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Militar encumbrado y jefe de una banda de salteadores: el caso del coronel Juan Yáñez

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Por docenas se conservan los papeles sueltos, las hojas volantes que hablan de la inseguridad y el predominio del crimen como la gran plaga que agobiaba al México recién independizado, en la primera mitad del siglo XIX. Los honrados ciudadanos, los comerciantes, los mineros exitosos no las tenían todas consigo. Ni siquiera los más humildes ciudadanos que caminaban por las calles de las ciudades del joven país tenían la certeza de salir indemnes, pues los asaltos eran cosa de todos los días y todos los rumbos. En esa sufriente nación que sobrevivía a la criminalidad, un caso tan extremo como el coronel Juan Yáñez, jefe del Estado Mayor del presidente Antonio López de Santa Anna, que alternaba sus deberes para con el gobierno mexicano con una vida dedicada a la delincuencia, al frente de una banda de audaces ladrones, todavía tuvo la capacidad de sorprender a propios y extraños: era un gesto de impunidad suprema, del ejercicio de un poder que podía allanarle a los dedicados al crimen la posibilidad de operar con completa tranquilidad. Así fue como el coronel Yáñez se convirtió no solamente en ladrón famoso, sino en el modelo de una de las grandes novelas producidas por el siglo XIX mexicano: Los Bandidos de Río Frío

Por docenas se conservan los papeles sueltos, las hojas volantes que hablan de la inseguridad y el predominio del crimen como la gran plaga que agobiaba al México recién independizado, en la primera mitad del siglo XIX. Los honrados ciudadanos, los comerciantes, los mineros exitosos no las tenían todas consigo. Ni siquiera los más humildes ciudadanos que caminaban por las calles de las ciudades del joven país tenían la certeza de salir indemnes, pues los asaltos eran cosa de todos los días y todos los rumbos. En esa sufriente nación que sobrevivía a la criminalidad, un caso tan extremo como el coronel Juan Yáñez, jefe del Estado Mayor del presidente Antonio López de Santa Anna, que alternaba sus deberes para con el gobierno mexicano con una vida dedicada a la delincuencia, al frente de una banda de audaces ladrones, todavía tuvo la capacidad de sorprender a propios y extraños: era un gesto de impunidad suprema, del ejercicio de un poder que podía allanarle a los dedicados al crimen la posibilidad de operar con completa tranquilidad. Así fue como el coronel Yáñez se convirtió no solamente en ladrón famoso, sino en el modelo de una de las grandes novelas producidas por el siglo XIX mexicano: Los Bandidos de Río Frío .

Pero, ¿quién era Juan Yáñez? ¿Qué lo llevó a mantener aquella doble vida, y a perder la inteligencia para conservar el equilibrio entre ambos mundos? En algún momento, la sensación de impunidad cegó al militar, a grado tal que llegó a repartir el fruto de los robos en habitaciones, nada menos, que del Palacio Nacional. Sin embargo, en un México que parecía sobrepasado por la delincuencia, hubo esfuerzos, indagaciones que permitieron averiguar quiénes eran los peligrosos criminales que hacían sentir su presencia lo mismo en las calles de la capital que en las afueras y en los caminos principales. Luego, hubo otro gesto valiente: el de un personaje que decidió tomar al toro por los cuernos y asumir que, al perseguir y aprehender a aquella banda, se desafiaba a otra esfera del poder político. 

No fueron gratuitas aquellas decisiones: en octubre de aquel 1835, se había decretado ley marcial para intentar contener los numerosos robos y homicidios que aquejaban al país.

Mirado a la distancia, el caso del coronel Yáñez tenía todos los ingredientes para ser la base de una novela: a finales de la centuria, el antiguo jefe del Estado Mayor del presidente Santa Anna, se metamorfoseó en Relumbrón, el protagonista de la segunda parte de Los Bandidos de Río Frío , de Manuel Payno, que en su juventud mucho había visto de la inseguridad de los caminos, de los robos de mucha o poca monta en el seno de aduanas y oficinas. Alguien como Juan Yáñez era toda una tentación literaria. Pero, antes que eso, fue el terror de la ciudad de México, ignorante que el autor de tanto desasosiego residía, tranquilamente, a unas pocas calles del Palacio Nacional.

DE LA CALLE DE DON JUAN MANUEL A LA PRISIÓN.

La mañana del 4 de diciembre de 1835, salió de la ciudad de México una diligencia, con rumbo al puerto de Veracruz. Se trataba de una de las rutas más recurrentes para los viajeros. Pero aquella diligencia fue asaltada. Se iniciaron investigaciones, asegura la causa del coronel Yáñez.  Un soplo, un pitazo, en boca de uno de aquellos desdichados sin mejor oficio que el de ladrón, puso en suerte a las autoridades capitalinas. Se trataba de Diego Pérez, conocido en el bajo mundo como El Tapatío. Fue a contar que lo habían invitado a robar la diligencia. Los autores de la fechoría, entre los que identificó a un tal Vicente Muñoz, le explicaron que se trataba de “robar unos coches”, a la salida al camino que llevaba a Puebla. Si no los alcanzaban en se punto, seguirían hasta la ruta de la diligencia.

El gobernador del Distrito Federal, don José Gómez de la Cortina, puso a sus policías a rastrear a los presuntos asaltantes, a partir de las señas proporcionadas por El Tapatío. Al dar con algunos de ellos, los siguieron con discreción. Así fue como los vieron refugiarse en el número 19 de la calle de don Juan Manuel (hoy República de Uruguay). Pero aquella casa, muy cercana al Palacio Nacional, era, nada menos, que el hogar del coronel Juan Yáñez, jefe del Estado Mayor del presidente Santa Anna.

La policía registró la casa: encontraron algunos de los bienes reportados como robados; en el patio “se observaron los caballos sudados”. El teniente coronel Francisco Vargas comenzó a interrogar a Vicente Muñoz. En un descuido, el bandolero echó a correr escaleras arriba. Por la azotea, saltó a la casa contigua, que se encontraba en obra, y logró escapar. Pero los policías tenían en su poder a un cochero y a un sirviente de Juan Yáñez, Juan Antonio Martínez y Cleto Muñoz. A jaloneos, los criados comenzaron a soltar algunas briznas de toda la historia. La policía decidió: era indispensable catear la casa entera. Pero, finalmente, eso de invadir la casa del jefe del estado mayor de Santa Anna inspiraba… precaución, y lo mismo ocurría con la casa contigua, por donde se había fugado el criminal, pues aquel inmueble pertenecía al muy prestigiado abogado don Agustín Pomposo Fernández de San Salvador, que, para remate, era tío amadísimo de doña Leona Vicario, bien conocida por tener carácter fuerte.

Con recelos y todo, se efectuaron los cateos, y, en opinión de la policía, había cada vez más elementos para considerar al coronel Yáñez como parte de aquella banda de ladrones. Decidido a echarles mano, el gobierno de la ciudad designó un fiscal, don Álvaro Muñoz, que, a pesar de contar con las facultades para obrar según sus decisiones, prefirió consultar la decisión de meter a la cárcel al coronel. Hasta cierto punto, tenía razón: no todos los días le tocaba a un fiscal mandar prender al jefe del Estado Mayor del presidente, que, por lo tanto, era hombre cercano y de confianza entera de Santa Anna.

Finalmente, Juan Yáñez fue conducido a la prisión del palacio de la extinta Inquisición, el 7 de diciembre de 1835. Muñoz y otros cómplices fueron también atrapados. Para procesarlos a ellos, se designó a otro fiscal, José María Olazábal. 

Comenzaron las indagaciones. Uno de los muchos cargos era el saqueo al templo de San Bernardo, que sólo entonces se reveló en sus detalles. Saltando por la azotea de la casa de Yáñez, colindante con la iglesia, los ladrones lograron introducirse, y con ganzúas abrieron una puerta interior y penetraron en la sacristía. De allí se llevaron dinero de las limosnas y una fortuna en plata labrada: atriles, incensarios, ornamentos y mil cosas más.

Aquel asalto dejó azorados a los capitalinos, porque, después de repartirse el dinero, todo el botín de plata fue llevado ¡nada menos! que a las habitaciones que en Palacio Nacional se le tenían asignadas al coronel Yáñez. Allí se ocultó aquel tesoro varios días, y, cuando bajó un poco el escándalo, el reparto entre cómplices se hizo ahí mismo.

No fue sencillo arrancarles la confesión: los ladrones se pusieron de acuerdo: comenzaron a declarar sembrando equívocos y contradicciones, para retrasar el proceso. El fiscal Olazábal se aplicaba en profundizar las investigaciones, para aclarar las confusiones, pero murió repentinamente, y muy pronto corrió el rumor de que gente amiga de los presos, echando mano de veneno, lo había enviado al otro mundo.

Se nombró otro fiscal, don Tomás de Castro, quien, sin arredrarse, siguió la investigación. Aquel hombre encontró nuevos indicios que llevaban a nuevos hechos delictivos que habían quedado en la impunidad. Muy pronto fue claro que el asalto de la diligencia no era sino la punta de una gruesa madeja donde se entreveraban el crimen y la violencia.

Declararon en la causa de Juan Yáñez cien testigos; se levantaron cincuenta testimonios. Con cada hallazgo, la sorpresa de los capitalinos y los habitantes de las ciudades y poblaciones más cercanas, aumentaba. Las autoridades de la ciudad de México se ocupaban de difundir ampliamente el avance del proceso y los nuevos crímenes que se asociaban a la banda. Se pudo establecer que algunos de los delitos se remontaban a dos años atrás.

Con todo cargaban los ladrones: barras de plata, plata labrada, caballos, armas, alhajas… Se descubrió que Yáñez organizaba fuertes contingentes, y nadie podía contra ellos. En 1833, armó una cuadrilla de más de 70 bandoleros que provenían de la capital, de Puebla y de Huamantla: todos con la cara embozada y todos con capotes amarillos para identificarse. Un grupo mucho menos nutrido -unos 18 delincuentes- habían perpetrado otro asalto, al carruaje de un sacerdote que viajaba con su familia.

Poco a poco, los cómplices empezaron a soltar la lengua: era Yáñez quien los organizaba, quien decidía cuántos y cuáles atracaban en qué sitio o a qué personas. En algunos casos, cuando el asalto no salía del todo bien, y alguno de los miembros de la banda era encarcelado, el coronel Yáñez hacía uso de su poder, y enviaba documentación donde hacía constar que el preso era gente honorable y decente. Entonces, no quedaba otra que soltar al acusado, devolverle el caballo que se le había embargado, y, encima, murmurar un “usted disculpe”.

No había tienda, casa o comercio que no entrara en los intereses de la banda del coronel Yáñez. Hasta se atrevieron con el hogar del cónsul suizo, don Carlos Mairet, y con la casa del ministro de Hacienda, Francisco Javier de Echeverría, que era, por cierto, vecino de Juan Yáñez: vivía en la casa de enfrente. Viajeros, diligencias, carruajes particulares: nada era poco para aquellos hombres que, en efecto, eran impunes. Algunas ocasiones, fueron capturados, fuera porque se les atrapaba en flagrancia, o porque el poder los volvía imprudentes. Veces hubo en que los detuvieron en algún camino por llevar armas de fuego. Pero, invariablemente, aparecía el coronel Yáñez a hacer valer su influencia y liberarlos.

PROCESO Y ¿SENTENCIA?

A Yáñez se le hizo consejo de guerra, que empezó a sesionar a fines de abril de 1835. Casi un mes después, el 28 de mayo, se anunció la sentencia: el ex coronel, pues se le había degradado, fue condenado a muerte por garrote. Similar sentencia se extendió para media docena de sus cómplices. Los sirvientes salvaron la vida, pero uno se llevó diez años de prisión, y el otro seis.

Notificados de su destino a fines de junio, todos los reos solicitaron el indulto del supremo gobierno, que, solamente en un caso, conmutó la pena de muerte por diez años en la prisión de San Juan de Ulúa. Al enterarse que su sentencia seguía vigente, Yáñez intentó suicidarse cortándose el cuello con una navaja de afeitar que había conseguido de otro preso. 

El suicidio se volvió chisme en toda la ciudad: se dijo que el antiguo militar se decidió a darse muerte antes que sufrir el escarnio de ser ejecutado en una plaza pública. Su muerte, se contó, de todos modos había sido miserable, porque no logró asegurarse un fin rápido: sus carceleros lograron contener la hemorragia, por más intentos que el aspirante a suicida intentó agrandarse la herida. De todas maneras perdió mucha sangre y quedó postrado. La policía anunció que había muerto en la madrugada del 15 de julio.

Circuló un folleto que el difunto mandó a hacer: Asesinato perpetrado en su persona por el coronel don Juan Yáñez, donde el capitán de bandoleros juraba que era inocente, e intentaba reivindicar su honor. “No le he hecho daño a nadie”, dejó escrito. Para esas alturas, nadie en la ciudad se tomó en serio el escrito del militar, cuyo cadáver fue expuesto a la contemplación pública, junto a los de sus cómplices, ellos sí ajusticiados.

¿SE HIZO JUSTICIA?

Aquí terminaría la historia del coronel Juan Yáñez, jefe de bandoleros y criminal en gran escala, listo para que Manuel Payno lo transformara en su personaje, el bandido Relumbrón. Pero, en el naciente siglo XX, el cronista Luis González Obregón le agregó otro capítulo, una pequeña historia que oyó de un amigo suyo: tiempo después de las ejecuciones, un caballero apellidado Orihuela, de viaje por Europa, se encontró, en un pueblo de Francia, nada menos que al coronel Yáñez.

El antiguo ladrón habría contado su historia: la cercanía y aprecio que le tenía Santa Anna le valió la salvación: la navaja pertenecía a un cirujano y barbero italiano enviado a la cárcel, y mientras montaban la pantomima del intento de suicidio, el mismo cirujano le dio a beber un poderoso narcótico, que “lo hizo aparecer como muerto” el tiempo suficiente para que se exhibiera su cuerpo, y después, fingiendo un entierro, Yáñez saliera del país.

Ninguna prueba de ello tuvo González Obregón: ¿Era verdad, era mentira? Nunca se supo, y, casi 200 años después, cada tanto sale a relucir la sombra literaria del salteador: Si de Juan Yáñez desconocemos su destino final, no es menos cierto que su espejo, el bandido Relumbrón, es hoy día personaje de una novela que los años han convertido en clásica. 

 

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