Muerte y vida bajo las ruinas de La Guaira: “Una mujer nos escribe por WhatsApp desde debajo de los escombros”

Muerte y vida bajo las ruinas de La Guaira: “Una mujer nos escribe por WhatsApp desde debajo de los escombros”

Lapatilla junio 29 2026, 8:13 amPosteado en:  Actualidad, Nacionales, Terremoto VenezuelaCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn Un rescatista del Ejercito de México junto a su perro trabajan en un edificio afectado por un terremoto este viernes, en La Guaira (Venezuela). EFE/ Ronald Peña R   Casi 96 horas después del terremoto, los bomberos italianos implicados en las operaciones de rescate en Venezuela esperaban este domingo poder lograr un milagro. “Hay una mujer de treinta años viva en un edificio derrumbado en Macuto, aquí en el estado de La Guaira. Responde a nuestras llamadas golpeando contra un tubo y antes ha intercambiado algunos mensajes por WhatsApp con su hermano. Está consciente y dice que está allí con dos de sus tres hijos”, explica al Corriere Luca Cari, portavoz de los bomberos. Por elmundo.es URGENTE: Dos terremotos azotaron La Guaira y hemos preparado un reporte de información actualizada AQUÍ Del balance diario de la muerte también emergen historias de vidas reencontradas. Los equipos de rescate han logrado extraer con vida a varios niños, entre ellos una recién nacida de pocos meses. Y este domingo por la tarde, casi cuatro días después del seísmo, un hombre y su hijo adolescente fueron sacados de entre los escombros en Caraballeda. La historia más conmovedora es la de Santiago González, un recién nacido de pocos días, que el sábado fue salvado por los equipos de búsqueda estadounidenses en Catia La Mar. Estaba junto a su madre, Diliana Torrealba. Están vivos gracias al gesto desesperado del padre, Yefferson, que les hizo de escudo. El último balance oficial del terremoto del pasado miércoles es de 1.450 muertos y 3.150 heridos, 189 edificios derrumbados y 774 dañados. Son cifras dramáticamente subestimadas. Basta observar la hecatombe de casas en la “zona roja” al norte de Caracas, una serie de ciudades fantasma si no fuera por el tráfico de voluntarios que, con enormes camiones o pequeñas motocicletas, suben y bajan por las grandes avenidas cargados de agua, gasolina, bienes de primera necesidad y muchos escombros. En la avenida comercial de Atlántidas, en Catia La Mar, Eduardo Hernández, de 28 años, golpea con el martillo de forma frenética contra esos bloques de piedra que no se quieren romper. “Está saliendo un olor muy fuerte. Debemos darnos prisa. Con la ayuda de Dios los encontraremos”, dice limpiándose las manos en la camiseta sucia y sudada. Una camiseta en la que pone “Futuro y esperanza”. El olor a muerte sobre ese montón de escombros es muy fuerte. Y él golpea y golpea todavía, aunque sabe perfectamente que ya es demasiado tarde para sacar viva a aquella “familia de chinos que vive aquí desde siempre”, en un edificio de tres plantas, casa y tienda, que se ha arrugado como una vieja caja vacía. En La Guaira, 20.000 personas no responden ya a la llamada, un estado de 120.000 habitantes que corre el riesgo de convertirse en un cementerio al aire libre, porque los escombros son muchísimos y los rescates llegan con lentitud. “Por suerte están llegando los extranjeros”, dice Juan García. “Hasta ahora aquí hemos trabajado solo nosotros los habitantes, con los voluntarios, entre las casas destruidas”, añade. Usan palas viejas, martillos de albañil, guantes de pintor. Cualquier cosa sirve para extraer los cuerpos atrapados. Los cadáveres están por todas partes, semiocultos por chapas o por lonas que no logran cubrir las piernas. Y la rabia crece también contra los (muchísimos) militares que vigilan la “zona cero” de Venezuela, pero no frenan a los saqueadores y, sobre todo, no cogen las palas. En el complejo residencial Los Delfines, clase

Fuente: La Patilla — Ver nota original

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