Murales depredadores: el caso de la calle Rosal - EntornoInteligente

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Muy buena noticia que deje de estar ahí el mural realista de Lastarria con Rosal, lleno de figuras tiesas y ladrillos dibujados: muy pintoresco será, pero lo pintaron provisionalmente sobre un edificio patrimonial que está en la lista de monumentos nacionales, y sobre esos edificios no se deben hacer murales, esos muros no se tocan: el barrio Lastarria está siendo destruido por el pintoresquismo, la jarana, el negocio veloz, los ambulantes, los ruidosos, los carteristas, los especuladores, los restaurantes y bares que inundan las veredas… y por un público santiaguino absolutamente inconsciente de su propio patrimonio que aplaude todo lo que sea destrucción de uno de los conjuntos emblemáticos de nuestra arquitectura e historia cultural, quizá el más notable de Chile: destruid, destruid, oh inconscientes!

Sobre el mural, es una pieza bien hecha de entretenimiento público, adecuado para algún centro comercial, o parque de diversiones. Sus tonos grises se combinaban con una recreación pintoresca de 1900, unos efectos trompe l’oeil (da la sensación de una perspectiva pero es en verdad ilusoria), una pincelada que se denomina ponceada, y que consiste en ir golpeando la superficie con el pincel medio seco de pintura (no la usaban los maestros, se utilizaba en telones populares), y una imitación de la obra arquitectónica por medio de ladrillos pintados. Como fuere, en un edificio como ese, tipo Bauhaus para entendernos (no soy un experto de estilos arquitectónicos), años cuarenta en base a superficies blancas y geométricas, un mural de esas características no tiene nada que aportar, y sí mucho que destruir. Con las mejores intenciones, se transforma en una herramienta depredadora.

Nos encontramos aquí con una beatería o arribismo cultural según los cuales todo libro es bueno y todo mural es lindo y positivo: pues no. Hay mucho libro basura, y el que doscientas páginas impresas estén unidas por un lomo y unas tapas no quiere decir nada acerca del valor de aquel libro. Lo mismo si alguien aplica unos pigmentos sobre un muro que se pegan en base a aceites o productos químicos: Chile es uno de los reductos mundiales del mural feo, voluntarioso, emotivo, auténtico, mal hecho, deprimente… que cuando se hace sobre una pandereta olvidada no causa ningún daño a nadie y pudiera quizá quedar hasta bonito. Pero al cubrir un edificio patrimonial con un mural sencillamente estamos permitiendo un desaguisado.

Barrios patrimoniales de gran valor hay muy pocos en Chile y el de Lastarria – Bellas Artes – Parque Forestal es uno de ellas. Debiéramos ponerlo en valor y darle la debida protección pero es al revés. Un poco como ocurre con el derretimiento de los polos, que aunque es aterrador las autoridades están paralizadas porque salvar aquello de la destrucción no es negocio. Nuestra sociedad funciona bajo el acuerdo tácito de que si algo no entra en el mercado mejor nos olvidamos. Y no hay ningún millonario Forbes que haya encontrado aun como enriquecerse enfriando hielos o como salvar barrios patrimoniales. Es más rentable la destrucción, en este caso la autodestrucción colectiva.

Estamos hablando de un barrio que se organizó hacia 1900 recogiendo parte de lo que ya había y que luego recibió diferentes aportes positivos. El cerro Santa Lucía, el Parque Forestal, el Museo de Bellas Artes, etc, marcan un momento de imitaciones afrancesadas que no quedaron mal. La arquitectura moderna que llegó, partiendo por el edificio Barco de Sergio Larraín en Merced frente al Santa Lucía, lo mismo los edificios de Ismael Valdés Vergara y calles adyacentes, incluyendo las majestuosas obras de Kulczewski, unido todo ello a una bohemia un poco red set de los años cincuenta y sesenta, le dio al barrio su carisma y afirmó su sello. Sin embargo hoy la condiciones han cambiado, y esta zona patrimonial se encuentra agobiada por diversos públicos masivos y nuevos, sin estar preparada para hacerles frente.

Por una parte el turismo, que se ha disparado en todo el mundo y también en Chile. Tenemos hoy unos 6 millones de turistas al año de los cuales un tercio o más llegan a Santiago y muchos no dejan de visitar el barrio. Es más, quieren alojarse allí, y eso ha hecho nacer nuevos hoteles. Y por cierto restaurantes y bares, mientras los especuladores inmobiliarios juntan saliva. El turismo, lo sabemos, puede ser amable y respetuoso, y puede ser también depredador. En este caso es aun respetuoso. Pero no lo es el talante de avidez con el que los empresarios y comerciantes quieren sacarle todo el jugo al negocio. Se trata de vender el máximo, sin respetar –para qué– los equilibrios del barrio, que son finalmente los que le dan su valor. El restaurante don Victorino instala parlantes con música hacia la calle, lo que está prohibido, pero no importa, y las veredas de su fachada están llenas de mesas donde la gente come, lo que significa, como hacen todos los negocios, que los espacios públicos de peatones se han privatizado. Su jarana dura hasta las tres de la madrugada porque por alguna razón ese local, que según entiendo pertenece a los curas de la Iglesia de la Vera Cruz (otro monumento nacional obra del arquitecto Brunet de Baines, que entre otras cosas fundó la facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile), al parecer porque tiene patente de cabaret. ¡Viva la jarana! A unos metros, un restaurante de comida chilena despliega por la vereda dos filas de mesas, lo que está absolutamente prohibido, pero da lo mismo. Por la calle del costado, la galería Lastarria impuso hace poco un festival depredador de un fin de semana completo de música a todo volumen para vecinos, vecinas y clientes. El Liguria hizo muy bien las obras de restauración del edificio histórico donde se instaló, aunque sus extractores industriales torturan la vida de quienes viven en la calle de detrás, en Paulino Alfonso: según ellos está todo ok.

Otro público masivo que llega a esta zona es el que se deriva de las migraciones un fenómeno global complejo que en parte se basa, como el turismo, en lo barato que es hoy viajar y alojarse en comparación con hace unos años, y también irse de casa es menos angustioso si llevas tu celular y puede seguir chateando o hablando con tu mamá y tus amigos. Ahora hay más de un millón, y en Santiago unos 700 mil. En las migraciones hay que atender a los derechos humanos y la no discriminación de las personas, desde luego, como sociedad debemos estar atentos a ello. Al mismo tiempo es preciso observar cómo operan los asentamientos y avances de distintas comunidades, muchas ellas de paso, o de negocio rápido, estarán quizá unos años, no lo sabemos, quizá para siempre, qué efectos se producen en la vida de los barrios, especialmente de zonas protegidas: si los santiaguinos no tenemos conciencia de lo que es una zona patrimonial es injusto exigirles ese conocimiento a quienes vienen llegando.

Finalmente hay el público flotante santiaguino que va cada día al centro, y que se calcula en unos dos millones diariamente. Esto viene lógicamente facilitado por la red de transporte, el Transantiago, que más allá de críticas absurdas es un poco lo mismo que ha ido ocurriendo en todas las grandes urbes del mundo: un sistema integrado de autobus y metro que te permite ir  de un punto a otro cualquiera de la ciudad pagando un solo boleto.

Estos grandes públicos generan, sin quererlo, fuertes externalidades, efectos derivados que rebotan sobre otros, sobre la comunidad, y que nadie considera. El parque Forestal, concebido inicialmente como un elegante paseo señorial para santiaguinos afrancesados, se ha ido transformando en un balneario familiar donde unos negociantes hacen su dinero instalando enormes toboganes inflables para multitud de familias con niños, picnic, mascotas, bicicletas, etc., todo ello sin tener la menor capacidad de infraestructura, y dándole un uso que corresponde claramente a otro tipo de parque. Florecen redes de droga y de delincuencia, atraídos por este polo magnético del turismo y la jarana. En el Parque Forestal se libran ajustes de cuentas nocturnos. Hay cuchillazos y muertos. Ahora preparan una nueva salida de metro para la proyectada Línea 7 para lo cual van a arrancar una cantidad de árboles históricos, sin contar con el efecto de los vendedores de comistrajos saludables o ponzoñosos que se agolpan alrededor instalados como un mercadillo y que degradan rápidamente lo que sea. Uno no sabe por qué en Santiago toda línea de metro o de autobús que se precie necesita tener parada en la Plaza Italia.

Por otra parte, un público sofisticado acude también a disfrutar de la oferta cultural y gastronómica o de ocio del barrio: a su alrededor, y de manera pintoresca, se concentran cantantes con equipos de sonido, chinchineros entusiastas, vendedores de quequitos de marihuana, o de marihuana sin quequitos, de objetos horribles, ropa usada y lo que sea: business my friends. Esto es muy divertido un ratito, y parece hasta libertario, juvenil, simpático, creativo… pero para los que viven es un suplicio que termina en la venta apresurada de los inmuebles, y ahí están los inversores inmobiliarios que siguen con el negocio. Así es como se destruyen los barrios, haciéndolos caóticos e hiriendo desde dentro su tejido humano.

El mural de la calle Rosal con Lastarria es parte de esta actitud depredadora. Es fruto de esa actitud no pararse a analizar los hechos, de despreciar la historia, de desvalorizar el patrimonio, de mezclarlo todo con todo hasta que todo reviente, sin respetar los usos diversos y prudentes de los barrios. Pero la prudencia no es lo que asoma en los barrios patrimoniales, ni tampoco en los hielos antárticos. ¡Sigamos adelante

 

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador .
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