Screenshot Antes del amanecer A las cuatro y media de la mañana el Parque Los Caobos todavía huele a tierra mojada y a café de termo. Abren las rejas y la gente empieza a llegar en grupos pequeños, con el dorsal prendido al pecho y esa voz baja de quien no quiere despertar a la ciudad antes de tiempo. Un muchacho estira apoyado en el tronco de un caobo. Una señora que vino desde Petare con su hija trae una bolsa de cambures para repartir entre desconocidos. Sobre el Ávila, el cielo apenas empieza a ponerse gris. A las seis en punto sale el primer pelotón. La avenida Fuerzas Armadas, sin un solo carro, se llena de gente que corre. El Helicoide aparece a un costado, enorme y extraño como siempre, y nadie se detiene a mirarlo. Por la avenida Victoria y por Los Ilustres, por calles que el resto del año se cruzan con prisa y mirando por encima del hombro, pasan miles de zapatos al mismo ritmo. En las aceras hay vecinos golpeando ollas y carteles hechos a mano con el nombre de alguien escrito en marcador. Una corredora, Anna Masciarelli, lo dejó escrito alguna vez en una frase que circuló entre los atletas de la ciudad: “Mi ciudad por un día será corrida a sus anchas”. Los corredores le dicen simplemente el CAF, como se le dice a un amigo por el apellido. La carrera de la ciudad El 8 de febrero de 2026 se corrió la décima edición. Llegaron unas diez mil personas antes del amanecer: dos mil para los 42 kilómetros, 5.200 para la media maratón y 2.800 para una distancia de 10K que se abrió por primera vez para celebrar el aniversario. Hubo 33 atletas de élite de 13 países de América Latina y el Caribe, corredores de casi 25 nacionalidades y más de quinientos voluntarios repartiendo agua a lo largo de la ruta. El panameño Jorge Castelblanco ganó los 42K en 2:15:18 y borró el récord del recorrido; la ecuatoriana Silvia Ortiz, que había corrido en los Juegos de París, hizo lo mismo en la rama femenina con 2:33:55. Era su primera vez en Venezuela. Las cifras dicen mucho, pero el CAF se entiende mejor por sus historias. Está Juan Valladares, que corre en silla de ruedas y lleva años bajando sus propias marcas en Caracas. Está Yuryangel Beja, invidente, que se preparó de la mano de su entrenadora para convertirse en la primera venezolana con discapacidad visual en completar los 42 kilómetros. Están los que corren por un hijo, por una promesa, por los niños con cáncer de Valencia. Están las mujeres, que ya son casi cuatro de cada diez inscritos. La ruta, certificada por la Asociación Internacional de Maratones (AIMS) y por World Athletics, sale y llega a Los Caobos y atraviesa todos los municipios de Caracas. Durante unas horas une lo que la política y la geografía de la ciudad suelen separar. El que vive en Catia y el que vive en Chacao corren la misma avenida y beben de la misma mesa de hidratación. Hoy el CAF es campeonato nacional de maratón, clasificatorio para competencias internacionales y una de las citas del calendario suramericano. Para muchos caraqueños es también la única mañana del año en que la ciudad se deja caminar entera, sin miedo y sin bocinas. Una idea que vino desde La Paz Detrás de todo esto hay un nombre que casi ninguno de esos diez mil corredores conoce, se trata de Luis Enrique Berrizbeitia, quien durante más de veinte años vicepresidente ejecutivo de CAF, el banco de desarrollo de América Latina. La chispa vino de Bolivia. Emilio Uquillas, representante de CAF en La Paz, había organizado allá una carrera de diez kilómetros que bautizaron con la altura de la ciudad, a más de 3.600 metros sobre el nivel del mar, y el éxito fue grande. Berrizbeitia, que ya había corrido unas cinco maratones por su cuenta, se quedó con la imagen. En 2009, cuando la institución se preparaba para celebrar sus cuarenta años, propuso algo más ambicioso que una carrera corporativa, un maratón de verdad, de 42 kilómetros, en Caracas. El momento no ayudaba. La crispación entre gobierno y oposición estaba en su punto más alto, y tres de las cua
Fuente: El Informador — Ver nota original