Lapatilla agosto 03 2026, 8:09 amPosteado en: OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn A más de dos décadas del siglo XXI, mientras el mundo avanza hacia la inteligencia artificial y la exploración espacial, Venezuela parece atrapada en un pasado que no logra superar. Exportar mineral de hierro en bruto y exportarlo a economías emergentes no es un simple anacronismo comercial; es el síntoma de una miopía estructural. Es el reflejo de una planificación que ha privilegiado la inercia sobre el desarrollo del valor agregado, condenando al país a ser un mero proveedor de materias primas. Suscríbete aquí para hacerle seguimiento diario al rescate de Venezuela tras los sismos Esta lógica extractivista, que convierte la riqueza del subsuelo en divisas rápidas, liquida cualquier posibilidad de industrialización genuina. La decisión de ubicar la Siderúrgica del Orinoco (SIDOR) en Puerto Ordaz, buscando la comodidad de la cercanía, ignoró la eficiencia a largo plazo. Depender del dragado del río Orinoco para el transporte es una servidumbre técnica que encarece la logística y limita la competitividad. Una verdadera visión estratégica habría apostado por una infraestructura férrea que conectara directamente con puertos de aguas profundas en el Atlántico, como el proyecto de Manicuare, para colocar productos terminados en el mundo y no simplemente mineral sin procesar. El patrón se repite en la industria petrolera. Las refinerías de Amuay y Cardón demostraron en el siglo pasado, que Venezuela tiene la capacidad de exportar derivados de alto valor. Abandonar esa premisa en el sector minero y en el de hidrocarburos, es abdicar del futuro. Exportar hierro para luego importar insumos procesados es una forma de dependencia voluntaria. La verdadera soberanía económica no reside en la propiedad del subsuelo, sino en la capacidad técnica para transformar sus recursos. Esta distorsión encuentra su reflejo más amargo en la educación superior. Atrapadas en debates burocráticos y políticos, las universidades venezolanas han priorizado la emisión de títulos como símbolos de estatus por encima de la formación de un pensamiento transformador. Necesitamos ingenieros, economistas y científicos capaces de rediseñar el mapa productivo nacional, no de administrar la parálisis. Superar esta encrucijada exige reestructurar la visión de nuestras universidades y auditar el razonamiento de nuestra infraestructura logística. Romper la inercia extractivista no es solo una necesidad económica, sino un acto de soberanía. La riqueza de una nación no se mide por lo que se extrae de la tierra, sino por lo que su inteligencia logra transformar. Compártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
Fuente: La Patilla — Ver nota original