Louis Tomlinson le regaló un momento de felicidad a miles de adolescentes en el Antel Arena

louis_tomlinson_le_regalo_un_momento_de_felicidad_a_miles_de_adolescentes_en_el_antel_arena.jpg
Entornointeligente.com /

Contenido Exclusivo

La nota a la que intentas acceder es exclusiva para suscriptores Suscribirme Conocé nuestros planes

y disfrutá de El País sin límites.

Ingresar Si ya sos suscriptor podés

ingresar con tu usuario y contraseña.

Tanta felicidad junta solo puede hacer bien. Y Louis Tomlinson , el cantante británico de actuó en un Antel Arena repleto le regaló a unas 10.000 adolescentes uno de los grandes momentos de su vida. La felicidad, para el caso, tiene un coro de voces agudas que dejan los oídos tapados. Un daño colateral y muy menor de una tanta felicidad.

Tomlinson —31 años, nacido en Doncaster— es un ídolo juvenil y esa muchachada que coreó cada una de las canciones que ocuparon poco más de hora y media de show, estaba ahí para certificarlo. De que nada fallase en tanta demostración de amor se encargaron un grupo de chicas que tenían todo para ser de un club de fans. Reparten unos carteles que dicen «Uruguay Loves Louis» (al que había que levantar cuando cantara «Walls»), banderas de la diversidad sexual (para agitar con «Only the Brave») y unos celofanes chiquitos para poner en la linterna de sus celulares en un momento estratégico del show, el final a toda orquesta con la pegadiza «Kill My Mind».

Louis Tomlinson en el Antel Arena Todo el público lleva carteles, algunos escritos en unas pizarras de cartón gentileza de un auspiciante pero otros se ven más caseros y preparados y, por lo visto, el protocolo indica tenerlos levantados durante todo el show. Está claro que el destinatario jamás llega a leer esos mensajes tan exageradamente sinceros como «te amo más que a mi familia» o «mi madre me dio la vida pero vos me enseñaste a vivirla». Muchas de las portadores estuvieron haciendo guardia en el hotel Hyatt pero Tomlinson no se dejó ver. El amor, igual, quedó intacto.

La estrella de la noche formó parte de One Direction, una boy band británica que se separó en 2015 poco después de tocar en el Teatro de Verano montevideano. De allí salió el músico del momento, Harry Styles (que en diciembre viene a Buenos Aires pero no a Montevideo) pero Tomlinson no es el premio consuelo de nadie en el Antel Arena.

El público de Louis Tomlinson en el Antel Arena Tiene su propia parcialidad integrada básicamente por chiquilinas aunque hay varones que todo indicaba fueron por motivación propia. En el público también huboalgunos padres, que, en general, permanecen sentados y miran el celular. Si le sirve el dato, nadie usaba tapabocas.

Lo de Tomlinson es un pop bien escrito que a veces amaga para el rock o lo aprovecha con pertinencia y otras veces se va hacia la balada o, deja ver algún ritmo de dancehall. El rasgo más evidente, por lo menos para un veterano, parece ser cierto sonido y actitud cercanos a Manchester a comienzos de la década de 1990. El cantante apoya esa impresión, luciendo una remerita Lacoste y unos vaqueros en un escenario con cinco pantallas, tres de fondo y dos a los costados, usadas con profesionalismo y un par de buenas ideas.

La fiesta empezó a las 19.00 con Nano Montyear, un uruguayo que hace un pop rock con un set que incluyó una versión rockeada de «Llamame más temprano, bebé» de Dame 5 que el público acompañó con gusto. Después vino Sun Room, un cuarteto de California que ofreció un sonido más duro a medio camino entre el garaje y el punk. Con una versión de «Blitzkrieg Bop» de los Ramones dejó a la parcialidad para el número central de la noche.

El repertorio de Tomlinson se apoyó en canciones de su primer disco, Walls y un par de tema de One Direction . Son pegadizas y para que coree la parcialidad, cosa que acá se cumplió al pie de la letra. Agradeció varias veces al público por «hacer posible» esta gira, pidió un saludo para sus músicos y su equipo y su comunicación con el público se limitó a esos lugares comunes de esta clase de recitales. No se despidió pero ni falta hacía.

Al final, algunas adolescentes lloraban y otras salían como en un trance y con las pilas recargadas.

Todo estuvo en su lugar y, en todo caso, qué se puede decir del mejor momento de la vida de una decena de miles de púberes que se saludaban con abrazos tan afectuoso, se sentían tan parte de lo mismo, cantaban con tanto esmero, mostraban con tanta ilusión sus carteles que, el resto, a nadie le debería importar. Tanta felicidad junto solo puede hacer bien.

LINK ORIGINAL: El País

Entornointeligente.com