Página quince: La cultura del meme, una nueva concepción del humor - EntornoInteligente
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El meme está transformando la sensibilidad humorística del costarricense porque el humor es, en esencia, una cuestión de sensibilidad. Nuestra expresión del humor tradicional siempre fue la chota. El choteo es agresivo; supone, por principio, una más o menos velada bajada de piso. Es hijo de la envidia y la mezquindad. Una manifestación más de nuestro inmemorial serrucho, vicio típicamente provinciano, aldeano, que huele a poblachón, a establo, a cantina, a granja con vacas, cerdos y gallinas por doquier. ¿Nos viene de España? Díaz Plaja habría asentido.

La chota —que por su naturaleza es siempre burla, mofa, reír a expensas de alguien más— se incardina lingüísticamente en el chiste.

Podemos definir el chiste como una forma literaria breve, una microficción, como las que por miles nos ha legado Myriam Bustos, de transmisión oral, anónima y colectiva, formulada en un sociolecto típicamente popular, con frecuencia zafio y obsceno.

Es sinóptico, extremadamente conciso, y se caracteriza por el uso del punch line: una revelación final que genera una lectura retrospectiva de la anécdota, modifica su sentido y desata la risa. Con ello vemos que la lectura, como sostenía Derrida, se efectúa tanto de atrás hacia adelante, como de adelante hacia atrás.

Hay muchas variedades de chistes: el “de cantina”, que por definición es innoble y vulgar, el “blanco”, el “enternecedor”, el que toma por blanco grupos humanos específicos como monjas, homosexuales, extranjeros, mujeres, curas, enfermos, animales antropomorfizados, doctores, políticos, futbolistas, abogados… son el vehículo por excelencia para la expresión codificada de la misoginia, la xenofobia, el racismo, la homofobia y muchas lindezas de esa estofa.

Su coeficiente de violencia es altísimo, pero la sociedad los acepta porque suelen reventar en espacios acotados, cerrados, en cónclaves donde la gente ríe junta y se declara una moratoria por tiempo limitado sobre la political correctness. Una inversión de valores que algo tiene del carnaval de Bajtín, y en el seno de la cual todo está permitido.

Arte para otros públicos. La ironía ha sido siempre por completo ajena al costarricense. Necesitamos infusiones masivas de Sócrates, Voltaire, Musset, Wilde, Shaw, Jardiel Poncela, Ionesco, Buñuel y Tati.

El costarricense es chatamente literalista: no identifica el registro de la ironía y no sabe moverse en él. Y cuando intenta cultivarla, el resultado es deplorable. No comprende el principio operativo de la ironía: el sentido segundo, tácito, implícito en una afirmación.

Cuando Voltaire dice, en Candide, que “sin duda alguna habitamos el mejor de los mundos posibles”, el costarricense toma la afirmación textualmente. No comprende que en ella hay una crítica implícita al optimismo de la cosmovisión leibniziana de la vida.

Si yo digo que soy el mejor pianista del mundo, presumen un alardeo imperdonable: no se les ocurre pensar que quizás estoy diciendo eso para significar exactamente lo contrario. Y como no comprendemos el exquisito juego de la ironía, tampoco apreciamos sus subgéneros, como el sarcasmo (todo sarcasmo es irónico, pero no toda ironía es sarcástica), la sátira, la fisga, el donaire, la causticidad. Somos primitivos y rústicos en nuestra concepción del humor.

Humor tecnológico. El meme y la cultura de las redes sociales están cambiando, y para bien, el espectro humorístico del costarricense. Lo están enriqueciendo, diversificando. Nuestro humor es ahora más visual, menos verbal. Hemos ganado en ingenio e inventiva. Nos hemos hecho más sensibles a la semiótica de la imagen. Necesitamos menos palabras para reír.

Como en una película de Jacques Tati, la palabra, el diálogo, la verbosidad salen sobrando. Todo se concentra en esa imagen detonadora de la risa. Y es que para reír y hacer reír es preciso contar con una facultad invaluable: la inteligencia.

El humor sutil, enrarecido, discreto, implacablemente crítico y lúcido de Tati demanda espectadores supremamente inteligentes. No es cine para tontos. No es Viruta y Capulina o El Chavo del Ocho, donde el humor procede de la mecánica, inexorable repetición de un limitado repertorio de gags, eternamente reciclados.

El meme nos ha hecho más vitriólicos, nuestro humor tiende a intelectualizarse, se hace más punzocortante y sofisticado. No somos todavía un país con cinco millones de Oscars Wilde, pero ya siquiera podemos leer sus incomparables aforismos y disfrutar de ellos como lo que son: gemas del pensamiento, greguerías tan agudas y adamantinas como las de Gómez de la Serna.

Claro que hay memes chuscos e inconcebiblemente procaces. No vamos a superar siglos de encanallamiento y plebeyez en cuestión de unos pocos años. ¿La obscenidad? No es necesariamente ofensiva. Hay un lugar en la sociedad para la obscenidad: Sade, Mirabeau, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé, Louÿs, Bataille, Ginsberg, Miller, Genet y Joyce la cultivaron con asiduidad y delectación.

Una cosa es la vulgaridad, otra la obscenidad. Se puede ser obsceno sin un ápice de vulgaridad, aún más, exhibiendo un altísimo grado de elegancia y sofisticación. Hay espacios sociales —el cerrado mundo de dos personas que hacen el amor— donde la obscenidad es el lenguaje “oficial” del momento.

Sería tan inapropiado practicar el sexo hablando en rimas cruzadas y versos alejandrinos como prorrumpir con una obscenidad en mitad de un cónclave del Colegio Cardenalicio. Es cuestión de contexto, de situación, de escenografía.

Cibercultura. La cultura del meme ha tornado obsoleto a Pepito; a “se abre el telón, se cierra el telón, ¿cuál es el nombre de la obra?”; a “¿qué le dijo un pollito a otro pollito?”; a “¿en qué se parece X a Y?”; a “¿cuál es el colmo de X?”; a “¿qué le dijo san Pedro a X cuando llegó al cielo?”; a “¿cuál es el único animal que es capaz de X?”.

La visualidad, el ícono, el símbolo remplazan al discurso verbal. Nos hacemos más receptivos al humor negro —sublime manifestación de la risa— y al humor del absurdo, ese que es inherente a la mecánica de nuestras vidas, a la modernidad, al fetiche maquinista de nuestro tiempo, al consumismo, a la soledad y alienación del hombre contemporáneo, a la nueva dictadura tecnologista. Nos acercamos a cineastas como Buñuel y Tati, y a dramaturgos en la línea de Ionesco y Pirandello.

Costa Rica sale del humor folclorista, tributario trasnochado de Magón y Aquileo, y se eleva a estratos más puros, esos que el filósofo Henri Bergson examina tan fecundamente en su libro La risa: un ensayo sobre el significado de lo cómico (1900). Yo lo celebro, lo aplaudo, lo interpreto como un signo de crecimiento espiritual e intelectual. Inmerso en mil aberrantes patologías sociales, es lo mejor que la cibercultura nos ha deparado.

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El autor es pianista y escritor.

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