No somos tan distintos

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Esta semana estuve en la conferencia de Al Capone —América Latina Crime and Policy Network— en la Universidad Mediterránea de Reggio Calabria. Esta es una red de investigadores, originalmente de países latinoamericanos, que se dedica a estudiar los principales retos de política criminal en la región. Ahora se ha extendido a otras partes del mundo.

El programa incluyó una serie de artículos académicos, así como una discusión de política criminal liderada por el fiscal italiano encargado de las principales acusaciones a la ‘Ndrangheta, una de las mafias italianas más poderosas del mundo. Esta estructura criminal, originaria de Reggio Calabria, controla prácticamente todo el mercado de cocaína en Europa.

Los colombianos muchas veces nos enfocamos en lo únicos que son nuestros problemas, y atribuimos a esta exclusiva complejidad nuestra incapacidad de avanzar como sociedad y desarrollarnos. En esta conferencia, no obstante, se hizo evidente que no somos tan distintos. Tres aspectos me llamaron la atención.

Primero, el crimen organizado es tan complejo y ha generado tantos costos sociales en Colombia como en Italia o Brasil. Nos preocupa siempre cómo en las calles de Medellín, o en zonas de Bogotá, Cartagena o Cali, el orden lo imponen pandillas urbanas que venden droga, extorsionan, controlan mercados informales y llegan hasta a imponer toques de queda. Pues bien, en muchas zonas de Italia, especialmente en las regiones de Sicilia, Calabria, Campania y Apulia, el crimen organizado no solo vende drogas y extorsiona, también regula, usando la violencia y la explotación, mercados laborales informales de migrantes irregulares. En Río de Janeiro y otras zonas de Brasil los problemas de regulación criminal se extienden, como en un muchas partes de Colombia, hasta la coerción del voto al electorado.

Segundo, la policía en Estados Unidos enfrenta retos tan difíciles de resolver como los de nuestra Policía Nacional. Hoy, una profunda preocupación en Colombia tiene que ver con la regulación del uso de la fuerza, la mitigación de riesgos alrededor del abuso por parte del personal policial y el diseño de estrategias que maximicen la reducción del crimen dadas las restricciones de recursos. Pues bien, desde Dallas hasta Chicago, los departamentos de policía están innovando en sus protocolos de entrenamiento para reducir el uso de la fuerza, para eliminar los sesgos y la discriminación en el uso de la fuerza y para enfocar la actividad policial en los sitios que más requieren la presencia de la fuerza pública.

Finalmente, nuestras percepciones alrededor de la población migrante están muchas veces tan equivocadas en Colombia como en Chile. En las discusiones del día a día, e incluso en el discurso de algunos de nuestros líderes políticos, a veces se sugiere que la migración venezolana está incrementando las tasas de algunos delitos. Pues bien, la evidencia en ambos países señala que este no es el caso, que esta percepción no está fundamentada en hechos ni datos concretos.

Un reto que tenemos desde la academia es cómo llevar este conocimiento a los hacedores de política. Aquí hay invertidas miles de horas pensando problemas concretos, analizando diversos fenómenos, haciendo mediciones que lleven a la evidencia. Hoy las universidades son un tanque invaluable de conocimiento, pero es preciso que los gobernantes estén atentos a conocer e implementar estas recomendaciones. Si logramos que los hacedores de política se apropien de este conocimiento, vamos a desatar un proceso acelerado de desarrollo 

LINK ORIGINAL: El Colombiano

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