Mundos íntimos. Me hice un bypass gástrico: tenía miedo de no llegar a vieja - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / El Clarín / Los gordos no envejecen, Mariela, me dijo la médica clínica. ¿Viste alguna vez un gordo viejo? No llegan. Salí a la calle y empecé a observar. No vi ninguno. Se me ocurrió pensar que no llegaría a conocer a mis nietas aún no nacidas y de golpe sentí que estaba muy cerca de la línea final de una carrera. Solo que llegaría mucho antes de lo previsto y con el organismo arruinado.

Esa noche me levanté seis veces. A comer. A la mañana estaba agotada, sin energía y con la idea fija de que nunca envejecería.

Cuando era chica, seis o siete años, moría por las golosinas, el dulce de leche, los alfajores. Era una nena rellenita. Grandota. Pasaba por las vidrieras de las panaderías y los ojos se me salían mirando los merengues de crema y dulce de leche , las carameleras, la vitrina donde guardaban los bombones. Comía a escondidas. No me gustaba que me miraran comer. Quería estar sola y sin público. Descubrí que la noche era un excelente espacio para eso. La noche era toda mía. Un enorme estómago vacío con espacio para todo. Mientras el mundo dormía, yo caminaba descalza y despeinada hasta la cocina y comía. La noche me hacía dueña de un placer único y sin sentir ninguna mirada acusadora.

A veces me quedaba a dormir en la casa de una amiga y arriba de la heladera tenían siempre una caja llena de alfajores, de esos que se compran por mayor. Esperaba que todos se durmieran, a veces yo también me quedaba dormida, pero me volvía a despertar y sabía que ellos me estaban esperando. Entonces agarraba dos o tres alfajores y me encerraba en el baño y me los devoraba . Después hacía bollitos con los papeles y los metía con cuidado en el fondo de mi mochila. Yo creo que la madre de mi amiga alguna vez me debe haber visto, pero jamás dijo nada.

Mirá también Peligros de la abundancia Mis padres también sabían lo que pasaba: supongo que no sabían qué se debía hacer con una niña comedora nocturna. En esa época no se creía tanto en la terapia y era un tema difícil para contar. Me acostumbré a comer a escondidas y eso me empezó a gustar. Delante de la gente era una lady y a la noche salía la Mariela voraz, la que calmaba todos sus miedos y angustias con el placer de comer a solas. Los kioscos eran Disney para mí. Me acuerdo de la vez que vi La guerra de los mundos : venían unos marcianos y destrozaban todo y la gente asustada dejaba los negocios y las casas abandonadas. Mientras miraba la película en el cine yo pensaba: qué bueno poder entrar en todos esos kioscos y agarrar todas las golosinas que quiera mientras el mundo escapa de los marcianos.

Creo que toda conducta humana que se practica, se mejora. Yo empecé a comer, tal vez, como una vía de escape de mis angustias, de mis miedos, una manera de drogarme. Y lo fui ejercitando con los años. Llegué a mejorar tanto el mal hábito que me hacía falta cada día para sobrevivir. Cuando quise revertirlo era demasiado tarde y estaba muy arraigado. Llegué a la adolescencia y me estiré y por unos años no tuve que preocuparme por mi grasa. Estaba más interesada en los chicos y eso me mantenía entretenida . Nunca dejé de levantarme a la noche, solo que con menos frecuencia. Tenía una amiga que nunca tenía hambre y se metía en los baños a vomitar. Su mamá estaba preocupada porque había llegado a los cuarenta y cinco kilos. Yo, con mi metro setenta y mis músculos y huesos grandes, pesaba setenta y estaba perfecta.

En el primer año de facultad escuché que unos chicos, en el recreo de una materia del CBC, entre los que estaba uno que me gustaba decían: muy linda, lástima que está medio gordita. Yo seguí caminando lo más rápido que pude hasta llegar al baño. Me miré en el espejo y estaba colorada como la pintura de uñas de mi madre. Me observé un poco y no me pareció que estuviera tan gorda como para merecer de ese comentario. No sabía si alegrarme por la primera parte o entristecer por la segunda.

Cuando me casé pesaba setenta y seis y después de mi primer hijo ya quedé cerca de los ochenta. Sos una gordita hermosa, acolchadita, me decía él padre de mis hijos. A mí me gustás así.

A mí no me gustaba ser acolchadita. La pesadilla se volvía cada vez más intensa. No podía dejar de comer. La balanza ya marcaba ochenta y pico. Necesitaba calmar al ser voraz que salía por las noches con chocolates y cosas llenas de grasa. Me cuidaba durante el día y a la noche me convertía en una zombie que no podía controlar la compulsión. Me escondía de mis hijos porque no quería transmitirles mi adicción ni mis malos hábitos. Por suerte lo logré, ellos son chicos que comen de día. Varias veces escuché la maldita frase: “¡Qué lástima, porque sos tan linda! Tenés una cara preciosa. Es una pena”.

Quince años. La época en que Mariela estuvo más delgada.

Y yo cuando me miraba en el espejo solo me miraba la cara y me decía: tenés una cara preciosa. Es cierto que estás gordita pero con esa cara podés darte ese lujo. Y así me autoconvencía, de a ratos, de que todo estaba bien. Cuando me compraba ropa jamás me la probaba porque tenía miedo de que el talle XL no fuera suficiente, así que me la llevaba mirándola por encima. Además, mirarme desnuda en esos probadores diabólicos, en los que me sentía duplicada, era una terrible tortura.

Me la pasé de nutricionista en nutricionista y de psicóloga en psicóloga. Todas y ninguna me ayudó. Con los años fui acumulando kilos y más kilos y sentía que no había manera de frenar: la balanza siempre iba para arriba y si lograba bajar algunos, al poco tiempo lo recuperaba. Y más. Ya estaba por los noventa y pico y sentía que todo se me iba de las manos. Varias nutricionistas me miraban sin entender mi problema. Creían que con darme una lista de cosas permitidas y prohibidas bastaba. Yo me sabía de memoria las dietas, las reglas de nutrición. Sabía incluso más que algunas de ellas.

El año pasado. Con su abuela, y con mucho sobrepeso. Foto: Lucía Merle.

El problema era que no podía detenerlo. Me dieron pastillas para dormir. Me caí en la escalera y me lesioné el hombro. Me caí en la bañadera y quedé llena de moretones. Estaba durante toda la mañana drogada y, cuando se me empezaba a ir el efecto, solo quería comer. Llegué a cerrar la puerta de la cocina con llave y dárselas a mi hijo mayor. Algunas noches, me acercaba dormida a su habitación y miraba desde afuera y me decía: no podés, no podés. Le pediste que la guarde, le pediste que te ayude. Entonces yo entraba igual y buscaba la llave en los cajones de su mesita de luz y no la encontraba. Una vez se despertó y con los pelos revueltos y su cara de ángel me dijo: “Ma, ¿en qué quedamos?” .

También intenté encerrarme yo en mi habitación y que ellos me abrieran a la mañana. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Los gordos nos sabemos todos los trucos y siempre encontramos la manera de que no nos falte la comida.

Un día, después de haber subido más de diez kilos sobre los que ya tenía encima, mi médica clínica me dijo: deberías pensar en la opción de operarte.

Ni loca, le contesté. ¿Y si quedo gris? ¿Cómo vas a quedar gris? Me dijo entre sonrisas. A mí me dijeron que la gente operada queda sin fuerzas, sin ganas de nada, triste y gris. ¿Y si me estoy comprando más problemas de los que tenía? ¿Cómo envejece un operado?

Si no lo intentás, es probable que ni siquiera envejezcas, me respondió. Mariela, estás pesando más de cien kilos. Todavía sos joven pero el día que tu cuerpo se canse de cargar con este peso, ese día, empiezan todos los problemas: colesterol alto, hipertensión, diabetes, problemas cardíacos, hígado graso, dolor en las articulaciones. ¿Vos querés eso?

Me fui del consultorio enojada y ofendida. ¿Cómo se le ocurría insinuar que yo necesitaba semejante operación? Yo no estaba tan gorda. Yo no lo sabía porque jamás me miraba en serio en los espejos ni en los reflejos de las vidrieras. Yo me evitaba. No me gustaba la idea de necesitar ayuda. Siempre me las había arreglado sola, ¿cómo no podía con esto? Empecé a admitir que necesitaba que me ayudaran y ese fue el primer gran paso.

Claro que no quería eso para mi vida. Yo tenía ganas de vivir, de disfrutar, de viajar, de ver a mis hijos convertirse en padres. Pero no quería operarme. Me parecía antinatural. Empecé a leer sobre el tema y una vez por semana volvía a ver a mi médica. Me subía a la balanza y en lugar de bajar seguía subiendo. Estaba tan nerviosa que no podía dejar de comer de noche y ahora también hacía mal la dieta de día. Entonces, una mañana frente al espejo, me miré realmente: de arriba abajo. Fue durísimo verme tal cual era, tal cual estaba. Pensé que más antinatural era estar así de gorda. Sentirme como una piñata inflada para un cumpleaños y sin poder detener el aire que seguía y seguía expandiéndome.

—¿Te acordás de Eugenia? —me dijo la médica—. Mi maestra, mi nutricionista de cabecera. Ella se operó. Hace años que luchaba con el tema de la obesidad. Es nutricionista y se operó, ¿entendés? –me dijo.

Saqué un turno con el sector de cirugía bariátrica. Fui, dieron una charla grupal y nos explicaron en qué consistía la cirugía. El cirujano dijo que la obesidad es una enfermedad multicausal y por ese motivo es tan difícil abordarla. No hay garantías de que no vas a volver a engordar. Nadie te firma un documento con el que puedas reclamar. Si antes jugabas al truco con tres cuatros, ahora vas a jugar con un ancho de espada, un tres de oro y seguís teniendo un cuatro. Las jugadas van a depender de vos, me dijo el cirujano y me dio la dieta a seguir para bajar el diez por ciento de mi peso.

La hice al pie de la letra. Bajé doce kilos. Al mes y medio estaba entrando al quirófano. Muerta de miedo pero feliz de que por fin alguien pudiera ayudarme a cortar con el hábito que me había convertido en ballena, por más que cuando alguien decía esa palabra me salía la defensora. Pero yo, para mis adentros, me sentía una ballena. Mis hijos no estaban a favor de la cirugía pero yo sabía que era mi única opción y necesitaba aprovecharla.

La operación duró más de dos horas y cuando me desperté me dolía mucho el estómago. Era como si un gigante con un puño enorme me lo estuviera apretando muy fuerte. Estuve internada dos noches y volví a casa con una sonda que me sacaron a la semana. No sentí muchos dolores hasta que llegó el día en el que la sacaron y fue feo. Me subía todos los días a la balanza y siempre iba para abajo. Solo podía tomar líquidos y no sentía hambre ni ganas de comer nada .

El primer mes bajé diez kilos y así progresivamente. Diez kilos por mes hasta que llegué al siete adelante. Ya llevo 38 menos. Llegué al peso de mis veinte años. Ordené mi placard mínimo diez veces y cada vez me deshacía de más ropa porque todo me quedaba enorme, incluso lo que había comprado hacía un mes. La cara se fue modificando, desinflando, y recuperé mis facciones originales. Esas que nunca debí dejar deformarse. Ahora cuando voy a comprarme ropa, entro al probador y me miro. Ya no me asusta lo que veo. Me miro, me doy vuelta y me vuelvo a mirar y amo tener que pedir un talle menos. Pero jamás dejo que la vendedora entre al probador. Mi momento frente al espejo sigue siendo solo mío. A veces siento que estuve escondida debajo de mis kilos de más mucho tiempo, demasiado. Es como si hubiera salido de un escondite y me hubiera liberado de esa Mariela voraz que salía de noche y me controlaba. Se siente como haber matado a un monstruo.

Hoy como porciones muy chiquitas y no picoteo, ya no como de noche ni tengo atracones. Voy al gimnasio cuatro veces por semana y encuentro el placer en leer, escribir, bailar, reír. Hace unos días visité a mi abuela. Tiene noventa y siete años y me dijo: qué suerte, ahora te veré llegar a vieja.

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Mariela Dorfman. Desde chica le atrajeron las historias. Se refugiaba en las bibliotecas buceando en cuentos de hadas y libros acerca de la Segunda Guerra Mundial. Escribía “a escondidas” hasta que no pudo ocultarlo porque quería mejorar: hace ocho años empezó a asistir a talleres literarios. Estudió Administración de Empresas pero no terminó. Trabaja desde hace años en la empresa familiar. Divorciada, tiene dos hijos: Nicolás de 21 y Tobías de 17. Ellos la ayudan con sus vivencias a encontrar nuevas historias para plasmar en el papel. Le encanta sentarse en los bares de Buenos Aires a escribir. El murmullo de la ciudad es su música preferida: escuchar partes de conversaciones, imaginar los finales. Observar a la gente, ponerles trajes y sacárselos es su hobby preferido. Le encanta leer a los clásicos pero también a los autores nuevos y desconocidos.

Mundos íntimos. Me hice un bypass gástrico: tenía miedo de no llegar a vieja

Con Información de El Clarín

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