Los nuevos de la clase - EntornoInteligente
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En el Perú, unos 200 mil niños y adolescentes venezolanos necesitan estudiar. Aunque las clases presenciales estén suspendidas, dos problemas persisten: la falta de vacantes en los colegios y el prejuicio que se extiende entre la población infantil.

La etiqueta del “nuevo estudiante” nos ha perseguido a muchos durante la infancia . Sin embargo, esa es apenas una —y quizás la más insignificante— de las pruebas que deberán afrontar los niños venezolanos cuando empiecen las clases presenciales en el Perú . Estará, por supuesto, la incertidumbre de saber si encajarás o no, los nervios del primer día y los esfuerzos por no llamar la atención. Una hazaña difícil de lograr cuando eres el único de la formación que no puede cantar el himno nacional porque aun no te aprendes la letra. O si mamá te manda una reina pepiada en la lonchera mientras el resto lleva sánguches. En los recreos es probable que nadie quiera jugar escondite y, cuando se trate de fútbol, todos se pelearán por ser Paolo Guerrero , pero ninguno conocerá a Juan Arango .

Las maestras serán igual de amables, pero hablarán distinto. No dirán ‘mi amor’ al saludarte por las mañanas, como lo hacían en Venezuela . Si sientes el impulso de hacer alguna que otra pregunta durante la clase—porque no entendiste las palabras que usó la miss— puede que te encuentres con un gesto de cansancio. Faltarás algunos días al colegio porque en casa no reunieron suficiente dinero para el pasaje en bus y citarán a tus padres para hablar sobre tu comportamiento. Otro día, quizás, uno de tus compañeros te grite ‘veneco’ o ‘veneca’ durante el recreo y regresarás a casa, confundido y apurado por preguntarle a mamá qué significa esa palabra.

¿Falta mucho para llegar? Antes de enfrentar su primer día de clases en un país ajeno, miles de niños y adolescentes venezolanos tuvieron que salir de casa de un momento a otro. Los que pudieron, se montaron a cuatro, cinco, siete autobuses para llegar al Perú. Y los que no, caminaron miles de kilómetros. Durmieron en el suelo y entendieron que tenían que hacer turnos de tres o cuatro horas para cuidar las mochilas y bultos mientras los demás descansaban. Con algo de suerte, quizás, consiguieron espacio en una carpa de ayuda humanitaria y se acurrucaron junto a decenas de personas que jamás habían visto. Les salieron llagas en los pies. Pasaron sed y frío. Subieron a camiones de carga, viajaron en bucetas destartaladas y descubrieron que había lugares donde los insultarían por haber nacido del otro lado de alguna frontera.

Alejandra Céspedes Ormachea, una socióloga especializada en infancia, estuvo en Tumbes hace poco menos de un año. Viajó hasta allí para hacer una investigación sobre el impacto emocional del proceso migratorio en los adolescentes y niños. Las entrevistas que hizo en el Centro Binacional de Atención de Frontera le permitieron conocer varias historias de cerca, pero hay dos que recuerda especialmente: la de un niño que caminó durante quince días con su padre para llegar a la frontera y, en el trayecto, lo quisieron secuestrar. Y la de otra niña, que solo hablaba del abuelo que había dejado en Venezuela, y al que ella quería como a un papá.

Sin las explicaciones necesarias, la migración puede desatar cuadros de estrés, ansiedad y depresión en los niños. Foto: Max Cabello

LINK ORIGINAL: Efecto Cocuyo

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