Matrimonio igualitario en Ecuador: la historia del grupo de activistas que derrotó a Rafael Correa - EntornoInteligente
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TN Opinión Matrimonio igualitario en Ecuador: la historia del grupo de activistas que derrotó a Rafael Correa Gabi y Pamela lucharon con todos los recursos legales para poder casarse en su país. Y lo lograron a pesar de la férrea oposición del entonces presidente que tomó la decisión judicial como una derrota personal.

Por Bruno Bimbi Publicada: 20/06/2019, 06:35 hs. Compartir en Facebook Compartir en Twitter Gabi le dijo a Pamela: “No quiero una unión de hecho. Yo me quiero casar contigo”. “Queremos ser las primeras, como María y Claudia. Queremos hacer lo mismo que vos contás en el libro”, me dijo Pamela Troya en la casa del escritor Pedro Artieda, en Quito, donde yo había viajado a presentar mi libro Matrimonio igualitario y ayudar a organizar la campaña por ese derecho en Ecuador. Fue como un déjà vu de viejas conversaciones en la casa de María Rachid, en Buenos Aires, y más tarde en la de Jean Wyllys, en Río de Janeiro. Ambas veces, nos habían dicho que era imposible, que estábamos locos, que no lo íbamos a conseguir. Lo mismo les dirían a ellas.

Humberto Mata había encontrado mi libro por casualidad en un viaje a Buenos Aires, donde había pasado sus vacaciones junto a Maxi, su novio argentino. Al volver, conversaron con la activista feminista Silvita Buendía y decidieron enviarme un email invitándome al país. Presentamos el libro en Guayaquil y en Quito, donde también dicté un taller de varias horas, en la Universidad Andina Simón Bolívar, con el equipo que lideraría la campaña por el matrimonio igualitario. En aquel momento, luego de la experiencia argentina, yo coordinaba junto a otro activista la campaña en Brasil.

Semanas después, Pamela y Gabi fueron al Registro Civil a pedir turno para casarse, para recurrir a la justicia cuando les dijeran que no. Fueron la primera de varias parejas que lo intentaron. En primera instancia, la jueza les respondió que no permitiría que se casaran “por Dios”, y, en la segunda, que “todos son iguales ante la ley, excepto los que, por naturaleza, son diferentes”. La Corte Constitucional admitió el caso a trámite, pero pasó años sin tomar ninguna decisión. No iba a ser fácil, pero ellas siguieron adelante.

Seis años después, finalmente, la Corte decidió juzgar otros casos que llegaron por una consulta de un tribunal regional sobre la aplicabilidad de la opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre matrimonio civil e identidad de género, que en 2018 estableció, respondiendo a una consulta del gobierno de Costa Rica, que los países miembros del sistema interamericano debían reconocer estos derechos. Al declarar aplicable esta decisión y decir que la definición constitucional del matrimonio como formado por “un hombre y una mujer” no debía interpretarse en sentido restrictivo, la Corte ecuatoriana abrió la puerta al matrimonio civil entre personas del mismo sexo.

Rafael Correa, en una foto de 2014. De acuerdo con el juez Ramiro Ávila, uno de los autores de la sentencia, la Corte no está legislando, sino “efectuando una acción preventiva, al adaptar al sistema jurídico ecuatoriano y reconocer explícitamente que las parejas del mismo sexo tienen derecho a contraer matrimonio, para evitar que Ecuador incurra en una responsabilidad internacional”. El juez explicó que “Ecuador no puede excluir derechos que son parte de la Convención Interamericana y, por lo tanto, la Corte ha decidido acogerse a la jurisdicción de la CIDH”.

Ahora, con la victoria en sus manos y cansada, luego de una de las semanas más agotadoras y al mismo tiempo más felices de su vida, Pamela recuerda cómo empezó todo. Tiempo después de conocerse, ella y su novia habían decidido que, cuando cumplieran dos años, registrarían su unión de hecho, que era lo único que la ley les permitía en Ecuador. Pero, cuando llegó el día en el que cumplirían el plazo legal que no se les exige a las parejas heterosexuales para casarse, Gabi le dijo que no: “No quiero una unión de hecho. Yo me quiero casar contigo “, la sorprendió.

“Le dije que, aunque lo que me proponía era hermoso, no podíamos, porque la ley no lo permitía. Entonces, ella me responde: ‘Pero en Argentina, sí . ¿Por qué no nos vamos allá? Hacemos un poco de turismo y aprovechamos para casarnos’”. Parejas de otros países ya lo habían hecho, aprovechando el derecho constitucional que los extranjeros tienen de casarse en nuestro país, inclusive con visas de turismo. “Pero cuando volvamos a Ecuador, ese documento no va a tener validez, no lo van a reconocer”, le dijo Pamela, que conocía un caso en el que había sido así, y le insistió que era mejor una unión de hecho, que sería reconocida legalmente.

“Pero yo quiero sentirme tu esposa, me dijo Gabi, y fue entonces que entendí la importancia simbólica del matrimonio”, recuerda Pamela.

Ella había empezado a relacionarse con el activismo luego de haber demandado a un pastor y político homofóbico que hizo declaraciones espantosas contra la población LGBT y fue condenado por la justicia electoral, y así fue como conoció a Silvita y Humberto, que la invitaron a participar de la presentación de mi libro y del taller en la Universidad Andina. También conoció a un constitucionalista, Ramiro García, que había publicado un artículo en un diario defendiendo el derecho al matrimonio de las parejas del mismo sexo y luego aceptaría, de forma gratuita, ser su abogado.

Todas las piezas se juntaron, como en un rompecabezas. “Un día volví a casa y le dije a Gabi: ¿vos dijiste que querías casarte conmigo? Yo también quiero, pero tendremos que luchar por eso” , recuerda. Sabía que no sería fácil, porque el primer enemigo con el que precisarían enfrentarse era nada menos que el presidente Rafael Correa, admirado como progresista fuera de Ecuador, pero conocido allí por sus posiciones conservadoras.

Durante mi estadía en el país, desafié al presidente en todas las entrevistas que me hicieron en los principales medios de comunicación –que, para mi sorpresa, le dieron amplio espacio al tema–, usando como ejemplo una conversación privada que había tenido años atrás con quien fuera procurador general de la Nación antes de la aprobación del matrimonio igualitario en Argentina, Esteban Righi, por un caso en el que tendría que intervenir. Siguiendo el consejo de los activistas que me habían invitado, la idea era cuestionar a Correa, pero sin cerrarle la puerta, invitándolo a estar de nuestro lado.

“Es un proceso imparable. Lo que yo dije a Righi fue: ‘Esto va a pasar, en Argentina y en el resto del mundo. Dentro de veinte años va a haber un libro de historia, con el que van a estudiar los chicos en la escuela, que va a contar que en el año tal se aprobó el matrimonio igualitario en la Argentina, y lo que usted tiene que decidir es si en ese libro va a aparecer su nombre o no’. [Righi, como sabemos, quedó del lado equivocado de la historia, entonces,] Lo que yo le diría a Correa es: el matrimonio igualitario en Ecuador se va a aprobar, no sé si en 2013, 14 o 2020 –apostaría que va a ser antes de 2020–. Lo que Correa tiene que decidir es si los libros de historia van a decir que él fue uno de los últimos o el último presidente que se resistió por prejuicios personales a facilitar este debate o si Rafael Correa fue el presidente que tuvo la valentía de proponerle al congreso ecuatoriano discutir el matrimonio igualitario” , dije en mi primera entrevista, para el sitio GK.city, y esa misma idea la repetí en varios diarios y programas de radio.

Pero el presidente reaccionó de la peor manera. Sin responder de forma directa, hizo varias declaraciones dejando bien claro, enojado, que no pensaba dar el brazo a torcer. Correa hizo inclusive el papelón de reunirse con organizaciones LGBT oficialistas –desde el principio, trató de dividir al movimiento– y usar la reunión para hacer un discurso televisado contra el matrimonio igualitario, agradeciendo el apoyo a sus obsecuentes, que fueron a los medios a decir que no querían casarse. También se peleó por Twitter con Pamela, desafiándola a hacer un plebiscito “para que decida la mayoría” , y dijo que el pueblo ecuatoriano era tan homofóbico como él.

Nunca fue la mayoría la que decidió, sino él mismo, que controlaba todos los poderes del Estado –que, en Ecuador, luego de la reforma constitucional, no son tres, sino cinco– y apretaba a los medios de comunicación que lo desafiaban . Había sido de esa misma forma, prepotente y autoritaria, que Correa había presionado a un grupo de diputadas constituyentes de su propio partido (me lo contó una de ellas en una cena, en Guayaquil), amenazándolas con renunciar si aprobaban el aborto legal. Y también bloqueó, en la constituyente, las iniciativas para aprobar el matrimonio igualitario, permitiendo apenas que se reconocieran las uniones de hecho, una posición similar a la que defendieron Gabriela Michetti y Liliana Negre de Alonso en Argentina.

La idea del plebiscito, que une a Correa con los políticos más conservadores de la región, precisa ser analizada con perspectiva histórica. En un artículo titulado Reflexiones sobre Little Rock, que analiza la repercusión de la decisión de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos que acabó con la segregación entre blancos y negros en las escuelas, la filósofa Hannah Arendt cita una encuesta realizada en el estado de Virginia, según la cual, en 1957, el 92 % se oponía a la integración escolar (el artículo no aclara si encuestaron a blancos y negros o solo a los blancos, y esa duda dice mucho sobre el clima de época) y el 65 % estaba dispuesto a renunciar a la escuela pública para evitarla. Poner a las mayorías a decidir si las minorías pueden tener los mismos derechos que ellas no es tan democrático como piensa el expresidente del Ecuador. Es, en realidad, dictadura de la mayoría, no democracia.

También en Estados Unidos, hasta el histórico fallo Loving vs. Virginia, dieciséis estados norteamericanos –entre ellos, también Virginia– prohibían que una persona de piel negra se casara con otra de piel blanca. Y las encuestas mostraban que la mayoría estaba de acuerdo con la segregación. Según Gallup, que mide este tema año tras año, fue recién en 1991 que la mayoría, por 48 a 42%, pasó a aprobar el matrimonio “interracial”, frente al apenas 4% que estaba de acuerdo en 1958. Hoy, la aprobación roza el 90% e “interracial” es una categoría de parejas apenas en el cine porno.

Pamela le respondió a Correa que los derechos civiles no se plebiscitan y el presidente le dijo con ironía que le deseaba suerte y que un día se pudiera casar. Ella contestó que sí, que lo iba a conseguir, porque iban a ganar. “Y ganamos”, dice ahora, muy feliz.

Pero Rafael, que no sabe perder, sigue pidiendo un plebiscito, atacando a los jueces constitucionales con nombre y apellido y diciendo, enojado, que el fallo es una vergüenza. Será en vano, porque la Corte ya decidió y no habrá vuelta atrás, pero él no se rinde. Niño mimado del progresismo latinoamericano, el expresidente del Ecuador vivió esta decisión histórica como una derrota personal y terminó en el mismo lamentable lugar que Negre de Alonso en el Senado argentino, llorando y pataleando como un chico enojado junto a lo más retrógrado de la clase política de su país.

Como dicen en Brasil, qué muerte horrible.

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