Lapatilla julio 20 2026, 9:03 amPosteado en: OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn Joseph Fouché, inmortalizado por Stefan Zweig como el “genio tenebroso” de la política, no por la nobleza de sus virtudes ni convicción ideológica, sino por su extraordinaria maleabilidad ante el poder. Votó la muerte de Luis XVI, guillotinó a Robespierre, sirvió a Napoleón mientras conspiraba contra él, y allanó con cinismo el retorno de los Borbones. Traiciono a todos y cada uno de sus benefactores, no por pasión, sino por fría voluntad y filosofía de vida. No tuvo lealtad a idea, bandera o persona, su fidelidad fue a su propia supervivencia. Comprendió una máxima que el idealismo se niega a aceptar, en las cloacas del poder, la coherencia es un lujo, y la traición ejecutada con precisión e inteligencia un oficio rentable. En Venezuela, la sombra del francés se proyecta hoy con nitidez espeluznante. La captura del tirano no fue un milagro; sino el resultado de una filtración endógena, que “llevó la traición hasta convertirla en una tensa cátedra de historia política, casi una obra de arte”. Un Fouché criollo lo entregó para salvar su pellejo. Hoy, la encargada del poder, erigida como usufructuaria natural, es la abjuración como técnica de ascenso. Quien ayer juraba lealtad inquebrantable al “socialismo del siglo XXI”, hoy negocia sin rubor ni pudor con Washington el nuevo diseño del poder. Sacrificó a su patrono para heredar sus ruinas, dejando a los devotos de la revolución tan perplejos como los jacobinos de antaño. Suscríbete aquí para hacerle seguimiento diario al rescate de Venezuela tras los sismos Sin embargo, limitar el análisis a la cúpula roja es un error de miopía histórica. La lección fouchiana exige voltear la mirada al colaboracionismo complaciente que, durante años, perpetró el perjurio más ruin de todos, la infidelidad a su base electoral y al discurso ético. Si el chavismo entregó a sus jerarcas para engrandecerse, los seudo adversarios traicionaron a sus ciudadanos para sobrevivir cómodos en el nicho de servidumbre que el régimen les asignaba. Se presentaron como alternativa democrática, y se convirtieron en muleta institucional de la tiranía. Avalaron hipocresías electorales y firmaron acuerdos teatrales de salvación que solo sirvieron para lavarle el rostro al oprobio. Es la traición de la complacencia, sentarse a la mesa con el verdugo mientras los verdaderos disidentes se pudrían en las ergástulas de la represión. A cambio de prebendas parlamentarias y cuotas locales, que legitimaban la consolidación de la usurpación, asegurando la destrucción del Estado de derecho. Fueron el algodón de azúcar que endulzó el veneno del autoritarismo. Mutaron su discurso del “no reconocimiento” a la “participación crítica”, hasta hundirse en la legitimación tácita del secuestro institucional. Pero existe una diferencia abismal entre el genio francés y sus epígonos venezolanos. El intelecto. La inteligencia. Fouché era un maestro del funambulismo político; nunca quemaba todos sus puentes, siempre guardaba una carta letal bajo la manga y sabía retirarse a tiempo. Los traidores de la comparsa, en cambio, han sido de una torpeza patética. Aceptaron condiciones sin garantías, validaron simulaciones, estafas repetidas y fueron desleales al mandato de las calles para convertirse en serviles mirones del colapso. Es la apostasía desprovista de talento; el oportunismo vulgar sin la grandeza siniestra que el escritor austriaco supo relatar. Tanto la Revolución Francesa como el chavismo comparten un mismo síndrome, el apetito para devorar a sus hijos. Y mientras contrincantes a la
Fuente: La Patilla — Ver nota original