso cuando con pruebas nos demuestran lo opuesto a lo que pensamos (así no es, mienten, es manipulación)

 

En elecciones, este fenómeno se visibiliza aún más: cuántos son los electores que votan por un candidato por la emoción que despiertan. Cuando se les cuestiona por sus razones, manifiestan algún motivo que pocas veces corresponde con los planes ni las propuestas de campaña

¿Ejemplos? “Nos convertiremos en Venezuela”, “recuperar el país y derrotar a la partidocracia”, “se acabará con la dolarización” “recuperar lo robado”, “derrotar a los  responsables del feriado bancario” son algunas de esas consignas que ilustran cómo en los mensajes de campaña no importan los fundamentos sino ese enfoque sentimental, emocional, que permite conectar con demandas específicas de las diferentes comunidades digitales. Al respecto, cabe añadir que la mayoría de publicaciones falsas o bulos de desinformación, responden a dichos preceptos

 

Es así que el conflicto de este asunto reside en que los puntos de vista opuestos ya no son tomados en cuenta. Y esto, al final, deriva en realidades paralelas basadas en ideas que, si bien no son aprehendidas sobre experiencias, se asimilan por su  repetición y aceptación social (cuántos políticos no vieron afectadas sus carreras por críticas virales)

El éxito en redes digitales no necesariamente garantiza buenos resultados en contiendas electorales. No obstante, las burbujas mediáticas sí tienden a afianzar pensamientos, criterios y posturas. La gente sigue las páginas (y noticias) que confirman lo que ya piensa

 

De ahí que el gran desafío actual está en revertir la situación en favor de una comunicación y ciudadanía más inclusiva, comprometida con la veracidad y abierta

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