Las peras del horno - EntornoInteligente
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El fantasma del juicio político seguirá recorriendo los pasillos del Palacio mientras los niveles de impopularidad de Mario Abdo se mantengan por las nubes. Después de todo, el que haya o no votos para tumbar a su administración es solo el segundo paso, un escenario que puede cambiar de la noche a la mañana.

El requisito previo, el verdadero disparador de la debacle, será siempre que la mayoría de la gente quiera que se vaya; y ese sí es un sentimiento difícil de revertir.

Si Marito quiere estabilizar su Gobierno necesita, obviamente, de golpes de efecto, medidas que generen una sensación de cambio; pero, sobre todo, al presidente le urge provocar empatía, reconectarse con la gente. “Marito de la gente” devino en “Desastre ko Marito”. Si no logra revertir eso, el abismo seguirá a un empujón de distancia.

Ya no le sirve el papel de antagonista. Creció contra el ex presidente Cartes, cuando el tabacalero rompía récords de impopularidad. Ahora quienes lo votaron lo ven como su títere, su cómplice o su rehén. El anticartismo ya no es opción. El villano del discurso electoral regresó al poder, aunque no esté en el palacio. Cogobierna desde el quincho. Fungir de némesis suyo dejó de ser políticamente rentable.

Lo que tiene Marito por delante es una tarea ciclópea. Por un lado, necesita de generosos acuerdos políticos que le permitan hacer reformas de fondo, de la educación y la salud públicas, de la estructura del gasto estatal, de la caja fiscal, del funcionariado y del sistema judicial. Por el otro, está obligado a encarar la renegociación del anexo C de Itaipú y el entuerto de Yacyretá, luego del papelón del acta de entendimiento fallido con Brasil y el acuerdo Cartes-Macri de la EBY que jamás aprobó el Congreso argentino.

Y mientras encara estas cuestiones de fondo, tiene que convencer a una población descreída, atosigada por el desplome económico y maltratada por el Estado desde hace décadas, que hay una luz al final de este largo, oscuro y pestilente túnel. Para obrar tanto prodigio se requiere de una destreza política y un carisma personal que no hemos visto en estas tierras desde octubre de 1930, cuando perdió la vida en un duelo pasional el estadista Eligio Ayala.

Marito no es carismático y nunca lo será. Los senadores que integran la cooperativa política que lo catapultó al poder intentan convencernos de que se trata de un liderazgo diferente. Es una forma elegante de decir que no tiene liderazgo. No es una cuestión de voluntad, sino de personalidad. No podemos pedirle que sea lo que no es.

¿Qué es entonces Marito? En el pasado, demostró talento para una función no menor en política, probó ser un gran articulador, un nexo entre los diferentes intereses de sus ambiciosos colegas. Y así consiguió dar cuerpo a un movimiento político que tumbó al presidente-patrón. No es poca cosa. ¿Puede volver a hacer uso de esas habilidades, esta vez con un objetivo más amplio y generoso? Creo que en la respuesta está la única fórmula que puede sacar a esta administración del empantanamiento. Algo ya se está haciendo, aunque no de manera sistemática ni encabezada por el propio presidente.

Hacienda viene juntando a economistas y ex ministros de la cartera para discutir sobre gastos públicos, presupuesto, desaceleración económica y posibles medidas de reactivación. Me parece que Marito puede mejorar y ampliar esta fórmula, involucrar generosamente a toda la sociedad civil.

Empresarios, sindicatos, sojeros, dirigentes campesinos, legisladores, intendentes y estudiantes. No las mesas de debate para matar temas, sino para discutir proyectos concretos. Pero para eso necesita, además de un gabinete convencido de que esa es la fórmula, que sea lo suficientemente amplio como para permitir la participación entusiasta de todos los actores.

Si no tiene el carisma ni la visión para ser el estadista que necesitamos, ni el poder para ser otro presidente-patrón que compre gobernabilidad, si puede repetir el rol de articulador que consiga poner a antagonistas trabajando con el mismo objetivo. Le permitió llegar a presidente, quizás pueda mantenerlo en el poder y con mejores resultados que quienes le precedieron. Fuera de eso, y parafraseando a un gran pensador republicano, dejemos de esperar peras del horno.

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