Mujeres y pandemia

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No sé si será coincidencia, pero en este despliegue de medidas para atajar el coronavirus, una abundante colección de gobernantes mujeres se han colocado en la vanguardia. No solo por su arrojo para servir de precursoras de las más eficaces medidas de protección, sino también por una habilidad: mostrar firmeza y empatía a la vez. Alguna de ellas, mientras dictaminaba con voz suave el repertorio de medidas restrictivas, se dirigía a los niños para decirles que el Ratón Pérez desempeñaba un «trabajo esencial» de modo que no se suspendería su labor. Cuando Jacobs en Saint Martin decretó el cierre, agregó: si no tienes el pan fresco que te gusta, come galletas. Erna en Noruega, para confortar sobre todo a los jóvenes, les dijo: «Está bien sentir miedo. Y yo también echo de menos los abrazos».

La lista es verdaderamente impresionante: Jacinda Ardern en Nueva Zelanda, Silveria Jacobs en Saint Martin, Erna Solberg en Noruega, Katrín Jakobsdóttir en Islandia, Angela Merkel en Alemania, Tsai Ing-wen en Taiwán y, claro está, varias de ellas en Colombia. Como símbolo de éstas, Claudia López, que a la cabeza de una ciudad con más habitantes que varios de los países mencionados se ha distinguido por su capacidad de decisión y una envidiable forma de comunicarse que ha corroborado y elevado su ya notable liderazgo. ¿Hay aquí una cuestión de género? Una especie de emanación de un rol de cuidado, protección, aglutinante familiar, ligado genéticamente a su papel en la maternidad, podría contribuir a una explicación. Pido benevolencia a las ultrafeministas. Los roles son fabricados en buena parte. Pero la maternidad…

Otra cara del asunto es que, si bien el número de gobernantes mujeres en el mundo es aún pequeño, esta lista, a la que podrían agregarse otros nombres, indica que hay un cambio. Con mayor razón, cuando estamos hablando no de reinas hereditarias, sino de mujeres elegidas democráticamente. Es un mensaje refrescante.

Claro que ser mujer por sí solo no garantiza el éxito. Entre nosotros hemos tenido algunas que, en la línea de Bolsonaro, han dicho que todo esto es ficción, que se trata de una gripita, que la «influencia» mata más que el COVID-19.

En el partido de esa ilustre dama, de manera simultánea, surgieron ideas ya no solo de desdén frente al bicho, sino de franca utilización malévola. Un congresista propuso aprovechar la coyuntura para modificar el Acuerdo del Teatro Colón. Y otro dijo que había que trasladar sus fondos al tema de la salud. Se le ven las orejas al lobo. No es de extrañar que el paso siguiente sea consumir por inanición la arquitectura institucional del Acuerdo, en particular la JEP y la Comisión de la Verdad, que tanta urticaria causan por esos lares. Pero el asunto es aún más de fondo. El Centro Democrático quiere construir, sobre la base del Acuerdo, más bien una estrategia de rendición. Yo ayudo a los excombatientes rasos, pero sepulto las materias verdaderamente estructurales. No comprende el CD que el Acuerdo en alta proporción está dirigido a la Colombia invisible, esa de la que casi nadie se acuerda. El Acuerdo no es de las Farc. Ya pertenece a la pobrecía marginada. Si la pobreza multidimensional en Colombia fue de 19,6 %, en los territorios marginados, territorios PDET, llegó al 45,3 %. ¿Es a esos desarraigados a los que el CD quiere dejar en el abandono?

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LINK ORIGINAL: El Espectador

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