Patrimonios mestizos

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La protección y fomento de los patrimonios mestizos importa una recuperación de territorios y paisajes que dan sustento a las comunidades y poblaciones locales y, con ello, es posible abrigar esperanzas de su mayor autonomía en lo productivo y del fortalecimiento de identidades locales que puedan encontrar un mejor expresión política, cultural y social en el país. Es tiempo de abandonar el racismo y los supremacismos, sea blanco eurofílico, sea la originario eurofóbico. Chile es un país mestizo, es un país hecho de múltiples mestizajes, y es allí donde radica su riqueza y potencial. Es tiempo de levantar las banderas de los mestizajes porque de ellos es de lo que estamos hechos. Compartir Twittear Compartir Imprimir Enviar por mail Rectificar

La palabra mestizo incomoda en diversos círculos sociales y académicos en el país. El mestizaje, como tantas otras categorías sociales, es una construcción histórica. Su origen, contrariamente a lo esperable, sirvió para reforzar las diferencias con los pueblos originarios y afrodescendientes, y, por la otra, intentar formas de asimilación a la cultura dominante por la vía del ascenso y movilidad social. La urdimbre que se propuso para el mestizaje fue la proporcionada por la Ilustración. De aquí que la noción condense significados sospechosos para la teoría social latinoamericana, a la que se ofrece el discurso de la hibridez como un medio para crear un sentido identitario que reafirma la supremacía de los valores europeos y de las clases dominantes.

La incomodidad en los círculos sociales – la elite – es de otra índole: surge del desprecio hacia el mestizaje. La adoración del otro – la xenofilia – y particularmente de lo europeo, lleva a una parte importante de la ciudadanía a sentirse curiosamente ajena a la realidad latinoamericana, realidad por la que siente un profundo desprecio. Pero el desdén hacia la mixtura es también parte del equipaje cultural de los pueblos originarios. Los champurrias, mestizos, no son valorados al modo de los verdaderos Mapuche, con herencia conocida por lado y lado, materno y paterno. En palabras de Jaime Huenun, los Mapuche dicen: «¡Ah! Tú eres champurria, eres trigo con centeno, un pan hecho de dos cereales». Para ambos sectores, lo mestizo es parte de aquello de lo que, aun siendo parte de su legado, minusvaloran. Las concepciones sociales acerca de la descendencia se asientan en una peligrosa noción de «pureza» cuyos alcances involucran la creación de separaciones y límites que se reproducen a través del parentesco, el control de la riqueza, el prestigio y la exclusión social.

Desde un punto de vista tanto patrimonial como político y económico, el desprecio por lo mestizo acarrea consigo consecuencias funestas. La pérdida de legitimidad de las élites que prefieren hablar, leer, vivir y pensar en inglés torna ingobernable una situación que terminó por escapar de sus manos. Las «buenas ideas» acerca del desarrollo, importadas y promovidas desde organismos internacionales se han traducido en despilfarros no menores de recursos y en el abandono de sistemas productivos tradicionales. La avanzada ilustrada trae consigo no solo en una merma de riqueza patrimonial sino su sustitución por productos y bienes de dudosa calidad. Los etnonacionalismos, a su vez, no tardan en identificar como adversario todo aquello que escapa en la percepción de sus dirigentes a lo propio.

Reconocer lo mestizo como lo propio es dar un paso en un sentido restaurador, es reconocer la diferencia y articularse a través de la diferencia, es una posibilidad para trazar un rumbo común para comunidades y poblaciones diversas.

La omisión, negación o desprecio de lo mestizo resulta concomitante con la creciente polarización que se da en el país no solo en términos políticos, sociales o económicos sino también identitarios y culturales. La ausencia del reconocimiento de la diversidad cultural y de su carácter mestizo lleva, por una parte, a la exacerbación de lo chileno, moderno y desarrollado, y, por la otra y como respuesta, a una glorificación de lo indígena como lo puro, lo ancestral o lo auténtico. En esta disyuntiva, y según sean sus circunstancias, la población se alinea en uno u otro sentido, profundizando un cisma infranqueable.

Subyace en la percepción del mestizaje una visión evaluativa fundada en la polaridad que se establece entre lo propio y lo ajeno, considerando lo primero como lo bueno, lo correcto, lo deseable, y lo segundo, por contraste, como lo indeseable. No obstante, lo mestizo comienza a cobrar fuerza por lado y lado. La reivindicación de lo champurria tanto en la poesía (y particularmente en la poesía de mujeres mapuche) como en la música se corresponde con la recuperación del término negado y su conversión en caudal político. Luanko, un prolífico compositor del género hipo-hop/rap lo plantea así: «Mestizo moreno / discriminado el doble / Frente a los colonos es un indio torpe / en la comunidad un winka pobre / estereotipos pobreza espiritual enorme / No se olvidan las acciones de morenidad / Mi pelo chuzo no lo borra la modernidad». Desde la otra orilla, nos lo recuerda Maximiliano Salinas, Gabriela Mistral, cobrando inusitada fuerza en el contexto de las movilizaciones sociales de octubre, afirma que Santiago «es una ciudad pretenciosa. Me voy a Elqui, mi tierra natal, a criar cabras. La Serena no me gusta. Allí la gente se pone toda tonta. En las aldeas es otra cosa».

Reconocer lo mestizo como lo propio es dar un paso en un sentido restaurador, es reconocer la diferencia y articularse a través de la diferencia, es una posibilidad para trazar un rumbo común para comunidades y poblaciones diversas. Para ello se precisa conocer, difundir y poner evidencia que el patrimonio, como la cultura en general, es el fruto de la mixtura: más de lo ajeno que de lo propio viven los pueblos. Su capacidad de respuesta, de adaptación y de sustentabilidad depende de un acervo heterogéneo de heredades de proveniencias extraordinariamente diversas. Hablar de patrimonio mestizo es valorar las creaciones populares que han nacido de la fecundación recíproca de diferentes tradiciones en tiempos y lugares privilegiados por circunstancias históricas y ambientales. Valorarlas significa reconocer el enjambre de saberes, recursos y técnicas que hacen posible el surgimiento de tales creaciones. La gastronomía chilena, como la peruana, mexicana y latinoamericana en general, se caracteriza justamente por eso: el mestizaje. Los platos de la cocina nacional se han formado con el concurso de ingredientes originarios de América, sabiamente integrados con los traídos de otros continentes. El tomaticán, el pastel de choclo y el ajiaco del arriero son buenos ejemplos. Lo mismo ocurre en Perú con el taku taku, el ají de gallina y la causa limeña. Lo mismo pasa con nuestras denominaciones de origen y productos típicos. Un buen ejemplo es el pisco, elaborado a partir de variedades criollas mestizas, nacidas en América a partir del cruce de cultivares traídos de Europa, resultado de un largo trabajo cultural y natural, en los suelos y climas de Chile. Solo que la modernidad, tal como la hemos conocido, no ha provisto de una urdimbre que en vez de asfixiar el aliento mestizo lo hubiese vivificado.

La protección y fomento de los patrimonios mestizos importa una recuperación de territorios y paisajes que dan sustento a las comunidades y poblaciones locales y, con ello, es posible abrigar esperanzas de su mayor autonomía en lo productivo y del fortalecimiento de identidades locales que puedan encontrar un mejor expresión política, cultural y social en el país. Es tiempo de abandonar el racismo y los supremacismos, sea blanco eurofílico, sea la originario eurofóbico. Chile es un país mestizo, es un país hecho de múltiples mestizajes, y es allí donde radica su riqueza y potencial. Es tiempo de levantar las banderas de los mestizajes porque de ellos es de lo que estamos hechos.

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