‘Mi pecado’: la película censurada por el gobierno panameño

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‘Mi pecado’: la película censurada por el gobierno panameño EEn febrero de 1932, el Secretario de Relaciones Exteriores de Panamá, Enrique Geenzier, parecía empeñado en una aventura bastante peculiar: la censura.

Así lo anunciaba el poeta y veterano diplomático en una carta publicada en La Estrella de Panamá el 10 de febrero de 1932: instruiría a todos los embajadores y cónsules panameños en América Latina para que denunciaran ante las respectivas autoridades la película «My Sin», de Paramount Pictures, con el fin de que esta «fuera incluida en la lista de películas prohibidas».

Con esta acción, Geenzier daba un paso adicional en la dirección tomada por un grupo de jóvenes de la sociedad panameña, quienes, considerando que, «sin base de verdad», esta película atribuía a Panamá «vicios y hábitos depresivos de nuestra moralidad», se habían confabulado para impedir que se proyectara en teatros panameños.

La película «hería el sentimiento y la moral de nuestros países y aun más el espíritu mismo de la raza, por lo que debía ser prohibida en los teatros de la región», decía Geenzier en la mencionada carta.

My sin

Quienes se tomen el tiempo de ver la película «My Sin», completa en Youtube, encontrarán que a la luz de hoy, resulta bastante inocente.

La cinta estrenada por Paramount Pictures en los teatros de Estados Unidos el 3 de octubre de 1931 fue uno de los primeros «talkies». La protagonizaba la conocida actriz del cine mudo Tallulah Bankhead, acompañada del guapo actor Fredric March. Con buenas críticas de la prensa estadounidense, My Sin no solo es entretenida, sino que motiva a una importante reflexión sobre la capacidad humana para levantarse sobre la tragedia y sobre la valorización que hace la sociedad de la mujer.

La película abre con la escena de un elegante cabaret de la ciudad de Panamá de los años 30 en la que las primeras tomas son dedicadas a mostrar el vicio: bebida, cigarrillo, juegos de azar, espectáculos de bailes y chicas de la vida nocturna. La cámara se posa sobre dos de los clientes, ambos estadounidenses.

«Creo que voy a disfrutar mi estadía en Panamá», dice uno.

«Está bien una visita, pero cuando llevas dos años aquí…. el calor, la monotonía hacen que la gente se haga pedazos», responde el otro, procediendo a mostrarle la prueba de los efectos degenerativos del ambiente sobre dos individuos de raza blanca, ambos en el local.

El primero es un abogado graduado de una prestigiosa universidad estadounidense, convertido en Panamá en un borracho y vagabundo. La segunda, una mujer atraída al país por el amor de un criollo, ha terminado arrastrada por este al fango, en una vida dedicada al entretenimiento de hombres.

La escena del local de vida nocturna es la antesala. Tras una noche exitosa en términos de ingestión de bebida y dinero ganado, la mujer llega a la intimidad de su pequeña vivienda – muy dignas, por cierto-, donde, en defensa propia, termina quitándole la vida a su ex amante. Acusada de asesinato, se encuentra con que ningún bufete «decente» desea arriesgar su reputación defendiéndola. La tragedia de la mujer conmueve al abogado estadounidense borracho, que decide mantener la sobriedad para defenderla en un juicio.

La muerte del criollo termina siendo el punto de quiebre para ambos, que logran rencausar sus vidas exitosamente. La acción de la película se traslada a Nueva York, pero en la hora y media de película, continúa haciéndose mención de «Panamá» con la carga de oscuridad y tabú que conlleva el pasado de la protagonista.

Lo cierto

No sería la última vez que las películas de Hollywood presentarían a Panamá como el sitio donde quedaron atrapadas mujeres blancas decentes pero con mala suerte. Lo mismo sucedería en la película independiente «Panamá Sal» (1957), que presenta a una joven hundida en la vida de los cabarets de la ciudad de Panamá, que, igualmente termina salvada por un atractivo compatriota.

Pero, en contra de lo que aseguraba públicamente en 1932 el secretario Geenzier, este asunto tenía un asiento en la realidad.

Desde los inicios de la construcción del Canal, Panamá se convirtió en un sitio de inmigración de miles de trabajadores que venían a participar en la construcción del Canal, creando no solo oportunidades de negocio para empresarios de la vivienda y del transporte, sino también de compañía y entretenimiento.

Durante los primeros años de existencia de la Zona del Canal, la proporción entre ambos sexos era de 600 hombres por cada mujer, aseguraba un artículo publicado en varios diarios estadounidenses en 1908 (Bachelor Girl in Panama: Pleasant life under the government watchful eye», The Sun).

Probablemente se tratara de un intento de relaciones públicas del gobierno de la Zona del Canal. Desde su llegada al istmo en 1907, el ingeniero jefe de las obras del Canal, George Goethals, se había percatado de que las mujeres representaban un elemento estabilizador. El artículo en mención intentaba promover que chicas estadounidenses solteras se trasladasen a Panamá.

«Ninguna chica permanece en Panamá mucho tiempo sin haber recibido docenas de propuestas o de haber aceptado una». «Tal vez sea producto de las largas noches en los porches, haciendo vida social con una luna maravillosa colgando sobre sus cabezas».

Como resultado de campañas como esta, muchísimas chicas solteras llegaron a Panamá aspirando convertirse en secretarias o estenógrafas y, de paso, conseguir un buen marido. Otras más llegaron para ganarse la vida en el mundo del espectáculo.

Relatos de la época

Un artículo escrito en 1926 por la periodista pionera Gertrude Gordon, describe la vida nocturna de la ciudad de Panamá: «Los cabarets locales son malos y pocos americanos los frecuentan, pero el Ritz y el Metropole, propiedad de norteamericanos, presentan chicas que danzan y cantan y se sientan a beber con los clientes» «bajo la más estricta vigilancia y moral».

La periodista reconoce que se ha llevado una sorpresa: Las «ideas que tenemos sobre Panamá deben ser reconstruidas», comenta, pasando a describir a la propietaria del Ritz: Mamie Kelley, «alta, hermosa y de maneras elegantes, tanto que podría pasar por una emperatriz, vestida sencilla pero con prendas carísimas».

«Su rostro es maravillosamente atractivo y su cabello oscuro peinado con un «bob», muy a la moda», dice, preguntándose: «¿Qué trajo a una persona de su calibre y personalidad a esta parte del mundo a dirigir un cabaret?»

Siempre desde el punto de vista de una norteamericana, Gordon continúa: «El vicio en Panamá está ubicado en un distrito segregado, en dos o tres calles de la ciudad… allí la vida nocturna es tan mala como la imaginación puede presentarla… pero no es mucho peor que la que puede haber en Nueva York, Chicago o Pittsburgh».

Antecedentes

El reporte de la periodista Gertrude Gordon sobre lo visto en Panamá era el resultado de la gestión del gobierno estadounidense que había tomado acción para promover sitios de diversión decentes para el disfrute y distracción de sus soldados.

Ello había sido consecuencia de varios enfrentamientos entre soldados estadounidenses y panameños, en la calle limítrofe entre la Zona del Canal y la ciudad de Panamá, donde habían proliferado los sitios decadentes destinados al vicio.

La situación estalló en 1918, durante la administración del presidente Ciro Urriola, llevando a los estadounidenses a ocupar el país. Una de las medidas adoptadas fue restringir el paso de los soldados estadounidenses a la ciudad de Panamá. (Ordenanza No. 20, fechada el 5 de junio de 1918).

La prohibición se basaba en los siguientes puntos: «(1) En el periodo en que las organizaciones militares han estado estacionadas en la Zona del Canal, los establecimientos dedicados al vicio en las ciudades de Panamá y Colón han tenido un efecto desmoralizante sobre los soldados. El gobierno de la República de Panamá ha mostrado poco interés por controlar efectivamente estas influencias. Las condiciones eran tan serias que, tras los disturbios de 1915, el general Goethals, gobernador de la Zona del Canal, recomendó que los Estados Unidos asumieran el control sobre el orden público en las ciudades de Panamá y Colón bajo las provisiones del Artículo VII del Tratado Hay Bunau Varila.

(2) Las autoridades panameñas no solamente han fallado en corregir las condiciones del vicio, sino que han permitido que aumenten. Tenemos evidencia circunstancial acumulada de que algunos funcionarios del gobierno están personalmente interesados en promover el vicio y que el gobierno de Panamá es incapaz de mantener el orden público en estas dos ciudades, donde las prostitutas no se mantienen en las áreas restringidas, sino en toda la ciudad. Ni siquiera se respetan las regulaciones sanitarias, pues las prostitutas pueden obtener su permiso de operación pagando una tarifa, sin consideración a su salud ni condición física».

La historiadora panameño venezolana Edda Samudio, gran estudiosa de temas relacionados con la mujer panameña, asegura que una de las primeras manifestaciones del movimiento feminista se dio Panamá en esta época, con la intención de rescatar a las jóvenes mujeres de escasos recursos que caían en la prostitución a falta de otras opciones para ganarse la vida.

Datos reveladores sobre esta situación han sido recabados por la historiadora Patricia Pizzurno en la obra «El discurso eugenésico en Panamá». También el médico panameño Alejandro Tapia, en sus artículos «Algo sobre Educación Sexual, en El Diario de Panamá, agosto de 1916, ofrecen más detalles sobre el tema.

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