El martes 19 de mayo de 2026, tres hombres cruzaron las puertas de una cárcel venezolana levantando los brazos al cielo, no como quienes escapan, sino como quienes vencen. Se llaman Erasmo Bolívar, Héctor Rovaín y Luis Molina, antiguos policías de la Policía Metropolitana de Caracas que se convirtieron en los presos políticos que más tiempo estuvieron encarcelados en Venezuela. El Estado les robó veintitrés años de sus vidas, pero no pudo arrebatarles lo más importante: su inocencia, que mantuvieron intacta durante más de dos décadas sin doblegarse ni rendirse jamás.
Su calvario comenzó el 11 de abril de 2002, durante uno de los días más oscuros de la historia reciente de Venezuela. Ese día, una masiva marcha opositora avanzaba hacia el Palacio de Miraflores, y en el Puente Llaguno se desataron disparos que causaron la muerte de 19 personas. Erasmo, Héctor y Luis cumplían funciones de seguridad en la avenida Baralt, realizando las tareas que el Estado les había encomendado. Sin embargo, un año después fueron arrestados sin explicación aparente, iniciando un proceso judicial que se extendería durante seis años, el más largo de la historia judicial venezolana.
En abril de 2009, la jueza Marjorie Calderón los condenó a treinta años de prisión, la pena máxima, a pesar de que las pruebas, testigos y evidencias presentadas contradecían repetidamente los cargos en su contra. Significativamente, no fueron condenados por homicidio intencional porque las pruebas lo permitían, sino mediante una figura jurídica diseñada para disimular lo que realmente era: una condena política disfrazada de sentencia judicial. En 2012, el exmagistrado del Tribunal Supremo de Justicia Eladio Aponte Aponte reveló que había recibido órdenes directas del presidente Hugo Chávez para condenarlos con la pena máxima, mientras que la jueza que firmó la sentencia fue ascendida a magistrada del mismo tribunal supremo.
Lilian Tintori, esposa del líder opositor Leopoldo López, fue testigo presencial del sufrimiento de estos hombres mientras visitaba a su esposo en la cárcel de Ramo Verde. Recuerda haberlos visto siempre de pie, con el pecho abierto y la frente en alto, manteniendo una actitud serena y firme característica de quien sabe que es inocente. A pesar de las condiciones extremas diseñadas para quebrantarlos, estos tres hombres se negaron a romperse, demostrando una fortaleza moral inquebrantable que inspiró a quienes fueron testigos de su resistencia durante esos veintitrés años de encarcelamiento injusto.
Fuente: El Pais — Ver nota original