Los colores viejos y nuevos del fascismo - EntornoInteligente
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El fascismo y sus manifestaciones actuales (el neofascismo) es un monstruo de mil caras que tiene una visión totalizante y totalitaria de lo que debe ser el individuo y el mundo social. Su discurso es estridente y violento, discriminatorio y antidemocrático. Sin embargo, en ocasiones y bajo ciertas condiciones de desesperanza y crisis económica, su verborrea entusiasma a importantes segmentos del pueblo.  Tradicionalmente el fascismo trae al banquete ideológico pésimas versiones de lo que ha de entenderse por “patria”, “nación” y “raza”. El afán es “elevar” el odio al nivel del discurso político, agitando el turbio lodo del vasallaje económico, la discriminación, la exclusión y la violencia. 

En la academia ha existido el análisis de que el nazismo, en su esencia, fue fruto del capitalismo en crisis. Que la visión totalitaria y genocida del III Reich fue obra de una decisión atribuida al gran capital y sus banqueros. Aunque ello no lo explica todo, en lo fundamental estoy de acuerdo. Empero, ello fue una foto del momento que explicó las particularidades del régimen de Hitler. Antes -incluso antes del fascismo italiano- existió otro fascismo no ligado a los grandes capitales ni a la lógica comercial del capitalismo global.  Me refiero al fascismo de Stalin, central en la historia de la humanidad durante casi todo el siglo XX. De entrada, la anterior tesis luce descabellada por cuanto, ¿no fue el Ejército Rojo el archienemigo del Reich, el sepulturero de Hitler?

En un texto en el que todavía trabajo -describiendo la naturaleza social del estalinismo- escribí lo siguiente: 

” No fue dicho régimen uno “socialista”, conforme a sus clásicas definiciones, tampoco “capitalismo de estado”, ni “estado obrero degenerado”, al tenor  de Trotski; fue, más bien, un engendro insólito o excéntrico de la historia, nacido de una inédita, efímera y abortada experiencia obrera en la conducción política del estado ruso. La  fugaz y precaria democracia popular se fue disolviendo como sombra impaciente, dando este hecho paso al estalinismo, que no otra cosa fue que la advenediza irrupción de la dictadura burocrática-corporativa en los originales anaqueles de la historia universal. Pero la dictadura tuvo que hacerlo en nombre de los desheredados del mundo, de los explotados de toda parte, con el uso de una retórica anticapitalista caprichosa, inconsecuente y de dudosa factura. El marxismo fue mampara, el leninismo una excusa. Este hecho se tradujo en la mayor confusión histórica y política del siglo XX , con graves consecuencias para los oprimidos del mundo. Por otra parte, conviene no olvidar que el corporativismo nacional-socialista en Alemania  y el fascista en Italia, fundamentaron sus economías en relaciones capitalistas de producción, mientras que la costosa experiencia soviética no lo hizo así, sino sobre rieles burocráticos-corporativos. Fue una relación de producción burocrática, basada en el trabajo asalariado, la planificación centralizada (planes quinquenales), la estatización de la propiedad social, y el dominio de “clase” de los dirigentes del partido y el Estado sobre las clases históricas típicas y fundamentales: el proletariado industrial y el campesinado. En suma, fue una extraña mezcla entre lo viejo y lo nuevo, es decir, entre las incipientes fábricas y la imperiosa industrialización, entre el  océano de campesinos pauperizados y la colectivización forzada del campo. Si lo viejo se expresaba en las figuras del zar, la nobleza terrateniente y la burguesía, lo nuevo tuvo reflejo en Stalin, el partido y la burocracia. Si algo común tuvieron ambos predicamentos, fue el dominio de las clases adjuntas al Estado sobre la población general.”

Stalin derrotó a Hitler y salvó su fascismo, y sobre el montó un andamiaje de mitos en el que uno -el mayor de todos- lo convertía en el héroe antifascista  por antonomasia y como expresión sublime de la Revolución de Octubre. Me cito otra vez:

“Sin duda se dio una “revolución” en el sentido más ambiguo y reaccionario desde la óptica de la clase obrera y los campesinos; también fue, a su vez, una catástrofe para los capitalistas imperiales y sus corifeos rusos.  Este galimatías -el del estalinismo- no obedeció a “teorías” conspirativas, sino a una multitud de factores externos e internos, objetivos y subjetivos, que en su harta complejidad marcaron el destino de la Revolución de Octubre. (…) Valga decir, que la política habita el universo de los lenguajes falsos (con sus símbolos míticos) y el de las reales e ilimitadas contradicciones materiales de la historia. La política  es y ha sido, desde la arista de sus empalagosas soflamas, no otra cosa que una cúmulo de discursos artificiosos (alfabetos ideológicos),  una suerte de metafísica del poder y la guerra, cuyo destino, a la larga, es determinado por los encuentros y desencuentros entre las clases y estamentos sociales en el estira y encoge por el poder.  El desafío consiste siempre en averiguar la materialidad (realidad) de un sinnúmero de factores capaces de explicar las pugnas por el poder político y los recursos económicos. De este reto, por supuesto, el estalinismo no se encuentra exento.

El fascismo rojo también tuvo otras expresiones después de Stalin. Un ejemplo macabro de ello lo fue el fascismo comunista de Pol-Pot en Cambodia, como hoy el de Corea del Norte. O como el que quisieron implantar los comunistas peruanos en su país. Por eso mismo, por ser dictaduras duras y genocidas, llamamos fascistas a las dictaduras de Pinochet y Videla como a la de Ríos Montt y la de Franco mismo. La tesis propuesta en este artículo es una: que el fascismo puede venir en varios colores, subordinado o no al capitalismo. Claro no todos los comunistas han sido fascistas, tampoco toda la derecha.

Los tiempos cambian y con ellos los ropajes del fascismo en el capitalismo de hoy.  Ya no estamos frente al viejo fascismo del siglo XX, mussoliniano o hitleriano que clamó por la razón corporativa de Estado. Lo que hace particular al neofascismo es su nueva esencia al adoptar al “neoliberalismo” (que de liberal tiene unas cuantas sucias gotas) como su razón de ser y por su abandono de las nostalgias por el Estado que otrora sirvieron al fascismo del siglo XX, o, dicho de otra manera, el fascismo del siglo XXI abjura del metarrelato utópico del fascismo clásico.  El neofascismo juega hoy a tres elementos: a la polarización, a la guerra cultural y al autoritarismo antisistema. Es un enemigo confeso de los derechos humanos y la democracia, un entusiasta genocida de la cultura democrática. Por ello, hay que hacer la diferencia entre los fascistas que siguen invocando a Hitler y los fascistas de nuevo cuño. 

En fin, el neofascismo no comulga más con el imaginario de una nación soberana y superior, como tampoco con el establecimiento de un Estado poderoso. El neofascismo aboga por imponer -sea por la vía parlamentaria o autoritaria- un régimen caníbal de mercado. En resumen: los neofascistas se identifican por su adherencia al neoliberalismo, al darwinismo social y al cinismo; a la extrema violencia (cuando lo requieran) y al descarte del Estado sino como mínima expresión garante del «libre» mercado y de sus funciones de gendarme. La acción parlamentaria y/o la toma violenta del poder político son meros medios — no de principio- en relación con el fin que persiguen.

Espero que este breve artículo tenga la buena suerte de estimular la inquietud investigadora  de algún acucioso lector, pues es poco lo encontrado en función de esta tesis, asunto que bien vale la pena estudiar si se trata de enmendar la experiencia socialista -entenderla con una lectura novedosa- para coadyuvar a que el nuevo socialismo se exprese inédita en su viabilidad.

(*) Allen Pérez es Abogado

LINK ORIGINAL: El Pais

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