Pequeñas causas - EntornoInteligente
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Hasta los profesores aprenden lecciones. No importa si son jóvenes o viejos, la vida les enseña cosas nuevas todos los días. De ahí, de los errores, surge la que quizás es la mayor fuente de sabiduría del universo: el equivocarse. A veces por confiados, otras por precavidos, nadie está exento de hacerlo.

Cuando de deudas se trata, hay un ‘chicharrón’ que puede igualar en estrés al responsable de pagarlas. Ser fiador, sea para un arriendo, para comprar un carro o en un préstamo de baja cuantía, representa más que poner el nombre, y la buena fe que la otra persona va a cumplir. También significa tener que dar la cara, como le pasó al protagonista de esta historia, cuando el deudor se esconda detrás de mil excusas, con las que puede pasar varios años. Cinco, para ser exactos.

En algunas ocasiones, el amor por el prójimo -o simplemente la necesidad de ayudar a alguien- nos puede inducir a esos “errores”, como lo reconoció el profesor al finalizar la audiencia. Junto a una amiga de toda la vida, Maribel, “de esas que son como familia”, acudió al despacho de una juez de paz y reconsideración en Barranquilla. No para pelear, como lo han hecho muchos, o para buscar un beneficio a costa de la buena voluntad del otro. El profe Aníbal acudió para dar la cara, luego de que un favor terminara por afectarle el bolsillo.

Cinco años atrás, en noviembre de 2014, le presentó su amiga a una madre de familia del colegio en el que dictaba clases. Él, generoso y noble, como lo describió Maribel durante la audiencia, sabía que ella tenía un dinero ahorrado y que no le quedaría mal ganarse unos cuantos pesos. 

Por esa razón planeó un encuentro entre las dos mujeres, de tal forma que arreglaran, entre ellas, los términos para un préstamo de un millón de pesos.

Cuando la madre de familia, a quien identificaron como Carla, acudió al docente para contarle de su situación precaria y de lo difícil que era lidiar a su marido, el profe Aníbal pensó que podía ayudar.  Luego de establecer el contacto entre Carla y Maribel, su amiga, y de que trazaran el préstamo, todo pareció sencillo: $1.000.000, con un 10% de intereses, para pagarse el siguiente mes (diciembre).

Todos estaban contentos y tranquilos. El profe Aníbal había hecho el puente entre las dos mujeres. Carla tenía el dinero para pagar sus obligaciones y Maribel se iba a ganar $100.000, producto de los intereses, aun cuando el prestar plata no era su negocio. 

Así pasaron 30 días, hasta que llegó la fecha en la que Carla tenía que pagar la deuda. De repente, lo que parecía un negocio sencillo, un simple trámite en el que todos ganaban, se convertiría en un “suplicio”, el cual ya casi cumple cinco años.

Amigos

El pasado miércoles, en la sala de audiencias, Aníbal y Maribel se reencontraron. Ella lo había citado a él, luego de que Carla, la deudora, no asistiera en las dos ocasiones en que fue requerida su presencia. 

La prestamista, una mujer rubia, llegó varios minutos más tarde que el profe, que estaba vestido con su uniforme de docente. Con el pasar de los años, él había dado el salto de la enseñanza en bachillerato a la de universidad. Llevaba reloj, las uñas arregladas e impolutas y el pelo corto, bien puesto.

Cuando la juez les dio la bienvenida, ambos dejaron en claro que, más que por discutir entre ellos, habían acudido para buscar una solución. La deuda de Clara, que ya se vio superada por los intereses, había terminado por afectar al profe, que “por ayudarla” sirvió de fiador en el préstamo. La primera en tomar la palabra fue Maribel, pues fue ella la que extendió la invitación a su amigo.

“Mi intención no es afectar ni dañarle la vida a Aníbal, que es un gran amigo”, dijo la mujer de entrada, antes de explicar los motivos por los cuales estaban ahí sentados.

El hombre, agradecido por las palabras de su amiga, asintió con la cabeza, intentando así no interrumpir el turno de Clara, que explicó a fondo la problemática. “Yo lo vi como una forma de mover esa platica, pues el prestar plata no es mi negocio. Cuando Clara me dijo que me iba a pagar en un mes, con el 10% de interés, a mí me pareció buena la cosa, pero en diciembre, cuando se cumplió la fecha, ella no me pagó la plata sino solo los intereses. Ahí me di cuenta de que todo se podía complicar”.

Con el pasar de los meses, Clara solo pagaba los intereses, una suma de $100.000 mensuales, pero no el capital que debía, que era de $1.000.000. Así fue hasta noviembre de 2015, cuando se cumplió el año, que la mujer abonó el 10% mensual correspondiente, pues “se escondió tras una red de excusas y falsas promesas”. 

“Incluso en dos ocasiones presté dinero para cubrir otras responsabilidades que pude haber pagado con esa plata”, dijo Maribel. “En dos ocasiones yo pagué mi deuda, y ella nada que me paga a mi”.

Maribel, preocupada, le insistió a Clara y le explicó lo que habían acordado, por lo que la deudora, después de varios desplantes, le canceló varios meses después un total de $1.200.000, creyendo que así daba por saldado el compromiso. Pero, con un documento firmado en mano, la prestamista le indicó que con ese valor solo cubría $700.000 del capital de la deuda, los $500.000 habían ido a cubrir los intereses adeudados.

“Ella se desentendió completamente del tema. Casi cinco años después todavía me debe esos $300.000 que faltaron, sumándole los intereses que, según lo que firmamos, siguen siendo del 10%. Incluso una vez fui hasta su casa, porque Aníbal me dio la dirección, y su marido me salió con un montón de groserías. Me dijo que no fuera a cobrarle hasta allá, que eso tenía que arreglarlo con su esposa. La verdad es que ya no sé qué hacer”, contó Maribel, que permaneció en silencio tras terminar con su turno.

Aníbal, entendiendo que era su momento de hablar, comenzó diciendo lo frustrado que también estaba por toda la situación. “Cuando uno ayuda a alguien, uno no espera que las cosas terminen así. Esta situación me pone triste, y me preocupa, porque soy yo el que tuvo que venir a dar la cara. Claro que no me gusta que Maribel haya tenido que verse afectada por todo esto. Por eso estoy acá, para responder por esta señora que quedó mal”.

“Ella sí me comentó que su marido era un ogro, que sufría mucho estando con él. Incluso yo la ayudé, como pude, para que sus dos hijos ingresaran al colegio. La niña perdió el año y todo, pero ya esto es otro nivel. Ella, incluso, ya está pensionada… es el colmo que no haya pagado. Siento que ella me manipuló”, dijo Aníbal, poniéndose del lado de su amiga Maribel.

—¿Y qué van a hacer para llegar a un acuerdo entre ustedes? —preguntó la juez.

“Uno tiene que reconocer los errores. Yo cometí uno y voy a pagar por ello”, intervino Aníbal, antes de que Maribel pudiera pronunciar palabra. “¿Te parece si yo te pago los $300.000 del capital?”, le preguntó a la mujer, que lo miró sorprendida.

—Pero es que yo no quiero que tú salgas afectado, Aníbal, —le dijo Maribel— ella es la que tiene que pagar eso, no tú.

—Bueno, pero mientras ella responde también es justo que tú tengas esa plata. Ya van casi cinco años y todavía nada. —le contestó él.

—Hay que volverla a citar. Que se reúnan los tres. —intervino la juez.

—De acuerdo… —aceptó Maribel— pero de la plata que ella me pague -si es que lo hace-, le pago los $300.000 a Aníbal, que no merece pagar por un dinero que él ni se comió.

—Acepto —dijo el profe— dando así por concluida la audiencia. —Nos vemos en una próxima ocasión.

LINK ORIGINAL: El Heraldo

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