Oscar Tenreiro, nunca su trazo a torcer

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De andar digno y fama de honorable, refuerza su aire quijotesco la profunda ligazón con el país por el que parte lanzas («Las oportunidades que tuve aquí no las hubiera tenido en ninguna otra parte»). Añádase que este caballero de figura no triste, acaso algo melancólica y de suspirar contrariado, aguarda íntimamente convencido (nunca de brazos cruzados) por lo mismo que el hidalgo de la Mancha: la anhelada danza de los molinos (para que se muevan las energías). Que el viento sople a favor («y espante las nubes negras»). ¿Acaso no ladran ya los perros? (se oyen, pero a lo lejos; en su casa hay gatos).

El arquitecto Oscar Rafael Tenreiro Dewitz nació el 12 de noviembre de 1939. A sus 82, ahora mismo, el autor de obras icónicas, integradas a la escenografía urbana de Caracas y media Venezuela, rastrea su identidad en el fondo de los baúles y en las cavernas de la memoria. Es como si quisiera reencontrarse consigo mismo.

Los talleres de arquitectura con los que ha hecho del zoom un ágora referencial son clases magistrales que devienen en debates en la nube sobre lo humano y lo divino, él en el epicentro. Tan universales como íntimos, él y su obra quedan expuestos. «¡Que me critiquen!», dice el eterno catedrático que ha sido profesor invitado en la Simón Bolívar, en la José María Vargas, en la Universidad de Kentucky, en la Católica de Chile, en la de La Coruña, y en la Escuela de Arquitectura de la Bauhaus Universitätt de Weimar. «¡Que sirva el debate de la razón y la experiencia para el aprendizaje de todos, y me incluyo!», convoca entusiasmado mientras diseña los contenidos de los módulos de la nueva temporada . «En este repaso, yo mismo estoy en el banquillo», reafirma con cultura democrática. «Me acompaña como moderador un colega que convengo en que sea abogado del diablo».

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF.

Intenta revisar la Historia y la suya propia mientras escribe —escribir es otra manera de reconstruir el escenario—: quiere confirmar la vigencia de las tendencias y de las propuestas creativas que han signado los tiempos, corroborar sus vínculos y rupturas, así como sus posiciones políticas. Entender qué fueron aciertos y qué errores.

Escribe y lee. Privilegia en ese sofá de cuero, que parece modelado para su continente, la lectura filosófica. A su lado, un reguero de libros abiertos boca abajo, como mariposas cansadas, dan cuenta de sus litigios internos; deja entrever la impaciencia mientras deambula por entre las grietas del paisaje ético, emocional y físico que le concierne, el nativo, cada vez más desquiciado. Aun cuando la oferta de maravillas posibles se mantenga en pie.

Y tan delgado como envalentonado, el rostro agudo como su verbo, se bate contra los dizque salvadores que todo lo arruinan, y no deja de desenmascarar públicamente el desmán. De estampa siempre concisa, lo que no deja de multiplicarse es su familia —padre de siete hijos, espera el décimo séptimo nieto: «Para mi regocijo. La familia da sentido a mi vida».

Tampoco sus galones. No dejan de ser más y más los reconocimientos a su dilatada trayectoria. Premio Nacional de Arquitectura y Orden Francisco de Miranda, fue mención honorífica del Premio de la Fundación Mendoza, por la Biblioteca Pública del Banco del Libro, y recibió el Cubo de Bronce de la Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires, por el Museo del Petróleo y la Galería de Arte Nacional, y luego la Medalla de Plata en la Bienal Internacional de Buenos Aires por la Plaza Bicentenario. La casa, Premio Vivienda Unifamiliar en la Bienal de Arquitectura Venezolana, también aumentaría de volumen.

A un tris de ser devorada por el bosque que la sitia, devenida en colosal muralla verde gracias a sus propios cuidos —sembrando centenares de bambúes le cambió la narrativa al paisaje— convirtió su casa en guardado secreto de la Naturaleza. Los Aromos, como se llama esa isla descotada, rodeada de verde, en realidad lo que propone es un diálogo con el afuera. Adoptada por la naturaleza, está diseñada para mirar el Ávila en completa panorámica o avistar el picure que llega a las 5.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF.

No hay tarde en que a la hora exacta Oscar Tenreiro no le sirva a su amigo de pelambre parduzca un plato con conchas de lechosa. El roedor lo sabe y sigue el protocolo. Tentado sin remedio, se aproxima cauteloso, voltea para los lados, olisquea. Hasta que echa la carrera y ya frente al plato servido se lleva con las patas delanteras aquella dulzura a la trompa para engullírsela con diminutos y atosigados mordiscos. Sonriendo, Oscar Tenreiro lo fotografía desde el balcón. También quedan en la toma pájaros, reptiles, insectos que entran y salen de la espesa y compacta escultura vegetal de la que manan silbidos, aleteos, colas peludas que desaparecen raudas, ojos rojos, crujidos. A los zamuros sí los espanta sin remordimiento desde su atalaya. «Sí, son útiles, pero no me gustan».

Casa punto de vista, casa balcón, es un espacio surcado de subjetividades. Contenedora de recuerdos, es refugio, oficina, discoteca (la colección de discos compactos es suculenta), y galería privada de sus pinturas en las pocas paredes que sostienen ese conjunto geométrico de vidrios y cubos cosidos por el imán misterioso de los números. Tiene asimismo esta obra, índole gatopardiana: la intención es que prevalezca fiel a sí misma; las modificaciones ya fueron vaticinadas según el manual. Es, aun con cambios, como indica la leyenda, la casa de siempre. Eterna.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF.

Con una espacialidad juguetona, la vivienda en la montaña también es una casa trampa. No consigue ser grande, engañosa sí. E infinita. Avanzas por las caminerías verdes, conectas con los corredores o vas a la terraza, llegas al techo, subes o bajas por la escalera de caracol que brota a un costado como una oreja, flotas sobre ella en el aire, te detienes a ver Caracas y, sin advertirlo, estás de nuevo en el punto de partida. Es cuadrada pero parece redonda, podría decir Colón. La propuesta arquitectónica tiene el espíritu divertido y libérrimo de los toboganes. Discurre. Un seguro goce para los hijos cuando eran pequeños.

Si encima de eterna e infinita la casa de perfil austero, majestuoso pero estricto, cero pompa como podrían ser las abadías, como diría el arquitecto Enrique Larrañaga, está enclavada en el paraíso terrenal y próxima al cielo, no cabe duda: es una muestra a la medida de la fe que sin fanatismos profesa Oscar Tenreiro. Alguna imagen con manos juntas o alas en la espalda en la rinconera dará cuenta de su devoción. Dios, bastón a la hora de sostenerse, sobre todo en esta brusca sucesión de despropósitos que tienen lugar en el país, le dará consuelo a su colega; no porque Tenreiro admita ser una deidad. Sino porque se dice que el Creador es el arquitecto del universo. Sonrisa.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF.

Como pivote de su suculenta vida, eventualmente saeteada por penosos entuertos —como la de todos—, tendrá el catolicismo. Hijo de un padre siempre en las alturas —quiso incluso ser sacerdote pero confesaría que desistió porque necesitaba de la mujer en su vida—, es decir, más interesado en la Biblia que en ejercer la ternura o la proximidad, y de una madre que no terminaba de rebelarse y ser, los Tenreiro Dewitz serán educados con las enseñanzas de la doctrina que enumera los pecados y exalta el perdón.

Tendría un hermano admirado por todos, Jesús de nombre, con la capacidad de llegar a la esencia de las cosas, un hombre cultivado, melómano de marca mayor y arquitecto genial: para alumnos, compañeros de trabajo, familia y el propio Oscar, un iluminado maestro. Dolor incurable su partida, más lacerante, sin embargo, por inesperada y cruel, la de su guapísima hermana Carlota, a quien un enamorado frenético, acosador, osa ultimar; también el trastornado se quitó la vida. Otra interrogante sin respuesta. ¿Por qué? Anota los porqués y los cómos. Crispan a este organizador de los espacios —sí, la literatura y la arquitectura entienden el vacío en tanto esté acompañado de lo que llena y da plenitud— los cabos sueltos.

El tiempo es su asunto ahora mismo, lo manipula y lo desmenuza. Se busca en la trascendencia, en la palabra, en las fotos sepia. Tiene consciencia del viaje que es la vida y querrá saber qué ha sido designio, si eso existe, cuánto es albedrío y qué le viene por herencia, por lo que incluyó a Vigo en el más reciente itinerario a España cuando fue invitado por la Universidad de Valencia a presentar Todo llega al mar, pensamiento y obra de Oscar Tenreiro , ese vademécum empastado y hermosamente ilustrado que es su primer libro.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF.

Lo más increíble que se topó en esta experiencia tan especial vinculado con su linaje sería un árbol enorme, acaso sembrado por un pariente remoto: el Tenreiro . No alcanzará a llegar entonces hasta el fondo de sus dudas, pero en la orilla, frente al Mediterráneo de sus antepasados, y con el Caribe en los tuétanos, como si en el Monte Sacro estuviera, el empedernido velerista y submarinista se reconocerá amante de los mares y acaso jurará que además de aforismo favorito, el título de sus libros será esa certeza de lo inevitable: todo llega al mar.

Ese tratado de cuatrocientas y tantas páginas es un relato pormenorizado de su arquitectura. Un texto que se lee como una novela. Contiene su hacer y discernimiento, diatribas e ilustraciones con los cortes transversales. Está explicado al dedillo cómo diseñó el dispensario de Baruta, o cuáles fueron los criterios estéticos y funcionales de las Escuelas Públicas Modulares de Miranda —en Barlovento, Ocumare del Tuy, Yare, Charallave, Cúpira y La Guadalupe— que inauguró Capriles Radonski (pero arteramente apareció el hermoso conjunto en noticieros oficialista ¡como obra del gobierno central!). También cuenta los intríngulis de esa obra primordial que es la Galería de Arte Nacional, las trabas de toda índole durante su ejecución y su vinculación con el ingeniero Augusto Komendant que se convertirá en eterno aliado de sus peripecias. Voz más que en off para echar números y darle a los sueños soluciones tangibles y estructura. «Hizo los cálculos pero solo los matemáticos», vuelve a sonreír. «Se hizo amigo de verdad, desinteresado».

Es la suya una trayectoria que engolosina. Constituida por un rimero de propuestas innovadoras, de obras que exudan compromiso, pulcritud y seso; nada que ver con languideces. Así su casa exacta, monacal, y tan pura de líneas —algo de ascetismo es endosable a la fisonomía—, a la vez que acogedora por sus dimensiones a la escala de la intimidad más cálida. Sorprende con su fachada tan colorida —unos volúmenes ocres, otros azul cobalto, otros borgoña.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF.

Una pena que la plaza Bicentenario, a un costado de Miraflores, exploración que ascendió de estacionamiento a intervención urbana, no haya sido terminada, como tampoco la Biblioteca Nacional de Venezuela en El Helicoide, el Terminal de Autobuses de Mersifrica o el Museo del Petróleo de Cabimas—. Este personaje cervantino, lógico y casi febril, tendrá detractores y considerará que las obras en el tintero son infortunio. Pero es profeta en su tierra.

Vida sin aspavientos y lo más lejano a la agenda del besamanos, es miembro honorario de una suerte de élite local. Consentido en España, su primer volumen de Todo llega al mar tuvo también una elegante presentación en Caracas, en la sede de Collectania. Denise Miodownik, ferviente feligrés de la arquitectura, no reparó en colaborar con la edición en el rol de dama con vocación por el mecenazgo; que así como apoyó a Tenreiro acaba de patrocinar el arribo al país desde Alemania de dos arquitectos que dieron una serie de talleres y consiguieron conmover Caracas, más allá del radio de la clientela que se babea por los objetos y mobiliario que ofrece su vitrina copetona. Como dice Rayma Suprani, si Leonardo lo tuvo —al mecenazgo— ¿por qué uno no?

Oscar Tenreiro, agradecido, también está fascinado con la iniciativa que emprendió su hijo Esteban, ingeniero y devoto: en cada rincón del hotel Verticem Space, en el sureste caraqueño, salta a la vista su huella; no solo porque él diseñara este espacio imaginado para enamorar a los enamorados, a los gastrónomos y demás cultores de lo sabroso. Exhibe y resguarda su obra. Es su galería. Planos, maquetas, libros están dispuestos para el asombro en pasillos, mesas, habitaciones. «No, no es culto a la personalidad ni nada que se le parezca», salta el primogénito. «Los diseños enmarcados son arte». Y memoria. Eso en lo que navega el padre.

Oscar Tenreiro en el hotel Verticem Space. Fotografía de Gaby Oráa | RMTF.

Y son sus consideraciones sobre la estética de los edificios y ética de la sociedad, su interés por la política y las historias de su trazo, el andamiaje argumental de Todo llega al mar, textos . «Este proyecto, el que me lleva a leer todos mis artículos y ensayos de arquitectura escritos en la prensa es una compilación que me propuse hacer a partir de las columnas que suscribí para El Diario de Caracas entre 1989 y 1993, Tal Cual , a partir del 2000, y el blog Entre lo cierto y lo verdadero ( www.oscartenreiro.com ) que comencé en 2007, y prosigue».

Oscar Tenreiro dejará constancia de sus afanes en esta obra, y con ella va de vuelta a España para la correspondiente presentación.  Supone que a mediados de julio deberá regresar a la Facultad de Arquitectura de Valencia, donde se acompañará el evento con una exposición de su recorrido profesional, que marcará nada más y nada menos que el inicio de clases. Es ciertamente un homenaje. «Espero que mi trabajo pueda interesarle a las nuevas generaciones de aquel país».

Cuando era un imberbe de 17 también tuvo la oportunidad de ver y conocer el trabajo de otros grandes en un viaje a Santiago de Chile, como miembro de la delegación estudiantil de la Universidad Central donde estudió y luego fue catedrático —enseñó en su alma mater desde 1965 hasta 2001; allí funda el Taller Firminy Unidad Docente que dirigió hasta su jubilación—. Sería escogido junto a un puñado de compañeros a cursar pasantías por tres meses como beneficiario de los programas de intercambio educativo. «Con todo y lo jovencito que era, intuí la importancia de esta experiencia, no desaproveché ni un minuto, no dejaba de ver y oír, conocí gente fantástica, intelectuales y arquitectos de allá y de aquí, fuimos atendidos por el escritor Adriano González León». También por el embajador venezolano en el país austral, el escritor José Rafael Pocaterra. Se enamoró de la hija. Su primera esposa.

La casa Los Aromos se llama así por los árboles que le impresionaron en ese viaje. Queda claro que la casa, en proceso de incubación, ya era un siempre. Habitaría su psique antes de trazarla. La soñó desde que estudiaba. Y luego de ocuparla ha sido, más que un escenario, personaje de su biografía. Las conversaciones allí con colegas del mundo, las risas infantiles de los hijos que parecen regresar cada tarde en las esquinas, la cotidianidad en familia la convierten en personaje. Casado jovencísimo, no tenía 22, han vivido en ella sus dos esposas (la primera falleció) los hijos de sus dos matrimonios, y tenía la idea de que siguieran allí. Al lado. Cuando crecieron, se propuso hacer dos casas contiguas: Sol y Luna, esta para la hija casada que luego decidió irse, por un rato, de Venezuela.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF.

«Tal vez alcance a ver al menos el inicio del cambio, y alcance a decir que vencimos esta mala hora, malísima, sin balas: sería un original y merecido logro para Venezuela», dice mientras repasa en Todo llega al mar la presentación que suscribe Antonio Ochoa («El cuerpo de sus escritos es monumental, y en ellos hace gala de una erudición envidiable y de una honestidad y franqueza que rayan en la confesión». «Para él la arquitectura que no enaltece al ser humano es simplemente mala arquitectura, porque la buena arquitectura debe ayudar al hombre a trascender y elevar su espíritu»).

Solo escribe luego de haberse infiltrado en la médula de los acontecimientos y los debates. «Sí, tengo que estar seguro de lo que sostengo, por supuesto, pero por ejemplo, las entradas del blog que son autobiográficas… pueden tener especulación», ríe sin titubeos. «La intención es que lo escrito contenga veracidad y se atenga a los hechos pero aun cuando no me he atrevido a dar el paso a la ficción, ahora creo que si se cuela un invento mío ¡no importa!».

Habla como un escritor: ¿quién no ficciona? ¿Quién no bebe en la realidad para después completar los espacios vacíos con suposiciones? García Márquez dijo que la memoria tiene su proceso de selección: es lo que uno recuerda lo que es verdad.

Fotografía de Gaby Oráa | RMTF.

La verdad debe contener más libertad que dogmatismo. «El dogmático es un activista no un pensador». Sin muchos reparos, el socialcristiano pudo aproximarse a la Causa R y cambiar algunos detalles en su forma de ver la vida. Que el perfil de los examigos y excofrades Aristóbulo Iztúriz y Farruco Sesto se le desdibujara en cada caso es otra cosa. Lo suyo es jamás desembarazarse del sentido republicano. Hablar sin rodeos (y con elocuencia). Le Corbusier en cambio no lo defrauda. «Es el mejor arquitecto del siglo XX».

Rebelde con causa, siempre la hay, y con casa, no hay otra igual, lo interesante es que no para y que con infinito frenesí vive en tres tiempos. El pasado, hurgándolo pero manteniendo a raya la nostalgia («Hay un tráfico inmenso en el retrovisor». «Pero uno desentraña enigmas de su propia vida desde el espejo que es la vida de los otros»). Creando sin descanso en este presente imperfecto. Y esperando (jamás de brazos cruzados) lo mejor para el futuro que vislumbra liberador. Asombrado de que pueda alguien considerar sexis sus canas, sonríe una vez más.

Faitha Nahmens Larrazábal

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